El sonido de pasos rompió la quietud. Pasos firmes, lentos. Ella alzó la cabeza, y lo vio. El hermano Paolo. Giancarlo, en realidad. Su figura llenó el umbral de la puerta: túnica negra, capucha baja, la cruz de madera colgando sobre el pecho. Tenía el cabello rojizo, desordenado, y unos ojos azules tan intensos que parecían atravesar la penumbra. —Vine por vino —dijo con voz grave, avanzando entre las sombras. Amanda no respondió. Solo se levantó con torpeza, apartando una caja para hacerle espacio. El corazón se le había desordenado dentro del pecho. Lo siguió con la mirada mientras él recorría los estantes, revisando las botellas con calma. Sus manos eran largas, fuertes, con venas marcadas bajo la piel. Tomaba una botella, la giraba bajo la luz y la dejaba otra vez en su sitio.

