No, no, no. Lorraine miraba los papeles que Fredo, el asistente de su padre, muy amablemente había llevado a su residencia, era un contrato de fusión y demás decumentos que tenían un nombre en especial: Giovanni Alexander Lacroix. —No, no y no. Toma esto Fredo, llevalo a mi padre de regreso y dile que no estoy dispuesta a permitir que siga con este disparate. Dile que venga él personalmente y que hable conmigo o me veré en la pena de ser yo quien intente lidiar con él y eso no le gustara. Una pelea entre Antoine y Lorraine era una lucha de poderes, pues compartían caracteres similares que al momento de llevar a cabo una discusión solían ser sumamente explosivos. La francesa estaba enfadada. ¿Hasta qué punto podía llegar su padre? ¿De verdad no le creía o estaba usando aquello para su

