Las personas suelen decir que cuando te sucede algo muchas veces, terminas acostumbrado ello. Pero Lilian había sido abusada muchas veces y jamás podría acostumbrarse a ello.
Se sentía sucia, maltratada y humillada, las lágrimas no habían parado de caer por su rostro, la garganta le dolía a causa de los gritos y tenía marcas rojas, que pronto se convertirían en hematomas.
Bruno, junto a aquellos hombres se habían marchado hace horas de la habitación, dejándola con su ropa tan desgarrada como su alma. Luego de varias respiraciones, pudo calmarse lo suficiente como para recorrer en espacio del suelo a la cama. Agarró el teléfono que el animal de Bruno olvidó desconectar en su salvajismo y marcó el número 1. Respondió una voz remilgada.
—¿Diga?
—Lilian.
—¿Lilian?—habla Andrew ahora.
—Acepto—dice ella, que no pudo contener más las lagrimas—. Sólo sacame de este infierno, por favor.
—¿Estás bien?—dice Andrew derrepente preocupado.
—Sólo hazlo, firmaré lo que quieras, pero ven rápido.
—Voy para allá.
El príncipe cuelga el teléfono y ve el rostro de su padre.
—¿Ella aceptó?
—Sí, padre.
—Bien, mandaré a alguien para que arregle su habitación y vestimenta, también alguien que distraiga a los miembros de la casa mientras ingresamos a la muchacha.
—Gracias, padre.
—Andrew, se que esto lo haces más por una buena causa que por el objetivo que tenemos. Tienes un buen corazón—su padre le mira a los ojos, y estos reflejan orgullo, cosa que hizo sentir bien al príncipe—, sólo no dejes que ese corazón nuble tu mente o no lograremos nada con esto.
—Haz lo que sea por tus metas—. Andrew repite la frase que desde niño, su padre le decía a él y sus hermanos.
—Exacto. Ahora vete ya, hijo—ordena el Rey—. No sabes que llevo a esa muchacha a tomar una decisión tan apresurada.
Andrew asiente y se pone de pie.
—¿Averiguó sobre ese tal Aquiles, padre?
—No hay registro alguno de ese hombre en toda Selene.
—Deben usar apodos entonces...—dice Andrew más para si mismo que para su padre—Muy bien, me iré.
—Que Dios y todos los santos te acompañen.
—Papá, tanta gente no cabe en el carro.
Su padre lo miró con gesto molesto, odiaba que Andrew jugará sobre Dios de esa forma.
—Vete ya antes de que me enoje.
Andrew lo hizo, no era buena idea hacer enojar a su padre.
Se encontraba frente a la gran casa de Bruno Castellón, y pudo darse cuenta de que los rumores eran ciertos. La casa tenía a personalidad del dueño, muy lujosa pero de verlo por mucho tiempo podía ser algo tétrico, algo que no pegaba para nada con Lilian.
Cuando Andrew la vió por primera vez quedó anonadado, cabello rubio que caía en cascadas bien hechas, tez bronceada y unos ojos que le hacían recordar a las cúpulas de Santorini; tan azules que te inspiraban a buscar un pincel y pintarlos, aunque no seas pintor. Su cuerpo estaba perfectamente proporcionado y eso era evidente gracias al insinuador vestido rojo que llevaba. Pero había algo que arruinaba aquella imagen: Ella sonreía, pero en sus ojos y movimientos sólo se reflejaba el nerviosismo y el miedo.
Con cada movimiento que su novio hacía, ella temblaba. Le tenía pánico a su pareja.
Y Andrew tuvo el impulso de querer ayudarla. «Tal vez la señorita Wellington no quiera que la ayuden al igual que "ella"», llegó pensar en ese momento.
Pero el caso es que no fue así, ella no estaba feliz con lo que le sucedía y no iba a permitir que siguiera sucediendo, por lo que para cuando el príncipe llegó a hablar con ella, supo que no sería tan difícil está vez.
La doncella que le abrió la puerta se queda petrificada ante la imagen del monarca. Por sus rasgos Andrew supo que no era nativa de Selene.
—¿Esta Bruno Castellón en casa?
—El señor se fue de juerga, siempre lo hace luego de sus cosas pecaminosas—dice ella en español. Por suerte para ella Andrew también lo hablaba.
—Todo el personal que desee ir a trabajar a palacio es bienvenido. La señorita Wellington se irá conmigo.
La mujer se hace a un lado para que pueda entrar.
—La señorita está a la primera puerta a la derecha, subiendo las escaleras.
Andrew subió las escaleras y entró a la habitación, en uno de los rincones se encontraba Lilian, en forma de ovillo con su ropa hecha jirones.
—¡Lilian!
Ella tembló ante el llamado y Andrew se arrepintió al instante de haberlo hecho.
—Shhh...—sisea él príncipe, que se acerca lentamente a ella—Esta todo bien.
Una vez cerca de ella la envuelve en sus brazos, sin ella parar de temblar.
—Lilian, mírame—ella le obedece y el puede observar sus ojos. Sus ojos estaban rojos e hinchados, y su mirada estaba aterrada.
Una ola de ira inundó a Andrew, pero no dejó que ella se diera cuenta, pues ahora lo que ella necesitaba era que alguien le transmitiera toda la calma posible.
—Todo acabó, nos iremos de aquí— ella asiente—¿Hay algo que quieras llevar?
—Mi-mis... intrutrumentos de-e costura—apenas logra decir.
—Eso podemos conseguirtelo en palacio, cielo. ¿Algo más?
Ella niega.
—Vámonos entonces.
Andrew carga a Lilian y presiona el botón de un control, que llevaba en el bolsillo de su traje, que le indica a los guardias que ya está de salida. En la entrada, un grupo de guardias les esperan.
—Necesito que le consigan a la señorita una ropa que no esté dañada.
—Yo lo haré, su alteza—se ofrece una mujer.
—Hágalo entonces.
***
«Todo terminó», se repetía Lilian miles de veces.
Terminó, terminó, terminó...
Se encontraba en una de las habitaciones del inmenso palacio después de 2 meses. Nadie le exigía nada a excepción de asistir a sus clases de protocolo, historia, baile, y muchas cosas más. Lo positivo, es que Lilian ya había tomado esas clases desde muy pequeña, así que para ella era sólo un recordatorio de lo que ya sabía. También le habían mostrado el aula de costura, ahí las doncellas se encargaban de hacer los vestidos de las mujeres de la familia real. Se había adaptado fácilmente a las mujeres que trabajaban allí y había trabajado ahí en su tiempo libre.
Lilian jamás pensó que haciendo cosas tan cotidianas podría sentirse tan bien, que sólo por el simple hecho de respirar podría sentirse libre. Pero también sabía que su paz no sería duradera, pues había una espinita que le hacía saber que las cosas para ella no serían tan fáciles, y ese presentimiento se intensificaba cuando recordaba que tenía 2 meses sin ver al príncipe que la salvó.
Mientras terminaba el vestido por el que había estado trabajando en las últimas semanas, pensaba que no sólo no sabía nada de Andrew, sino que—a pesar de estar en el mismo techo—, jamás se había topado con algún m*****o de la casa Real y eso era realmente inquietante para ella.
—Hola—dice una voz a sus espaldas.
Ella se voltea y se encuentra con la última persona que esperaba ver.