14.Mara

1781 Palabras
Aquella carrera maratoniana que me había autoimpuesto para tener mi titulación universitaria y conseguir el rango de teniente me dejó exhausto, pero con un poco de ayuda de algunos superiores, pocos meses después conseguí destino en una buena unidad en Madrid y mi familia se alegró muchísimo de que volviese a casa. Además, eso significaba poder ver más a menudo a uno de mis grandes amigos, el teniente Díaz, o José, como me dejaba llamarle desde el día que yo también fui teniente. Mamá se volvió loca de contenta y al día siguiente de decírselo ya tenía mi habitación de casa preparada para mi llegada, aunque le había dicho que tardaría una semana en llegar porque aún tenía cosas que hacer antes de despedirme de mi unidad y de la gente del hospital a la que tanto cariño había cogido durante mis prácticas y a la que seguía viendo como “enfermero voluntario” algunos días. Volver a casa fue mucho mejor de lo que esperaba, aunque tendría que recuperar mucho tiempo sin ver de continuo a mi familia y amigos, me había perdido muchas cosas, aunque intenté estar siempre en los momentos importantes. En casa fue todo genial. Volvía a ser el “niño consentido de mamá” como cuando éramos pequeños, aunque ella seguía insistiendo en que debía salir más. La única diferencia con antes era que ya apenas salía de vez en cuando y de pequeño no paraba por casa. Aarón era más mayor de lo que me gustaría, pero en seguida se acostumbró a verme casi todos los días y me encantaba pasar tiempo con él, aunque fuese haciendo los deberes del colegio. Mara y Luismi, los mellizos de Cris también pasaban muchas tardes en casa, creo que más que otra cosa, era porque a mamá le encantaba estar con sus nietos y porque Cris siempre había ido muy a su bola, así que cuando mamá decía “tráeme a los niños un rato” ella siempre decía que sí. Mara era muy lista y le encantaba colorear y escribir letras, aunque aún era muy pequeña para saber leer y escribir, pero el abecedario sí que se lo sabía, y se pasaba el día cantando canciones del colegio en las que decía con qué letra empezaba cada palabra, aunque aún hablaba a su manera y había cosas que se le entendían poco. Luismi, sin embargo, era de hacer las cosas más rápido, y si no le salían, se buscaba otra cosa. Me encantaba pasar tiempo con mis sobrinos, cuanto más mejor. A veces salía con mis amigos de siempre a tomar algo o incluso subíamos al campo de fútbol a echar unos tiros o a jugar un partido, pero había sitios, que, aunque hubiesen pasado mil años, me seguían recordando a Desi. Borja no estaba, así que no hablé con nadie de aquello, salvo alguna vez que hablando por teléfono con Saúl se lo comenté. No sabía cómo evitar ponerme triste al recordarla, la vida seguía, y aunque siempre supe que estaba ahí, al volver a Madrid se hizo un poco más notorio el agujero que hice en mi corazón al desaparecer de su vida. Después de aquel primer verano de vuelta en Madrid, un día tomando algo con los chicos, Miguel comentó que le habían escrito un mensaje para decirle que estaban organizando una reunión de antiguos alumnos de nuestro curso, y si alguien se apuntaba. Ambos habíamos repetido el mismo curso y fue ahí donde coincidimos con Desi y sus amigas, y era justo la gente de ese curso la que estaba organizando aquella quedada. Habían pasado ya cinco años de aquel baile de fin de curso en el que estuve por última vez cerca de Desi y con toda la gente de clase, y estaban organizando la fiesta para final de año. Mi primera reacción fue soltar un “Creo que seguramente pase, además hasta que no se acerque la fecha no sé si tendré guardia o no”, pero en los siguientes días mi mente dio mil vueltas imaginando posibles escenas de aquella fiesta de reencuentro. No sé por qué, pero siempre imaginaba la fiesta en la discoteca del barrio. Mi cabeza divagaba sobre si Desi iría o no a aquella fiesta. A veces pensaba que era mejor no ir por si acaso ¿qué iba a decirle si la veía? Recordar aquella discoteca, siempre hacía que recordase sus preciosos ojos verdes mirándome fijamente. Pero yo ya no era el mismo y seguramente ella tampoco fuese la misma. Si por un casual coincidiésemos, seguramente ya nada sería como lo fue aquel día, en aquel baile. Tenía que asumirlo. Seguía guardando el recuerdo de ese amor en mi interior, pero aquel momento ya pasó, aquellos adolescentes ya habían crecido. A veces me paraba a pensar con nostalgia en aquellos años, pero la vida había seguido adelante. En el cuartel, a veces recibíamos pedido de material y venían casi siempre dos chicas a traerlo. Uno de los brigadas de mi unidad me comentó en alguna pausa para tomar café que una de ellas me hacía ojitos. Se me había olvidado cómo se ligaba, pero tantas veces tenía que escuchar de tantas bocas distintas que necesitaba salir más y conocer más gente, que un día que llegaron a entregar el pedido un poco más pronto de lo habitual, después de firmar los albaranes les dije si querían tomar un café con nosotros y aceptaron, así que nos fuimos a la cantina unos cuantos de mi oficina y ellas. Le tocaba pagar a la teniente Pérez (pagábamos un día cada uno), así que se lo comentó también a dos amigas suyas que estaban en otra oficina, así también venían más chicas y se igualaba el número de chicas y chicos. Aquella situación se fue volviendo un poco extraña. Todo empezó en un ambiente distendido, olvidando rangos y simplemente tomando café y charlando de forma amena de diferentes temas. Pero poco a poco, aquella chica que supuestamente me hacía ojitos, se fue moviendo entre el grupo hasta situarse a mi lado, riendo de cada cosa que yo decía, aunque no tuviese gracia, acariciándome e incluso cogiéndome del brazo como si nos conociésemos de toda la vida. Esa chica quería mucho más que hacerme ojitos y a mí ese ritmo nunca me había gustado. Era la misma actitud que usaba la arpía de Claudia cuando éramos adolescentes, así que esa chica tenía la batalla perdida. Cuando terminamos de desayunar, salimos a fumar un cigarrillo antes de volver a la oficina, y justo antes de entrar de nuevo al edificio y de que aquellas las se marchasen a sus puestos, aquella chica me agarró del brazo reteniéndome mientras mis compañeros entraban por la puerta y dijo mi nombre con un tono meloso en la voz: - Sergio… - me giré, y bajo la atenta mirada de la chica y de su compañera, aparté su mano de mi brazo de forma tranquila para evitar posibles malentendidos. - Teniente Montes, soldado. – Dije a la vez que erguía mi espalda. Era la primera vez que usaba mi rango para imponer límites porque nunca antes lo había necesitado, pero aquella chica se estaba tomando muchas libertades que no me gustaban. - ¿Necesita algo? - No, todo está bien. – Dijo ella sin mostrar ninguna emoción en su voz y la vi dar media vuelta y marcharse con su compañera. Quizás le molestó aquello, pero en el trabajo nadie me llamaba por mi nombre de pila excepto mis compañeros de la oficina y sólo a veces. A aquella chica apenas la conocía de cuando venía a traer material, y no iba a tener ningún trato especial con ella por habernos tomado un café en grupo, sobre todo porque su actitud no me había gustado demasiado. Los compañeros de la oficina se estuvieron metiendo un poco conmigo en los siguientes días por aquello, pero no éramos adolescentes, y había que mantener un buen ambiente de trabajo. No me gustaba el autoritarismo de algunos mandos del ejército, por suerte había tenidos pocos así en mis años de carrera y yo tampoco pretendía ser así, pero sí había límites que era mejor no sobrepasar. Al final lo dejé como una anécdota y los siguientes días que aquella chica vino a dejar material, intenté actuar como siempre de forma profesional. Después de varias semanas de maniobras fuera de casa, al llegar a casa para descansar el fin de semana, mamá estaba preparando un bizcocho para merendar y Luismi la estaba ayudando, Aarón estaba viendo un partido de fútbol con papá en el salón y a Mara la encontré sola en el despacho de papá. Ni siquiera se giró a mirarme, no debía de haberme escuchado entrar, pero yo a ella la escuché canturrear desde el pasillo. Estaba sentada de espaldas a la puerta, en una de las sillas de visitas que tenía papá frente a su escritorio, apenas llegaba a la mesa sentada sobre un cojín, pero estaba concentrada cantando y coloreando un dibujo. Me acerqué despacio para no asustarla; tenía una caja de pinturas enorme abierta sobre la mesa, había sacado todas las pinturas de la caja y las tenía perfectamente colocadas justo a un lado y la vi cómo colocaba cuidadosamente cada pintura en su lugar después de usarla. Tan bonita, tan concentrada, tan cuidadosa, tan detallista… me recordó a otra niña que conocí hacía unos años y susurré “mi princesita de colores”. Entonces Mara se dio la vuelta y dejó la pintura que tenía en la mano para saltar de la silla y correr a abrazarme. Nunca podría negar que Aarón siempre fue mi debilidad, pero Mara era mucho más que eso. Todas las chicas de la familia habían sido siempre mayores que yo, no solo mis hermanas, sino también mis primas, así que aquella niña que ya de bebé prefería mis brazos y que ahora cada vez que me veía, corría hacia mí sin importar quien más estuviese cerca, ella sí que era mi debilidad. Mis sobrinos lo eran todo para mí, cualquier rato libre lo quería pasar con ellos, pero con Mara mucho más. Su lengua de trapo, su forma de ver siempre lo bueno en cada cosa, sus ganas de pintarlo todo de colores bonitos y de descubrir siempre cosas nuevas, así es como yo me imaginaba la felicidad. Ella me llenaba de felicidad. Aquella noche, tumbado en la cama escuchando música decidí que iría a aquella fiesta de antiguos alumnos. Quizás fuese la última oportunidad de volver a aquella niña de hermosos ojos verdes que aún, después de tantos años, a veces seguía robándome el sueño.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR