Estoy parado frente a la puerta de su habitación... o al menos la que solía serlo. Siento ese nudo en mi pecho, que consigue que con cada respiración me duela más.
Al abrir la puerta me invade como una ráfaga su aroma. Pese a que pasaron los años, aún sigue aquí dentro. Fue por lo que prohibí que entraran.
Me adentro más, y lo primero que llama mi atención es lo que hay encima de la cama. Cuando quedo junta a está noto que son fotografías. Se que las tomo él, el último tiempo se la pasaba todo el día con la cámara que le regale colgando de su cuello, tomándole foto a todo lo que se le cruzara, incluido yo, quien siempre fui reacio a que me las tomaran, pero deje que Vittorio lo hiciera. Me gustaba su sonrisa y la ilusión de su mirada cuando me sacaba una. Como si una mariposa se le hubiera posado delante del rostro.
Me siento, ya que otra vez vuelvo a sentir ese malestar en mi pecho. Las voy pasando una a una. La mayoría son de mí, otras de mis hermanos, Anya y Amir. Era su forma de quedarse con una parte de nosotros, como si así pudiera recordarnos. Algunas son las que yo le tome a él sin que se percatara de que se la había quitado en primer lugar, también hay del día de su graduación. Mis ojos se humedecen al ver en la que estamos todos juntos, luego de que fuimos a almorzar ese día. Todos tan unidos y sonrientes, tan despreocupados.
Después de eso todo se fue al carajo. Pero antes, oh antes, que feliz fui...
- ¿Y bien? ¿Qué se siente ser un recién graduado? - le pregunto divertido, mientras entramos a mi habitación.
Menea la cabeza. - Yo me siento igual de idiota que siempre.
Río. Tomo su rostro entre mis manos y lo observo, moviendo su cabeza de un lado a otro, mirando con atención ese bello rostro que tiene, tan perfecto. Esos ojos que a veces son verdes, otras veces celestes, incluso en algunas ocasiones de ambos colores. No termino de descifrar del todo esa mirada suya. Ese cabello todo despeinado, que se torna de ese color cobrizo intenso cuando le da la luz del sol.
- Pues, yo te noto más intelectual. - menciono.
En realidad, quiero decirle que lo encuentro más hermoso que nunca, pero ya se lo dije está mañana y no quiero espantarlo. En este tiempo que estamos juntos, Vittorio me ha despertado un sinfín de emociones nuevas que nunca sentí por nadie, hasta que llego él, y de alguna forma es como si me hubiera despertado a un montón de sentimientos que no sabía que era capaz de sentir. Pero ahora sé que lo soy, y todo gracias a este muchacho que no sabe mantener la boca cerrada. Y no quiero que lo haga.
Me mira levantando una ceja. - Ese es tu pene hablando, a mí no me jodas.
Allí está. Sin duda eso fue lo que más me enamoro de él. Que no teme de hablar conmigo, me dice las cosas como sea. Desde el primer momento que lo conocí que ha sido de esa manera, cuando se volvió hacia mí para decirme que le pidiera perdón luego de haberme comportado como un idiota. Y lo hice. En ese entonces no supe bien por qué, pero después lo entendí. Lo comprendí cuando me di cuenta de que siempre me tuvo a sus pies.
- Sabes, para ser que eres un letrado hablas bastante como la mierda. - menciono. - Eres toda una fierecilla mal hablada.
Pone los ojos en blanco. - Bésame el trasero, maldito hijo de puta.
Vuelvo a reír. Me encojo de hombros. - Bien, si así lo quieres.
Lo tomo de los hombros lo empujo contra la cama, quedando acostado sobre está. Apoyo mis rodillas contra el colchón, a cada costado suyo, y las palmas de mis manos a cada lado de su cabeza. Nuestras bocas están a unos escasos centímetros de distancia. Vitto apoya sus manos en mi cintura, por debajo de mi camisa, tocando mi piel, y me atrae más contra él, rozando mi m*****o con el suyo, logrando una fricción que no tarda en conseguir excitarme. Me recorre un escalofrío por todo el cuerpo cuando lleva sus labios a mi cuello, y deja suaves besos por este, en contraste a lo rasposa de su barba. Me dejo caer por completo encima suyo, en lo que él me rodea con sus brazos para sostenerme aún más cerca, aunque sea humanamente imposible, pero es que está cercanía no nos basta, necesitamos más del otro.
- Vittorio... - se me escapa su nombre en un jadeo que no puedo contener, al percibir sus manos deslizarse por mi cuerpo hasta llegar a mi trasero, y meterlas por debajo de la ropa.
- Izan. - pronuncia mi nombre directo a mi oído, con su voz cálida y se me pone la piel de gallina cuando su aliento impacta en mi piel.
Sabe bien cuáles son justo mis dos puntos débiles. Él. Y él cuando me llama por mi nombre.
- ¿Por qué aún llevas tanta ropa encima? - me sigue hablando al oído.
- Eso se puede arreglar.
- Que sea rápido.
- Tus deseos son ordenes, mi fierecilla.
Haré todo lo que me pidas, siempre, sin dudarlo. Te lo daré todo, incluso mi corazón. Así de enamorado me tienes Vittorio Salvatore.
