Ella tragó saliva. Casi nadie la llamaba por su nombre. Allí todos eran “hermana”, “hija”, “refugiada”. Pero en su voz, Marta sonaba distinto. Sonaba real. Sintió un impulso absurdo de acercarse, de comprobar si esa voz sonaba igual de cerca. Se levantó, temblando, y dio un paso. Luego otro. Rafael —o Francesco, escondido bajo la máscara de la fe— no se movió. Solo la observaba. Cuando llegó hasta él, el aire parecía más denso. Se sentó a su lado, en silencio. Podía oír el propio corazón golpeándole las costillas. La biblioteca entera parecía observarlos: las cruces en las paredes, las imágenes de santos, la Virgen María en el altar pequeño al fondo. Marta bajó la mirada. «A la v***a… necesito tocar esa cosa» pensó, ahogando el pensamiento con una exhalación que casi pareció un rezo.

