El tiempo pasó muy rápido en mi nuevo destino. Ya no tenía cerca a mi amigo Saúl de la academia, pero seguimos manteniendo el contacto y era genial hablar con él de vez en cuando, compartir lo que cada uno hacíamos, inquietudes, algunos secretos y confidencias, quejarnos de nuestros superiores y de algunos compañeros que eran muy trepas y cosas así.
Había encontrado en Saúl un muy buen amigo y aunque no estuviésemos cerca, seguía sintiendo que estaba ahí cuando le necesitaba igual que me pasaba con Borja, mi mejor amigo de la infancia y con el que hablaba también muy a menudo.
Al principio se hizo duro pensar en cuándo volvería a Madrid. Echaba de menos a la familia y a mis amigos, pero sobre todo echaba de menos a Desi, y justo por eso no debía volver demasiado pronto. Debía cumplir aquello de alejarme para dejarla crecer y vivir feliz, sin hacerle daño.
Alargué todo lo que pude el regresar a Madrid, de hecho, en las vacaciones de verano me fui directamente de la casa cuartel donde vivía a la casa familiar de la playa sin pasar por Madrid. Para el cumpleaños de mamá después del verano tampoco pude ir a casa porque me coincidió con maniobras. Así que realmente, desde que me fui a las pocas semanas de haber hablado con Desi, no volví a Madrid hasta las vacaciones de Navidad, pero no hice gran cosa, sólo pasar tiempo con mi familia.
A Aarón y a Ana les echaba de menos muchísimo, así que aquellos días les dediqué más tiempo a ellos que a ninguna otra persona. Hablaba con ellos por teléfono, pero tenerlos allí y disfrutar juntos siempre era mejor.
En el cuartel, me hice un plan a corto y otro a largo plazo, de cara a desarrollar mi carrera profesional. Lo estuve valorando con uno de los tenientes de mi compañía con el que me llevaba muy bien y habíamos hecho un grupo para salir a correr en el tiempo libre y preparar carreras. El teniente Sánchez fue como mi mentor, como un tutor que te ayuda y te dirige. Le gustó mi plan, pero me ofreció uno alternativo, que pasaba por prepararme una especialidad dentro del ejército y después intentar sacar una titulación universitaria también desde dentro del ejército.
Su plan era mucho más duro y estricto que el mío, pero podría ayudarme a subir dentro de un escalafón y a conseguir los ascensos que quería de forma mucho más rápida. Según mis habilidades, desempeños e intereses, el teniente Sánchez me propuso tres ramas de especialidad que él creyó que serían las que más me gustarían, y al final, de entre las tres, elegí la rama sanitaria, quizás fue la que mejor me vendió, pero me convenció y la elegí. Sánchez quería mantenerme cerca, y en nuestro regimiento había una sección de unidades sanitarias.
Me costó más de lo que pensaba aprobar aquella especialidad, fueron meses de largas tardes de estudio después de la jornada laboral en el cuartel, incluyendo guardias y semanas, e incluso meses, de maniobras en otras localidades. La vida dentro del cuartel no paraba ni un segundo, pero ya no me agobiaba como cuando estaba en la academia. Me levantaba a las cinco de la mañana para ir a correr con el teniente y con algunos compañeros más. Antes de las ocho ya estábamos formados en el patio para el izado de la bandera y después comenzaba la jornada. Y después de comer, había que ponerse a estudiar.
Apenas salía del cuartel, quizás una o dos veces al mes como mucho, a tomar una cerveza con algún compañero o ver algún partido de fútbol en un bar, pero más bien llevaba una vida tranquila dedicada al trabajo y a los estudios, así mantenía mi cabeza entretenida y no echaba de menos el pasado.
Después de casi dos años en mi nuevo destino, entre las pocas veces que había vuelto a Madrid se encontraba el nacimiento de los mellizos de mi hermana Cristina y la boda de mi hermana Ana. Sin duda, dos momentos familiares que me hicieron gran ilusión.
Para la boda de Ana, estuve en Madrid casi dos semanas, aunque me dediqué a estar más con la familia esos días. El primer fin de semana de estar allí había hablado con algunos de los chicos del grupo y quedé con ellos para salir un día porque ya no solía quedar con ellos cuando volvía a casa, como mucho con Borja a tomar unas cañas. Aquel día íbamos subiendo el paseo todos en grupo cuando la vi a lo lejos con sus amigas. Nosotros subíamos y ellas bajaban el paseo por la misma acera. Iba vestida toda de n***o y me resultó raro porque ella antes no solía vestir así, pero estaba muy guapa, minifalda y botas altas luciendo sus piernas. Si ya era una chica preciosa en aquel baile, dos años después era una de esas chicas que dejan sin respiración a cualquiera.