****
Me aparto con brusquedad las lágrimas del rostro, al notar que estás caen en aquellos rostros felices que dejamos atrás. Lo que daría por volver.
No sé en qué momento entro, pero me percato de su presencia cuando se sienta a mi lado, en la cama. Viktor tomas las fotografías que aún tengo en mi mano. Las observa, pasándolas de a una.
- Debí haberle rogado que se quedara. - digo, rompiendo el silencio. - No hice lo suficiente para que no se marchara.
- No puedes obligar a una persona a quedarse, porque si fuera la correcta, eso no sería necesario. - habla con esa voz suave y comprensiva que suele usar cuando mete al Viktor vivaracho en el cajón. Lo miro, él me observa con sus ojos negros bien fijos en mí. - Existen personas destinadas a encontrarse, pero eso no significa que estén destinadas a permanecer juntas por siempre. Tú y Vitto tuvieron su momento, se enseñaron lo que tenía que enseñarse, y ahora cada uno debe seguir con su vida.
- ¡Eso es una mierda! - exclamo furioso. - Por qué... Le das, le das, y le das todo de ti a una persona, hasta quedarte vacío, ¿¡Y para que!? ¿¡Para terminas así!? - mis ojos están llorosos, sin poder controlarlos.
- ¿Te arrepientes de haberlo conocido? - pregunta, con su semblante serio.
- Claro que no. - respondo sin siquiera pensarlo, ni dudarlo.
- Entonces yo creo que valió la pena, ¿tú no?
Quedo sin palabras, no sabiendo bien que responder a eso. Porque es verdad, no me arrepiento en lo más mínimo de haberlo dejado entrar a mi vida, aunque eso me haya destrozado al final.
Palmea mi pierna y se para, dejando las fotos sobre la cama.
- Siempre has tomado mis consejos. Ahora toma este que te doy. - hace una pausa. - Abre las ventanas, ventila ese lugar, que corra el aire luego de cinco años. Quita las sábanas. Agarra un bolso y mete allí toda la ropa, y ve a un lugar a donarla. Hay personas que les darán un mejor uso, a que la tengas colgada en tú armario. Ya ni siquiera es de él, se desprendió de todo antes de irse. Es inútil que sigas manteniendo sus cosas como esperando a que regrese, porque es obvio que no lo hará, uno no puede sanar volviendo a aquel lugar que le hizo daño, y no me refiero a ti, sino al entorno.
- Lo sé... - suspiro. - Se que no volverá, pero... es al menos una forma de aferrarme a algo.
- Pues busca otra cosa a la cuál aferrarte. Y que no sea una persona.
- ¿Alguna sugerencia? - pregunto sin amigos.
Quedo pensativo.
- Aún recuerdo lo que me dijiste una vez en la que yo estaba realmente jodido. - comienza a decir. - El arte es para consolar a aquellos que están rotos por la vida. ¿Por qué no buscas ese consuelo en algo? Siempre te ha gustado leer y tocar el piano, o puedes incluso intentar con algo nuevo. Como la cocina... o no sé, pero no quemes nada, que con tú tía tengo los días contados.
No puedo evitar lanzar una leve risa. - Anotado.
Otra vez vuelve a observarme en silencio, sin apartarme la mirada. Lo que me gusta de esos ojos es que no me miran con pena, sino como si de alguna forma comprendieran mi dolor.
- ¿Sabes que es lo que tiene que suceder para que nazca una estrella? - me pregunta, rompiendo el silencio, sorprendiéndome. Niego. - Una nébula gaseosa debe colapsarse. Así que colápsate. Desmorónate. Este no es tú final, es tan solo un nuevo comienzo. Tú también tienes que sanar Izan, y no vas a hacerlo mientras sigas intentando ser la persona que fuiste antes de todo lo que sucedió. Esa persona ya no existe. Pero hay un nuevo tú, déjalo respirar y vivir.
- ¿Y si no me gusta este nuevo yo? - inquiero con tristeza. - Solía ser alguien que podía arrasar con el mundo si quería, ahora apenas si tengo la fuerza para levantarme de la cama. Y aunque pudiera, creo que no sabría qué hacer, o para dónde ir. - hago una pausa. - Es como si... - mis ojos se ponen llorosos. - Como si estuviera parado en medio de la nada, sin ningún camino al frente que tomar, tan solo vacío, yo solo. Y eso me aterra, porque nunca estuve solo.
- No debes preocuparte por eso, porque nunca lo estarás. - dice con voz firme. - Siempre tendrás a alguien que te cubra la espalda. Seremos unos despiadados hijos de puta, que tienen el infierno ganado, pero al menos entre nosotros somos leales y nos defendemos con todo. No te olvides nunca de eso. - queda callado, pensativo. Lanza un suspiro. - Yo... ya sabes lo difícil que ha sido para mí luego de quedar solo, sin hermanos, antes de unirme al clan de Arwen. Así que se lo que es sentirse vacío por dentro, perdido y sin rumbo. Es más normal de lo que te imaginas, no hay persona que no se haya sentido de esa manera. Incluso la grandiosa y tenebrosa Arwen Marshall. Pero te aseguro que toda tristeza pasa, y que un día todo deja de doler. Cicatriza. - sigue. - Tú siempre viste la belleza en las cicatrices de los demás, empieza a verlo en las tuyas.
