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El pais de los buitres

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viaje en el tiempo
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misterio
protagonista masculino
asexual
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Descripción

La obra comienza con la rendición de un militar que, junto a un grupo de insurrectos, intentaron un magnicidio con el consiguiente golpe de Estado y toma del poder. En medio de la balacera previa, un joven (Jesús) se encuentra en medio del enfrentamiento entre militares insurrectos y los leales al gobierno, suscitándose la muerte de muchos civiles. Aquella noche, el joven, al llegar a su casa y conciliar el sueño, queda atrapado en una especie de pesadilla donde se remota a tiempos no vividos por él, pero que se presentaban nítidos, como si los estuviera viviendo. Aquella era una época de finales del siglo XIX, donde tomaba el gobierno un férreo dictador que sembró durante 27 años, el terror en aquel país. A la par, se destaca la historia de una familia desde esa época. Mientras Jesús sueña con los momentos del pasado, se introducen al sueño, acciones llegadas desde el futuro, haciendo de este modo, una especie de cuadro comparativo entre los gobiernos pasados y los que se presentarían en los años por venir.

La segunda parte de la obra comienza cuando Jesús despierta del extraño letargo y narra en primera persona, los acontecimientos desde el rendimiento del insurrecto y su posterior ascenso al poder, su muerte, la transferencia del gobierno a su sucesor cual monarquía, y culmina la obra con la dimisión del mismo, vale la pena destacar que los fantasmas de cada gobernante y su abuelo se presentaban en el sueño del joven narrando lo realmente sucedido. Los mismos espectros continuaron presentándose luego de despertar de la pesadilla.

En la obra se narran más de un siglo de historia política-económica y social de una nación petrolera donde se describe cada gobierno, sus aciertos y desmanes. Al igual que la de una familia en el mismo período.

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CAP.1
  Se le miró en todo el país, e inclusive más allá de sus fronteras. Lucía hondamente consternado. Una gran estela de desdén lograba que se acentuara aún más, el terrible sentimiento de ineptitud que ya lo ahogaba en el mar de un fracaso que sintió que lo cobijaba “por ahora”. Se le percibió exhausto. Definitivamente, ese desaliento no era reciente. Se vislumbraba esa extenuación, consecuencia directa y lógica de un fatigoso trabajo de meses; tal vez de años. Todo hubo devenido de las labores estratégicas ideadas pacientemente, con las cuales se quiso alcanzar una ansiada meta; pero que infortunadamente para él y para un gran número de sediciosos cómplices, resultaron un estrepitoso fracaso. El cantinfleo que él expresó ante las cámaras de televisión, las cuales tomaron su imagen y la enviaron alrededor del mundo; denotaron su miedo, su temor a lo que vendría después de esa intentona que no había podido alcanzar sus propósitos, tal como se los había hecho saber a sus compañeros de armas; quienes se mantuvieron distribuidos en las principales ciudades de ese país tan pronto se hubo rendido. Un país cuyos cimientos fueron movidos de manera colosal por aquel grupo de golpistas asesinos.           Transpiraba copiosamente, y los movimientos involuntarios que hacía con sus manos denotaban definitivamente, turbación e impotencia. El sudor empapaba su frente, y se deslizaba inquieto por el resto de su cara para mojar luego, aquella chaqueta de gruesa tela color oliva. Su parlamento después fue algo pausado, casi indescifrable. Parecía ensayar en su mente cada palabra antes de pronunciarlas. Tal vez se trataba de una estrategia con la cual quería causar algún efecto en quienes le escuchaban hablar como un mojigato, o posiblemente como un héroe. En su mente se dibujaba algo que debió causar pánico, pero que no lo hizo; pocos lo entenderían, la vuelta del militarismo después de su caída hacía varias décadas. No por gusto, en un futuro que se presagiaba cercano, ese hombre sería percibido por muchos como un estratega sin par; táctico brillante, habilidoso, sagaz y muy perspicaz. Se trataba de un insólito fenómeno de autoengaño social que los años futuros se encargarían de desenmascarar.           