Capítulo 6

1730 Palabras
El doctor Villalobos pasó a examinar a Robert. ―Doctor, ¿tiene el resultado de los exámenes? ―Sí, Robert, no aparece nada físico que esté alterando su memoria. Hay que esperar con el tiempo que vaya recordando cosas de su vida, por el momento no podemos hacer nada ya que, como le decía, no hay una alteración física que provoque su pérdida de memoria. ―Pero… ¿entonces eso quiere decir que puedo estar mucho tiempo así? ―Eso no lo sabemos, Robert, tal vez recuerde todo de una vez en unos pocos días, como puede ser que pase tiempo y vaya recordando cosas de a poco, lentamente. ―No, doctor, eso no puede ser, ¡No puede ser! Robert trato de bajarse de la cama, pero el suero y el catéter se lo impidieron. En ese momento entró un auxiliar y lo ayudó a acostarse. ―Robert, debe estar tranquilo ―aconsejó el doctor―, estamos haciendo el procedimiento correcto para su estado, pero le repito, no tiene ninguna lesión que provoque su pérdida de memoria. ―¿Entonces el recordar depende de mí, doctor? ―De usted, de su entorno, de su familia, esposa, amigos, todo eso puede ayudarle a recordar. Robert calló. ¿Quién era? ¿Quiénes eran parte de su vida? ¿Quién era su esposa? ¿Tendría más familia? En ese momento entró una mujer a la habitación. ―Buenos días, doctor, yo soy Susana, la esposa de Robert ―contó ella. ―Mucho gusto, Susana, pase, por favor. La mujer entró y se acercó a Robert. Él la miró. ¿Ella era su esposa? No la recordaba. ―Robert… ―Perdón, pero… no sé quién es usted, no la recuerdo… no recuerdo nada… ―¿Cómo? ¿No sabes quién soy, Robert? ―No recuerdo nada, me dijeron que mi nombre es Robert Ivanek. ―Doctor… ―exclamó Susana. ―Susana, a Robert le hicimos varios exámenes y no aparece ninguna lesión física que provoque esta pérdida temporal de memoria, por lo tanto, hay que esperar a que vaya recordando; le decía a él que puede recordar todo de una vez como puede que esto suceda de forma paulatina. ―Doctor, pero… ¿puede estar así mucho tiempo? ―Eso no lo podemos saber ya que, como le dije antes, no tiene lesión alguna a la que podamos atribuirle la pérdida de memoria. ―¿Y ahora que hay que hacer? ―Lo verá un neurólogo y él indicará los pasos a seguir. ―Está bien, doctor ―respondió Susana. ―Doctor, ¿cuándo podré salir de aquí? ―Aún no, Robert, por lo menos tendrás que estar acá unas dos semanas. ―¡Dos semanas! Doctor, yo puedo cuidarlo en la casa ―intervino Susana. ―Pero no podrá darle los cuidados que le da el hospital y que Robert aún necesita, Susana. ―Está bien, doctor, me quedaré aquí el tiempo que sea necesario, tampoco es que sienta deseos de irme a otro lado si ni siquiera sé dónde vivo. ―Vives conmigo, Robert. ―Perdón, ¿Susana es tu nombre? ―Sí, Susana, pero ¿cómo es posible que no recuerdes el nombre de tu esposa? ―Susana ―intervino el doctor―, Robert no recuerda ni su nombre, se lo dijimos nosotros. En ese momento entró la enfermera para darle un medicamento y controlarlo. ―Susana, venga, salgamos para que Gissele haga su trabajo, luego entraremos otra vez. Ellos salieron y una vez fuera de la habitación el doctor Villalobos le habló: ―Susana, usted no debe impacientarse, Robert necesita que quién esté con él esté tranquilo, háblele de su vida junto a usted, pero de a poco, no lo atosigue contándole todo de una vez, ya que eso puede ser peor, ¿me entiende? ―Sí, doctor, está bien. ―Susana, ¿Robert tuvo algún problema ayer o los días anteriores? Digo, un problema importante, algo que lo haya afectado mucho, ¿recuerda algo? ―No, no, doctor, nada. Susana recordó la discusión que tuvieron esa tarde, fue fuerte y luego Robert salió enojadísimo con ella y muy preocupado de la casa, pero no dijo nada de eso al doctor. La enfermera salió y Susana y el doctor entraron nuevamente a la habitación. El doctor revisó la ficha. ―Estás con la presión arterial un poco alta, Robert, pero es producto del estrés postraumático y por la tensión de no recordar nada; por esas cosas no puede irse a la casa todavía, Susana. ―Sí, entiendo, doctor ―respondió ella. ―Ahora los dejo para que hablen un momento, tal vez eso también ayude ―indicó el doctor. ―Gracias, doctor ―agradeció Robert. Cuando quedaron solos, Susana acarició los cabellos de Robert, pero él movió la cabeza para evitarlo. No sentía cercana a esa mujer que decía ser su esposa. ¿Y si no era verdad? ¿Si ella no era su esposa? Él no recordaba haberse casado, pero bueno, no recordaba nada de su vida en realidad. ―Robert, ¿por qué te haces a un lado? ¿No quieres que te toque? ―No es eso, es que… me resulta raro que una extraña y, no lo tomes a mal, me toque el cabello, sabes que no te recuerdo. ―Sí, es verdad, perdón, pero soy tu esposa, Robert. ―¿Cuándo nos casamos? ―Hace dos años. ―Dos años. ―Así es y no tenemos hijos, pero tú estabas loco por ser papá. ―¿Eso es cierto? ¿Estás segura? ―Sí, siempre me lo pedías y justo íbamos a ponernos en campaña cuando ocurrió este accidente. ―¿Tengo más familia? ¿Padres, hermanos? Susana calló un momento. ―¿Tengo más familia, Susana? ―Sí, Robert, tu papá se llama Diego y tu mamá… Kate. También tienes un hermano, Steve y una hermana, Abril. ―¿Y ellos? ¿Tienen familia, son casados? ―Sí, Abril está casada con Hans Altamirano y tienen una chiquita de tres años, se llama Addy. ―Es decir que soy tío. ―Así es, Robert, y Aline Barnes es la esposa de tu hermano y tienen un niño de cuatro años que se llama Andrés. ―Todos ellos… ¿dónde viven? ¿Dónde viven mis padres? ―Tus padres están fuera de Chile, hicieron un viaje por dos meses por toda Europa, se fueron hace poco. ―Ellos no saben nada de mi accidente, ¿verdad? ―No, Robert, no quise avisarles para no arruinarles su viaje. ―Sí, claro, creo que tienes razón. ¿Y mis hermanos? ―Steve vive en Iquique y Abril en Frutillar. ―Ellos tampoco saben nada. ―No, quería preguntarte a ti si les aviso o no, aunque cada uno está muy ocupado en sus cosas. ―No, no les digas nada, ya estoy mejor y no me siento preparado aún para ver a nadie; esto de no recordar nada es desesperante, no sabes cuánto. ―Yo te ayudaré a recordar, amor, conmigo estarás bien, cuando te den el alta iremos a nuestro departamento y allí comenzaremos a recordar un poquito cada día. ―No sé… es todo tan raro, tan difícil; tú dices que eres mi esposa, pero yo no recuerdo nada de ti, nada, para mí eres una desconocida; discúlpame si mis palabras te hacen sentir mal, pero es así, no sé de qué otra manera decírtelo, porque va a ser difícil la convivencia entre ambos si nos vamos a vivir juntos. ―¿Cómo es eso de que si nos vamos a vivir juntos? ―Susana, no sé si quiero vivir con alguien en este momento; creo que preferiría estar solo. ―¡No, Robert! ¡Eso no puede ser! El estar solo no te ayudará a recordar nada, al contrario, te alejará de esos recuerdos que quieres recuperar; solo a mi lado podrás empezar a recuperar tu vida y tus recuerdos, yo sé todo de ti. ―¿Sabes la sensación que tengo? Que me gusta ser libre, no me gusta estar atado a nada, Susana, pero es solo una sensación. ―Eso no es verdad, tú me pediste matrimonio y por eso estamos juntos y, y sí, antes te gustaba tu libertad, pero cuando nos conocimos quisiste pasar el resto de tu vida conmigo, Robert. ―Entonces… ¿es verdad que amaba mi libertad? ―Sí, pero solo hasta que me conociste, entonces elegiste entre tu libertad y yo. Robert quedó pensativo. Sentía que había algo más, pero… ¿qué era? ―Cuéntame nuestra historia, Susana. ―Nos conocimos en un pub, tú estabas solo y yo con unas amigas; cuando entramos y te vi allí solo y pensativo, sentí una atracción por ti de inmediato y cuando estaba en la mesa con las chicas te miré, tú me miraste, yo te sonreí y tú luego de un momento hiciste lo mismo y me hiciste una seña para que fuera a tu mesa. ―¿Y tú fuiste? ―Por supuesto, si te digo que llamaste mi atención al instante en que entré. ―¿Y luego? ―Estuvimos un rato allí tomándonos un trago y luego… bueno, tú ya sabes… ―No sé, Susana, por eso pregunto. ―Tienes razón, perdón; bueno, luego… fuimos a un hotel y pasamos toda la noche juntos y desde ese momento nunca volvimos a separarnos. ―¿Tienes fotos de nuestro matrimonio? ―No, Robert, las tenía en el celular que perdí y no las pude recuperar. ―Pero deben estar en mi celular, debe haber algo, ¿no? ―Puede ser. ―¿Y amigos? ¿Tengo amigos? ―Sí, algunos. ―¿Alguno en especial? ―No, todos los amigos son iguales, amigos con los que te juntabas antes de que te casaras conmigo y que ahora se llaman de vez en cuando. ―¿Dejé mis amigos cuando me casé contigo? ―Así es, dijiste que no necesitabas nada aparte de mí; alguna vez se juntan, pero muy a lo lejos. ―La noche en que nos conocimos… ¿te dije por qué estaba solo y pensativo cómo dices tú? ―No, dijiste que no querías hablar de eso. ―¿De eso? ¿de qué? ¿Dije algo? ―No, solo dijiste que tu vida había cambiado desde ese momento.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR