Habían pasado tan sólo 3 días desde que seis imbéciles (Rusia, USA, México, Argentina, Alemania y Venezuela), convivían bajo el mismo techo quisieran o no lo contrario. Aquellas eran las primeras horas de la mañana, alrededor de las 7:30 para redondear; un chico de gafas redondas al más puro estilo noventero bostezó con ojos perezosos y estiro sus brazos hacia arriba tocando los cojines del sillón mostaza con las puntas de sus dedos. El germano suspiró y se abrazó a sí mismo luego de que un fuerte escalofrío le recorriera de la cabeza a los pies. Qué mal augurio —pensó Alemania levantándose del sofá-cama teniendo mucho cuidado de no despertar a los chicos que dormían en la parte de abajo, es decir, a Bielorrusia y Ucrania. Ese sentimiento acababa de darle la sensación que algo andaba re