En aquel momento que paralizó al país, aquel hombre afligido, en definitiva, se convertía en la esperanza de un pueblo. Su talante reflejaba el resultado de lo que siempre ha de evitarse a toda costa; la improvisación. Todo aquel barullo no fue más que un complot pobremente concebido, el cual únicamente pudo haber tenido éxito, si los insidiosos hubiesen podido ejecutar aquello que se tejía desde hacía mucho tiempo; el asesinato del Presidente de la República, algo tan perturbador y espeluznante. Nada más y nada menos que un verdadero magnicidio. Un bestial crimen nacido del odio, o de la ambición del poder; posiblemente de ambas cosas. Una b*********d, no como en un futuro nefasto, un cuarto de siglo después, cuando se privaría de libertad a alguna persona sólo por soñar con la muerte del Presidente de la República. Se tildaría a quien osara tener un sueño de ese tipo, de autor de un grave delito llevado a cabo con premeditación y alevosía. Iría a la cárcel quien osara cometer el delito de odiar. Un delito con muchas agravantes, para el cual negaban medidas alternas. Resultaría mejor ser acusado de homicidio que de esa detestable imputación jurídica. Lo que ocurrió aquel día,sí que fue un magnicidio en grado de frustración. No como lacontravención fantasma que 26 años después tanta alharaca llegará a producir,rayando en lo fantasioso.Nadie, absolutamente nadie se creerá aquel artificio que rayará en lo ridículo. Ni ellos mismos, los desmedidos autores de las más grotescas fantasías presidenciales; se creerán semejante caricatura. Y aquel que también pregonaráinsistentemente un líder,mirándolo por doquier como un fantasma.Sí, aquel mandatario quién no dejará de decir constantemente, que medio mundo querrá matarlo. El mismo que divulgará casi que a diario, que unadiversidad de Estados estarán confabulando en su contra. Será un poco disimulado miedo el que constantemente sentirá. Miedo de que sus enemigosle hicieran todo aquello que él, sin recatos, quiso hacerle a un gobernante años atrás. En fin, dicen que cada ladrón juzga por su condición. Era comparada aquella bestial falta de coordinación con el idiotismo. Aquel hombre,al momento en que estuvo frente a frente con lo planificado desde hacía años, se sintió más preocupado de una delación que de una eficazcoherencia de las labores.Se trató de una cobarde traición a la patria, hecha por verdaderos seres que debieron llamarse sencillamente, apátridas.Había llegado ese día de febrero. Significó un juramento de unidad, el cual luego se traduciría en un derroche de riquezas a las manos indebidas. Todo el país estuvo pendiente del transcendental suceso. Significó una esperanza venida desde algún sitio oculto, desde un sitio inesperado.Había recién llegado el día, el cual hizo sentir un despelote en todos los rincones. La gente se preguntaba suspicaz¿Qué estará pasando que hay tanto alboroto? Unos decían que habían llegado los gringos a llevarse los recursos. Otros, que había estallado la guerra, aunque no decían por qué, ni contra quien. ¡Se alzaron los militares! Gritaban desde la terraza de un edificio antañón. Hasta los más ortodoxos decían que era algún castigo de Dios. Lo cierto era que, incluso antes de la llegada de la albura, se habían comenzado a escuchar ruidos pocos comunes en muchos lugares. Ya era habitualpercibir los estertores de la delincuencia. Con ellos se reflejaban los eternos disparos y las otras extravagancias que la noche amplificaba para extender también, el terror de los habitantes pávidos que ya estaban al resguardo, generalmente debajo de las camas o en cualquier otro sitio que consideraban