Rezaba. O intentaba hacerlo. Pero cada palabra que salía de sus labios sonaba más como un suspiro que como una oración. El chirrido de la puerta hizo que el aire cambiara. Ana no levantó la cabeza, aunque lo sintió. Un paso firme, pesado, se acercó desde el fondo. El sonido del rosario rozando el suelo. La túnica rozando la piedra. El hermano Silvio, (Lucas). Había entrado. Se sentó junto a ella, en el banco lateral, con la calma de quien sabe que domina cada espacio que pisa. La luz se posó en su perfil: el mentón fuerte, la boca delineada, los ojos azules profundos, casi oscuros. Llevaba la túnica negra de los monjes ajustada en la cintura, el cuello cerrado hasta el punto exacto donde empezaba el músculo del cuello. No necesitaba hablar; su sola presencia llenaba el lugar. Ana in