Se encamina hacia la puerta, pero se detiene y se gira hacia mí. Me observa en silencio por un momento.
- En aquella ocasión, creo que era en boda de Novak, que te pregunte por Vittorio, tú me dijiste con toda la seguridad del mundo que le darías tú corazón, que así era lo mucho que te había enamorado. - comienza a decir. - Y lo hiciste, se lo diste Izan, a tú corazón. - hace una pausa. - Ahora tienes uno nuevo, porque aquel ya no funcionaba. Así que empieza a usarlo, sino habrá sido en vano, y eso no es algo que se desperdicia.
Me dedica una leve sonrisa, y una última mirada, para luego seguir con su camino, dejándome solo en la habitación.
Paso un largo tiempo, cuando al fin tuve el coraje de pararme y mover mis piernas hacia la ventana. Con mis manos temblorosas abrí ambos lados, y enseguida una ráfaga de viento entro con brusquedad en la habitación.
- ¡NO! - exclamo al percatarme que las fotografía que estaban sobre la cama, ahora se elevan en el ambiente.
Extiendo mis manos a lo alto, intentando alcanzarlas, pero es demasiado tarde cuando se van con la misma rapidez con la que entro el viento. Estoy a punto de romper en llano, cuando noto que una quedo bajo mis zapatillas. La tomo de la punta, y recién ahí levanto el píe. Al observarla se me estruja el corazón, porque es una de las suyas. Y no solo eso, está sonriendo.
Recuerdo ese día. Fue Novak quién la tomo, Vitto y yo hablábamos de una tontería que ya ni recuerdo, lo que si no olvido fue ese momento en el que nuestras risas de unieron como una sola. Al píe de la foto distingo su caligrafía.
"Así me tienes".
Otra vez siento las lágrimas descender por mis mejillas al ver ese rostro que solía saberme de memoria, pero que ahora alguien más tiene la suerte de hacerlo. Otra persona tiene la maldita fortuna de verlo sonreír, de escucharlo reír, de dormir a su lado, de tener sexo con él, o de ser lo suficientemente suertudo de que quiera tomarle fotografías, si fuera la mejor persona para eso. Como si fueras especial o importante.
Y si esa persona tiene al menos dos neuronas que le conecten, no lo dejara marchar. Porque no te vuelve a tocar dos veces alguien como Vittorio Salvatore.
Mi mundo, y todo lo que me rodea, casi logra que él vuelva a perderse. Es por lo que nunca voy a culparlo, ni reprocharle el que se haya alejado. Debía salvarse a sí mismo, ya que yo no pude salvarnos a ambos.
Se que él no seguirá siendo aquel muchacho que yo conocí, como así yo tampoco sigo siendo aquel que él conoció. Ambos tuvimos que cambiar, solo así podríamos sobrevivir.
Una vez que termino de quitar las sábanas, y de guardar toda la ropa en un bolso, salgo de la habitación y me cruzo con Cassian y Nikolai, que caminan a la par. De detienen al quedar frente a mí.
- Eh, dejé unas cosas en la habitación de Vi... desocupada, ¿creen que podrían encargarse? - les pregunto. - Viktor menciono algo de donar.
Cass me dedica una sonrisa suave y apoya su mano en mi hombro. - Si, no te preocupes, nosotros nos encargamos.
Asiento y sonrío levemente de lado. - Gracias.
Sigo caminando y me dirijo hacia mi habitación, pero antes de volver a adentrarme en mi mismo, me freno en seco. Pego la vuelta y me encamino escaleras abajo. Al ir descendiendo mi mirada se cruza con la de Viktor, quien está por salir por la puerta. Se detiene y me mira con una sonrisa satisfecha.
- ¿Ya te vas? - le pregunto al quedar junto a él.
- Si. - responde. - ¿Necesitas algo antes de que me marche?
- ¿Volverás a desaparecerte? - pregunto, con algo de tristeza en mi voz.
Menea la cabeza. - Ya me conoces. - dice. - Aun así, sabes que siempre estaré si me necesitas.
Asiento con la cabeza. - Lo sé...
Apoya su mano en mi mejilla y le da una palmada, para luego dedicarme una última sonrisa.
- No hagas renegar a tú tía, por el bien de mi hermano. - menciona divertido.
- Claro.
Se da la vuelta y se dirige hacia la puerta. En mi cabeza yo sigo escuchando todo lo que estuvimos hablando en ese rato que compartimos juntos. Él siempre ha conseguido ponerme en órbita con las palabras justas, esas que te dejan sin palabras. Pese a lo que suele creer la gente cuando apenas lo conoce, Viktor es de las personas más sabias e inteligentes que he conocido.
- Vik. - lo llamo antes de que atraviese la puerta. Se frena, gira la cabeza y me observa con atención. - ¿Crees poder ayudarme con algo más? - le pregunto. Él tan solo sonríe, y eso es respuesta suficiente para mí.