medio seguro. Esa noche,todo resultó distinto.Se escucharon ruidos poco comunes. Fue entonces de madrugada cuando se intensificó aquella algarabía y poco a poco se fueron llenando las calles depersoneros venidos desde los cuarteles. Bien de mañana, la ciudad estaba atestada de rumores. ¡Llegaron los extraterrestres! Expresaban los más artificiosos. La televisión y la radio sólo dejaban escapar un desastroso ruido que todos extrañaba en demasía.Los operadores, recibiendo órdenes sensatas; no querían causar más alarma y miedo del que ya había. ¡Quieren matar al presidente! gritó Gilberto desde un carro que devoraba la distancia y del que sólo en segundos, había quedadosimplemente una humareda producto de un motor desbaratado. ¡Es un golpe de Estado!, ¡Es la guerrilla señores! Eugenio iba camino a la fábrica con la vianda en su mano derecha, livianita porqué llevaba poca cosa. Cargaba él mucha rabia. No sabía que era lo que estaba pasando. Lo que fuere, le tenía sin cuidado. Bastante problemas tenía ya con los suyos y los de su familia. Él sólo caminaba presuroso, tratando de ganarle una carrera al marcador de asistencia. Cuando estaba cerca ya de llegar a su sitio de trabajo, dejó de sentir el leve peso de la vianda, dejó de sentir rabia. Dejó de sentirlo todo. Una bala venida de un pueblo que le disparaba al pueblo,lo mató. Eugenio nunca se enteraría que era en realidadlo que estaba sucediendo. No tuvo tiempo de enterarse. Él iba concentrado en llegar pronto a su día a día en su trabajosaboreando amargamente su rabia, al pensar que ganaba una lágrima de sueldo. Tremenda rabia sentía contra el sistema capitalista que lo ahogaba, contra todo, contra sí mismo.Con ese mísero sueldo de un mes, a duras penas compraba la comida para toda su familia compuesta por cuatro muchachos, su esposa, él y la suegra que, encamada tras una penosa enfermedad incapacitante, igual comía en abundancia. ¡Ah! y le quedaba un poquito para enviarle a su madre que vivía en un pueblo del interior. Ella apenas podía comprar con esa miseria, la comida del mes y sus medicinas. No le alcanzaba para nada más a la pobre. Que tragedia la de los necesitados carajo, se repetía Eugenio mientras sus pasos trataban de ganarle tiempo al tiempo. Apenas podía comprar un poco de ropa para los muchachitos con la finalidad amainarun poco la carga y que no se hiciera sentir tan pesada cuando se acercara la Navidad. Cada mes, adelantaba parte de los gastos acostumbrados para el fin de año. También iba adquiriendo poco a poco, los juguetes del niño Jesús y los ingredientes para la cena de Navidad y año nuevo. Así, trataba de que las utilidades le quedaran casi que intactas para viajar en familia antes de que comenzaran las clases de los muchachos. A él le tocaban sus vacaciones anuales en enero. Esta vez, había planificado un viajecito de una semana, a una de las islas neerlandesas vecinas. Menos mal que se ahorraba el pasaje en el transporte público, ya que vivía cerca de su trabajo y caminaba hasta él. Por lo menos, ese dinerito que se ahorraba, lo usaba para llevar a diario, por la tardecita, panes dulces y chicha para su mujer, su suegra y la muchachera. Tendría que dejar de comprar la prensa a diario y lo que más de hacía rabiar, era que tendría que no tomarse su caja de cervezas y hacer la parrillada acostumbrada del sábado por la noche, para hacerla entonces quincenalmente. Caray, que descalabro semejante en la vida de un pueblo. “¡Este gobierno nefasto que hace sufrir cada vez más a los pobres!”, decía en voz muy baja Eugenio cuando aquella bala le destrozó el cráneo, venida desde la azotea de un edificio. De eso ya habían pasado veintiocho años y su viuda lo recordaba diariamente como si acabase de suceder. Eugenio nació en cuna pobre, como la gran mayoría de los habitantes de ese hermoso país. Hijo de campesinos, nieto de campesinos y si se buscaba aquel árbol genealógico, habría de pensarse que siempre se encontraría a gente trabajadora. Ciudadanos laboriosos, dignoshabitante