—¡Soy la amiga de Franchesca. Entré la otra noche con ella, tú mismo me abriste la puerta! —exclamé desesperada. Las personas del bar me miraban sobre sus hombros. Algunos se reían con muy poca discreción, y otros me miraban curiosos, pensando, seguramente, que me había vuelto loca. —Necesitas el código, ¿cuántas veces más tengo que decírtelo? —me espetó el guardia que estaba detrás de la puerta de hierro. Únicamente le veía los ojos marrones a través de una rendija rectangular por la que se decía el código que no sabía. —Bien —gruñí. Me volví a adentrar más al centro del bar y me senté en una butaca. Apoyé un codo en la barra y apoyé mi mejilla en mi mano. El bartender me miró curioso mientras le servía una bebida a un hombre obeso y viejo. No parecía ser tan simpático y divertido co

