La noche se extendía sobre el convento son sobriedad. Afuera, el viento arrastraba hojas secas y el sonido del bosque se mezclaba con el crujir de las ramas. Dentro de las cabañas, la luz era tenue; solo el resplandor de una lámpara de aceite permanecía encendida sobre la mesa. Bianca estaba sola en su habitación. Se había quitado la ropa del día y la dejó doblada en una silla. Su cuerpo estaba cansado, los músculos tensos. El silencio era total, salvo por el ruido del agua que comenzaba a correr en el baño. Abrió la llave y esperó unos segundos antes de entrar bajo el chorro. El agua fría la hizo estremecer. Cayó sobre sus hombros y descendió por su espalda, disipando el calor que llevaba dentro desde la mañana. Cerró los ojos. El sonido constante la envolvió por completo. Había pasado