de un país grandioso. Cuando Eugenio nació sintió su madre, algo distinto en demasía. Realmente no supo precisar lo que sintió; pero fuecomo un augurio venido desde lo más íntimo de su corazón, que pocas veces vertía ese eco bendito. Y no era para menos. En primer lugar, porqué Eugenio sería el último de sus hijos; prole fecunda que llegó a su terruño para engrandecerlo. Cerraba el muchacho aquel ciclo de sacrificios maternales, de partos laboriosos y en ocasiones; de momentos de hambre y dolor. Su padre no estaba presente, nunca lo estuvo. Ni el de sus hermanos ni el de nadie. Era sólo Ernestina quien se encargaba de todo. Significaba pues, el despunte de la irresponsabilidad de hombres imbéciles y la irracionalidad de mujeres pendejas. Daba igual, pendeja o no, con ocho muchachos nacidos de distintos padres; significaba una realidad, y esa realidad no daba cabida a cavilaciones ni arrepentimientos. Los tres primeros fueron una seguidilla, uno cada año. Los otros cinco nacieron cada dos años. Igual, a lo hecho pecho.   Cuando Eugenio llegó a la vida, en aquel país se sentían los pesados y tormentosos abrazos de una dictadura.Se escuchaban hasta en los recónditos rincones, los tropeles de esbirros persiguiendo a quienes no comulgaran con los ideales del gobierno. Se hacían sentir los ecos de los gritos errantes en las mazmorras. Se sentían los lastimeros llantos de las madres buscando a sus hijos que habían sido apartados de sus hogares, cuales bazofias y trasladados a sitios insospechados. Hijos no encontrados jamás. Paralelo a las aberraciones y atribulaciones propiciadas por aquellos secuaces sangrientos y medrosos,a la vezhabía una verdad inquebrantable. Debajo de sus propios pasos, millones de años contenidos en el subsuelo, surgían a aquel presente; para elevarlo a las cimas del progreso. Era pues, un adelanto económico nunca antes visto en la aquella nación gloriosa. Era el petróleo que manaba bendito. La explotación petrolera había permitido al régimen de mediados de siglo XX, financiar un programa ambicioso de industrialización y modernización, y aunque en los años venideros no quisieran entenderlo, no todo fue represión, tortura y muerte; sino también progreso.La verdad es la verdad y nos guste o no, hay que aceptarla. Aquella férrea dictadura tuvo, a pesar de ello, un clima económico favorable cuyo principal motor fue la expansión de la industria petrolera. Realmente que se modernizó aquel país en ese momento tan aciago de su historia. Esos fueron otros tiempos; después serían anhelados por muchos. La historia de Eugenio pudo haber sido la historia de millones de ciudadanos de ese hermoso país. Pudo tratarse de Liborio, Luis, Antonio, María, Josefina, Milagros; sólo que el caso de Eugenio fue muy particular, ya que se tratódel primer muerto de aquella asonada militar. Una sedición sangrienta que le abrió las puertas a una etapa azarosaen la historia de un grandioso país. El intento de aquel día de febrero, fue predicho como una maniobracastrense que tendría como un valioso apoyo sin duda alguna;la movilización de múltiples sectores de una sociedad esperanzada en un cambio, cansada de un viejo esquema; tal cómo desde hacía mucho tiempo lo habían estado machacando en las constantes peroratas aquellos sediciosos. Tras tanto barullo, después de tantas promesas, pensaron que de seguro todos saldrían a la calle a apoyarlos, pero se habían equivocado. Nacieron esas ideas del desconcierto que unas decisiones presidenciales habían originado y seguían motivando; pero el pueblo quería paz. A pesar de ello,hubo muchas muertes. Víctimasque como siempre, fueron innecesarias. Muertes de seres inocentes, que nada tuvieron que ver ni con malos gobiernos, ni con las perversas ambiciones de querer usurpar unrégimen. Los responsables de todo aquello fueron los bravucones que quisieron, “por el bien de un pueblo sufrido”; asesinar al Presidente de la Repúblicay para ello disparaban a mansalva. Lanzaron sus tanquetas por