(...) Supuse que nada sería perfecto, pero jamás conté con que la señora Bonelli se echara para atrás. —Esto fue una mala idea. —Amor… —¡Esa anciana mentirosa! —Danna… —¡aash! ¡Pero no se quedará así!. —bebé… —¡podemos secuestrar a uno de sus gatitos y pedir recompensa…!. —¡Señorita White!. —¿Qué?. —Hay alguien que quiero que conozcas. Andrew detuvo el auto cerca de un despejado, verde y hermoso campo, se bajó y abrió la puerta del copiloto para mí. En el momento en el que el aire acarició mi rostro y un olor a margaritas inundó mis fosas nasales, olvidé el enojo que sentía hacia la señora Bonelli por haber vendido sus acciones a un completo desconocido; y me concentré en la paz que aquel lugar me brindaba. Me sentí en extremo libre, tranquila, despreocupada, au