Y en ese preciso momento, el recuerdo del calor de su cuerpo mientras bailábamos abrazados dos años antes, volvió a mi memoria y la eché menos más que nunca. Volví a sentir el roce de sus labios en los míos, pero seguía siendo solo un recuerdo que me hizo sonreír con algo de amargura. Y no pude apartar los ojos de ella mientras pasaba a su lado preguntándome si debía decirle algo o no. Ella frenó en seco y sus amigas la dejaron un poco atrás, pero yo seguí caminando, sin apartar nuestras miradas, lo que la hizo girar un poco sobre sus pies.
Le hubiese dicho tantas cosas en ese momento… pero no podía, no debía. Me alejé por dos motivos, mi carrera profesional y querer que ella fuese feliz, y debía dejar así las cosas porque el plan de carrera que yo tenía, lejos de ella, no la iba a hacer feliz, y estar a su lado no me permitiría seguir con mi plan de desarrollo profesional.
Aquella noche fue agridulce. Me sentía genial de estar con mis amigos, pero verla a ella y no poder ni siquiera saludarla me dolió. Borja notó todo aquello, de hecho, fue uno de los que saludaron a las chicas de pasada cuando nos cruzamos en la calle. Entre copa y copa me confesó que Miguel las había visto unas semanas atrás en un pub y le contó que estaban con unos raperos de esos de pantalones anchos, cadenas al cuello y gorras, y me sorprendió aquello, pero tuve que aceptarlo, yo tomé otro camino para mi vida, lejos de ella.
Un par de semanas después volví a mi rutina en el cuartel, aunque en casa había seguido estudiando, pero la imagen de aquella Desi increíblemente guapa y con sus ojazos verdes mirándome, me acompañó durante muchísimos días hasta que conseguí concentrarme de nuevo en mi plan.
Mi vida fue girando como los engranajes de un reloj. Volví a la academia, pero solo para examinarme de la especialidad. Cambié de unidad para incorporarme a los equipos sanitarios de mi regimiento, lo que supuso que, al menos, no tendría que mudarme y podría mantener a los compañeros y amigos que había hecho en los últimos años.
Sánchez dejó de ser mi jefe, aunque seguía siendo un superior debido a su rango, pero pudimos hacernos más colegas y gracias a él conocí al teniente Díaz que también era de Madrid, aunque de otro barrio diferente al mío. Parecía un buen tipo y con el tiempo nos fuimos haciendo grandes amigos los tres.
Cuando cogí el ritmo en mi nuevo puesto, me concentré en prepararme mi primer ascenso. Tenía pocos meses para estudiar antes del examen y si lo conseguía, debería volver de nuevo a la academia un mes más para completar una parte de formación práctica correspondiente al nuevo puesto. Muchos días me quedaba estudiando hasta tarde por las noches, e incluso muchos días libres los pasaba encerrado estudiando, pero lo logré a la primera.
Mamá alucinaba y después de haberlo conseguido cogí algunos días de permiso porque mamá, papá y los abuelos se empeñaron en ir a verme a lo que era ahora mi hogar. Se alojaron en un hotel de un pueblo cercano al cuartel y estuve haciendo un poco de turismo con ellos. Yo apenas salía, así que realmente parecía un turista más, pero Sánchez y Díaz nos hicieron de guías y el abuelo, con su rango de capitán jubilado, hizo también muy buenas migas con ellos contando batallitas.
Debería ir más a menudo a casa, yo les echaba de menos y ellos a mí, pero no podía todavía. Tenía un plan, y el siguiente paso del plan que hice guiado por el teniente Sánchez, era sacarme una titulación universitaria. Era algo bueno, porque me ayudaría a definir mi posición dentro de las brigadas sanitarias en el ejército y también me ayudaría a poder ascender de forma rápida hasta teniente una vez que consiguiese la titulación, y, además, si alguna vez decidía abandonar el ejército, era algo que también podría aprovechar en el mundo civil, aunque esa opción no la estaba considerando.
Meterse en aquello me pareció buena idea cuando hicimos mi plan de carrera, pero cuando realmente llegó el momento, no me sentía preparado para ello. No podía ni quería elegir medicina, así que lo que elegí fue enfermería, y recordé todas aquellas clases de biología del instituto que me había saltado por ir a jugar al fútbol. Aquel Checo adolescente y loco había desaparecido y sin darme cuenta estaba trabajando y a la vez estudiando una carrera universitaria. Fue duro, sobre todo cuando empecé a hacer prácticas, pero por suerte la especialidad militar que había hecho me convalidaba algunas asignaturas y si todo iba bien podría tener mi titulación en dos años en vez de en tres.
Las prácticas las hacía en un hospital militar que estaba a unos cincuenta kilómetros del cuartel, por suerte no tenía que ir todos los días, solo 3 días en semana, aunque el que hacía las planillas de la gente de prácticas siempre se las apañaba para ponerme turnos de 12h un día del fin de semana si no tenía guardia en el cuartel.
Mi primer día de prácticas fue en el quirófano, no tenía ni idea de qué tendría que hacer y una enfermera ya mayor me iba guiando en todo. No sabía qué tipo de operación iba a ver, sólo sabía que era un coronel ya retirado al que le estaban abriendo la tripa sobre la mesa de operaciones.
- Enfermero Montes, extienda los brazos con las palmas hacia arriba lo más cerca que pueda de la incisión, pero sin tapar el área de trabajo – dijo el cirujano que, por su forma de hablar también debía ser militar.
Obedecí y, de repente, colocaron el hígado del paciente sobre mis manos. No supe cuánto tiempo estuve con ese hígado en mis manos, pero se hizo eterno. Estaba completamente concentrado en no moverme porque ese hígado seguía conectado al cuerpo del paciente. La enfermera que me supervisaba no me quitaba el ojo de encima, aunque ella seguía asistiendo al cirujano, y cuando retiraron el hígado de mis manos para volverlo a colocar en el abdomen del paciente no fui capaz de moverme ni un milímetro hasta que ella, suavemente, colocó una de sus manos sobre mi brazo e hizo un poco de presión hacia abajo indicándome que los bajase.
Recuerdo que ese fue el momento en que reaccioné y volví a estar presente en cuerpo y mente en aquel quirófano. Fue muy surrealista, como una película de terror, pero sin que la sangre salpicase las paredes.
Aquella enfermera que tenía pinta de ser más mayor que mi madre, me trató con mucha amabilidad después de aquella operación y me dijo que aquello no era nada con lo que podría ver en la posición en la que me encontraba haciendo mi carrera militar y sanitaria. Tardé varios días más de prácticas con ella en convencerla de que no había estado mal, incómodo, ni sentido asco o repulsión, sino que solamente me había chocado que mi primera práctica fuese tan intensa, me habría imaginado algo más suave o fácil para el primer día.
La verdad fue que aquello me motivó mucho. Iban a ser dos años de carrera de enfermería duros a nivel de estudio y a la vez emocionantes a nivel de prácticas. Y lo fueron, pero conseguí mi título universitario.
Aquello quise celebrarlo de verdad. Mamá, papá, los abuelos y Ana y su marido vinieron a la entrega de los diplomas, pero también le pedí a Borja, a Saúl y a los tenientes Díaz y Sánchez que se uniesen a la celebración con mi familia. Todos se sentían muy orgullosos de mí y quería celebrarlo con ellos. Solo hubo algo raro y es que todos ellos vinieron a mi celebración con sus parejas, salvo Díaz porque su novia no pudo.
Borja también había terminado su carrera de filología inglesa y en unas semanas se iría a Londres una temporada a vivir, no sabía cuánto tiempo estaría allí, en principio seis meses, pero había dicho que lo vería sobre la marcha. Saúl había conseguido vacante en un cuartel de Extremadura, cerca de su pueblo, y así podría estar más cerca de su familia. El teniente Díaz había vuelto a uno de los batallones operacionales de Madrid. Y el teniente Sánchez se estaba preparando el ascenso a capitán y pronto se iría a la academia de oficiales.
Pero no me importaba que todos estuviesen lejos siempre que mantuviésemos el contacto porque en ese momento ellos cuatro eran mis mejores amigos. Además, una vez conseguida mi titulación universitaria, el siguiente paso de mi plan era el examen de ascenso a teniente, que había ido preparando a la vez que terminaba el último curso de enfermería.
Mamá se reía, “Quién te ha visto y quién te ve” decía siempre recordando todas las broncas que me echaba por suspender asignaturas y repetir cursos cuando era adolescente, pero en aquellos años no tenía una meta en la vida y ahora sí la tenía. De todas formas, a ella había algo que le preocupaba y era que, según ella, yo no estaba aprovechando mi juventud, porque solo estudiaba y trabajaba.
Desde aquel día que me senté con ella en la cocina de casa a contarle mis sentimientos por aquella niña de la que me enamoré en el instituto, no había vuelto a contarle nada de mi vida sentimental. Pero tampoco había mucho que contar. Había conocido a algunas chicas, no muchas, pero eran rollos de una o dos noches nada más. Guapas, simpáticas, con cuerpazo, pero siempre cuando las besaba o las tenía muy, muy cerca, buscaba algo en sus miradas y no conseguía encontrarlo. Buscaba algo que me hiciese ver si aquello merecía la pena, pero en sus ojos no lograba ver nada así.
Después de un par de veces con esa misma sensación me di cuenta de qué era aquello que estaba buscando realmente. Era esa inocencia y ese amor profundo que sólo había visto en una persona. Desi. La niña más bonita que había conocido, con los ojos verdes más profundos y sinceros que podían existir. Inconscientemente buscaba en el resto de chicas a aquella que me enamoró a mis 18 años. Desi no estaba en mi vida, pero de alguna forma siempre estaría en mi corazón, debía aprender a vivir con eso y buscar yo también la felicidad que quise para ella al alejarme. Así que, sin prisa para encontrar una pareja, pero me permití conocer más chicas. Cuando llegase la adecuada, esperaba poder reconocerla.