Con el transcurso de los minutos, mi borrachera solo empeoró y apenas podía caminar sin tropezar o dar tumbos. Quizás por eso, sin previo aviso, El Gran Dante Moretti me cargó en sus brazos cual bolsa de papas y caminó conmigo a cuestas hasta su lujoso coche n***o. Lo último que recordé fue que me acostó a lo largo de los asientos traseros y me cubrió con un abrigo n***o y pesado que obviamente no era mío. Estaba sudada y el cuero del asiento se me pegaba a la piel de mis piernas y me hacía picar, pero estaba tan ebria que aún así me quedé dormida como un bebé recién nacido. Cuando desperté, aún mareada y con un fuerte dolor de cabeza, me encontré en una inmensa cama con sábanas de un blanco platinado de satén en un cuarto oscuro, iluminado únicamente con la tenue luz de la luna llena que

