Capítulo 5

1656 Palabras
Selena sintió deseos de acariciarle el rostro y así lo hizo; con suavidad acarició su rostro con su barba muy poco crecida y sintió que el amor inundaba su corazón y dos lágrimas corrieron por su rostro. No podía sacar su mano del rostro de ese hombre que estaba inconsciente y al cual ella aún amaba. Acarició su rostro un poco más y Robert hizo un pequeño movimiento con los ojos, como si quisiera abrirlos. ―Robert… ―habló Selena, bajito―, Robert, ¿estás ahí? ¿Puedes escucharme? Nada, ni un movimiento de parte de él. ―Robert, perdóname por irme así, pero no quería robar tu libertad, no quería interferir en tu vida y sobre todo en tu libertad que tanto amabas. Fui cobarde al no decirte nada, pero pensé que era lo mejor, de lo contrario habría sido algo obligado y a mí así no me gustan las cosas, por eso me fui, pero quiero que sepas que nunca te olvidé; mi amor por ti sigue intacto, aunque sé que te enamoraste y ahora tienes una esposa con la que compartes tu vida. Robert movió una mano. ―¡Robert! Él movió otra vez la mano. ―¡Robert! ¿Puedes escucharme? Él lentamente abrió los ojos y miró a Selena. A ella se le apretó el corazón. ¿Y si él había escuchado lo que ella le dijo? ―Doctora… gracias… usted me salvó la vida. ―Voy a llamar al doctor. ―Espere un momento… quiero contarle algo… ―¿Contarme algo? ―Sí, tuve un sueño hermoso, escuché que una mujer a la que amé con mi vida hace mucho tiempo me hablaba y me decía que su amor por mí estaba intacto. Ella un día se fue y nunca más supe de ella, aunque la busqué mucho tiempo, no la encontré, y ahora soñé con ella, soñé que me hablaba. Selena tenía deseos de gritarle que no había sido un sueño, que ella era esa mujer que le había hablado. ―Llamaré al doctor, vuelvo enseguida. ―Doctora, no se vaya… no me deje… ―Debo avisarle al doctor. ―Está bien. Selena salió y ubicó al doctor Sergio Villalobos, le explicó la situación, omitiendo que ella lo conocía y que le había hablado y juntos fueron a la habitación del paciente. ―Robert, ¿cómo te sientes? ―¿Robert? ―preguntó él. ―Sí, Robert. ―¿Ese es mi nombre? No sé quién soy, doctor. ―Te llamas Robert Ivanek, ¿recuerdas algo? Robert guardó silencio como si intentara recordar algo. ―No, doctor, no recuerdo ese nombre, no recuerdo nada. ―¿Recuerdas si eres casado? ―¿Casado? No, yo no estoy casado. ―Robert, ¿tampoco sabes en qué trabajas? ―No, doctor, nada, no recuerdo nada, ¿hasta cuándo estaré así? ―Haremos unos análisis para ver el daño y luego hablaremos, trata de no exaltarte, eso te hará peor, debes tratar de estar tranquilo. ―Trataré, doctor. El doctor Villalobos salió de la habitación y Selena se quedó allí. ―Doctora, no recuerdo nada… no sé quién soy… ―Señor Ivanek… ―Robert, ¿no dicen que me llamo Robert? ―Sí, así es. ―Entonces llámeme así, por favor y no me diga señor; aparte de no saber quién soy todo se siente tan lejano cuando me dicen señor. ―Está bien, Robert, como quiera. ―¿Yo puedo llamarla Selena? Ella sintió un escalofrío al escuchar su nombre de labios de Robert. ―No, mejor le digo doctora, hay otros pacientes y no sería bien visto por el personal de salud, no, no se preocupe, la llamaré doctora. Selena sonrió. En ese momento llegaron dos auxiliares. ―Doctora, llevaremos al paciente a un scanner. ―Está bien, llévenlo, yo debo irme. ―¿Cómo? ―preguntó Robert― ¿no está en turno? ―No, Robert, pasado mañana es mi turno, suerte en el scanner. ―Gracias, doctora. Selena salió de la habitación y del hospital, era tan difícil hablar con Robert sabiendo que él no se acordaba de nada y ella conociéndolo tan bien; pero no le diría nada, ella sabía de él hasta que se fue de su lado, de ahí en adelante no sabía nada, se enteró de que estaba casado cuando llegó Susana al hospital. Si tal vez ella le contara… ¿podría ayudarlo a recordar? Manejó por la carretera y al llegar a la altura donde había ocurrido el accidente, sintió un escalofrío, jamás olvidaría aquel lugar y aquella noche en la que había vuelto a ver a Robert. Selena llegó a su casa cuando Evans estaba tomando su leche con cereales. ―Gracias, Marce, era algo que tenía que hacer. ―No te preocupes, amiga, ¿cómo estaba tu paciente? ―¿Mi paciente? ―Sí, Selena, tu paciente, tu ex, tu enamorado misterioso, él, ¿cómo está? ―No sé, Marce, despertó, pero no recuerda nada. ―¿Cómo? ¿A ti no te recuerda? ―No, no sabe ni como se llama, Marce; ahora le iban a hacer un scanner para tratar de ver a qué se debe, aunque el golpe en la cabeza es lo que lo provocó, creo yo, pero hay que ver si hay alguna lesión, ojalá no sea nada muy complicado y que con los días vaya recuperando la memoria. ―Ojalá que así sea, Selena, te noto preocupada, ¿aun sientes cosas por él? ―Marce es más complicado que eso, pero en la noche hablamos, ¿sí? ahora voy a bañar a Evans. ―Sí, amiga, pero esta noche no me despego de tu lado hasta que me cuentes todo sobre tu enamorado misterioso. ―Sí, Marce, esta noche te contaré. ―Bien, amiga, que les vaya bien en su paseo. ―Gracias por todo. ―Para eso estamos, amiga. Félix llegó cuando Selena había terminado de vestir a Evans y tomaba un café en la terraza. ―Félix, te traeré un café. ―Gracias, Selena ―agradeció él, dándole un pequeño beso en los labios―, hola, Evans. ―Hola, señor ―respondió el niño. ―Evans, te he dicho muchas veces que me llames Félix y no señor. ―Sí, señor ―respondió Evans sin levantar la vista de un auto con el que jugaba. Mientras tanto, Selena preparaba el café para Félix y recordaba a Robert, cuando él llegaba la abrazaba y le daba un beso apasionado cuando la saludaba, era como si estuviera sediento de sus besos. Siempre era igual, la besaba al llegar y no podía dejarla. Ahora lo había vuelto a encontrar, pero todo era diferente, sus vidas eran diferentes, ellos eran diferentes. Salió con el café y se lo entregó a Félix, quien hablaba con el niño sentado en la terraza. ―Gracias, Selena, no hay caso que Evans me llame por mi nombre, sigue llamándome señor. ―Déjalo, Félix, es un niño, quizás se siente cómodo llamándote así. ―Pero soy la pareja de su mamá, debiera llamarme por mi nombre. ―No me gusta tu nombre, por eso te digo señor. ―Evans… ―exclamó Selena. ―Déjalo ―pidió Félix lanzando una carcajada―, si no le gusta mi nombre no hay nada que hacer, no le gusta y punto. ―No, no me gusta, es feo ―respondió el niño sin levantar sus ojitos del juguete. ―Evans, no seas sin respeto ―llamó la atención Selena. ―Pero si es verdad, no me gusta Féliz ―dijo Evans marcando la zeta. ―Está bien, Evans, no importa, llámame como quieras, como te sientas más cómodo ―indicó Félix. ―Te llamaré señor ―respondió Evans. Evans no era muy amigable con Félix, no le daba la mano cuando caminaban, jugaba muy poco con él, salvo a veces en la playa cuando llevaban una pelota, pero en general, no le gustaba mucho estar con él. En la playa le gustaba hacer castillos de arena, pero con Selena, no con Félix. Terminaron el café y subieron el auto para dirigirse a la playa que quedaba a unos quince minutos. Cuando llegaron, se instalaron en un lugar no muy concurrido y Félix abrió el quitasol. Evans sacó su balde y juguetes y comenzó a jugar con la arena. ―Selena, sé que no le soy simpático a Evans… ―Félix, Evans es un niño. ―Sí, así es, pero ¿eso no impedirá que tú y yo en algún momento podamos vivir juntos? ―¿Vivir juntos? ―Sí, lo he estado pensando y la verdad es que creo que sería tiempo de hacerlo, luego de estar un año juntos, Selena. ―Félix, yo… yo no quiero vivir con nadie, quiero seguir como estoy y que tú y yo sigamos como hasta ahora. ―¿No quieres que nos casemos, Selena? ―¿Casarnos? Félix, en mis planes no está el casarme, tener una relación como la que tenemos sí, pero no más allá, no todavía por lo menos. ―Selena, yo te amo y tú también me amas, debiéramos pensar en casarnos, formar una familia, yo también quiero tener mis hijos contigo. ―Félix, en mis planes no está tener más hijos todavía, Evans está muy chiquitito y quiero dedicarme bien a él, no quiero casarme tampoco; yo creo que así estamos bien, nos llevamos bien y complementamos nuestros tiempos, pero casarnos… no, aún no. ―Selena, ¿qué más vamos a esperar? Somos adultos, yo tengo cuarenta años, ya quiero mi propia familia y quiero formarla contigo. ―Félix, te entiendo, pero me pillas por sorpresa, yo no he pensado en casarme, en formar otra familia, ya tengo una con mi hijo y no sé si quiero formar otra ahora… quizás más adelante… ―Selena… ¿tú me amas? ―Te quiero, Félix, mucho. ―Me quieres, pero… ¿me amas?
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