—Pequeña Bianca… —la voz de él sonó baja, ronca, cargada de algo que no era precisamente arrepentimiento por haberla besado—. No te imaginas cuánto te he extrañado. El aire se volvió pesado. Ella no respondió de inmediato. Ni siquiera respiró durante unos segundos. El corazón le latía tan rápido que creía que se le saldría del pecho. El silencio entre ambos era tan denso que se podía oír el eco de su respiración, rápida, nerviosa. Sus ojos buscaron los de él, intentando entender si era real o si estaba soñando. Pero era real. Ese rostro, esa voz, esa forma de mirarla como si el tiempo no hubiera pasado. —¿Qué haces aquí? —preguntó al fin, la voz casi rota—. ¿Y cómo… cómo es que estás vestido como el padre Mateo? Acaso… Massimo dio un paso al frente. La sombra de su cuerpo cubrió part