esas calles de Dios y se llevaron en los cachos a quienes osaron cruzarse en sus caminos llenos de odio. Fue una violencia indescriptible. Afortunadamente nada les salió bien. Bueno, eso se pensó. No lograron el desatinado propósito. El señor Presidente fue bien protegido y salió completamente ileso. El mismo contó con un grueso cordón de seguridad que estaba activo de manera permanente. Era gente tan leal, que fueron capaces hasta de dar sus vidas por ese gobernante. Significó algo que había ido más allá que un simple compromiso laboral.Simbolizó sencillamente, lealtad; algo que modernamente ha quedado en desuso. En los años posteriores, cuando se ha de plagar toda la patria de aquella escoria; a las personas que demuestren esas grandes muestras de lealtadse le pasará a llamar de manera peyorativa, jalabolas, chupamedias, vendidos y una gran infinidad de expresiones ignominiosas y maliciosas, utilizadas como habrá de ser ya costumbre por los nuevos ricos;por la nueva clase social que pasará a llamarse, los enchufados del poder. Al presidente, todo cagado tal vez, lo sacaron por una de las tantas puertas traseras que poseía aquel suntuoso edificio gubernamental. Era una edificación antiquísima de finas estructuras y delicados relieves, donde habían pernoctado muchísimos gobernantes desde tiempos remotos. Nunca se le pudo acercar nadie de los tantos que querían ver derramar su sangre, puesto que aquel arrogante, petulante y cobarde autor de la masacre,(luego de lanzar por delante como carne de cañón a soldados engañados. Después de ser testigo presencial ytener noticias de tantas muertes)se rindió, dejando perplejos a los otros cabecillas que nunca pensaron que se iba a entregar así tan fácil. Eso fueinexcusablemente lo que él siempre quiso, y lo que había planificado pacientemente en sus largas cavilaciones. Y fue eso precisamente lo que lo enviaría al estrellato años después, cuando habrá de llegar a ocupar la primera magistratura nacional durante años. Llegó de esa manera poco honrosa a la palestra pública el innombrable, como luego le dirían muchos, tras teñir de sangre a su país.Conseguirán tiempo después todos aquellos déspotas, ladrones y asesinos; plagar una nación entera con sus ansias de poder. Lograrán definitivamente el poder, con las malditas herramientas que siempre proporcionan los actos de corrupción desmedida. Quisieron lograr todo eso, mediante uno de los actos más viles que alguien puede cometer, el asesinato. Algo inesperado para aquellos facinerosos fue que como ellos lo esperaban, el pueblo no acudió a secundarlos en sus viles procederes. Ello se debió tal vez porque precisamente los insurgentes no convencieron lo suficiente al pueblo para que participara en aquella asonada. De nada les valió tanta palabrería, ya que estaban frente a un pueblo amante de la democracia. Era un pueblo dolido, no podría negarse; pero amante de la paz. Los insurgentes se habían enfrascado en enmascarar una realidad, en sembrar odio hacia un sistema político que, según ellos, era hambreador, era el causante de sus desgracias; pero no calaron lo suficiente como para que los ciudadanos pretendiera llegar tan lejos. El pueblo pensó acertadamente cuando sintió el repentino ataque militar.Aquel país tuvo miedo,no sólo al atentado contra el presidente que ellosen su mayoría, habían elegido para que dirigiera sus destinos; sino que tuvo miedo a que se atentara en contra de una libertad que, a pesar de todo; había sido erigida como una opción frente al despotismo militar que aún muchos recordaban. Evidentemente queal igual que lo hizo el pueblo, los grupos poderosos de millonarios empresarios, la mayoría de los intelectuales yla iglesia católica no estuvieronorientados a secundar el golpe de Estado. Los militares leales, que eran muchos, siguieron su ejemplo. La sumisióndel innombrable, sin embargo, se transformó sin duda alguna en un triunfo político, ya que mediante la misma, él logródirigirse a la Nación y hasta al mundo entero haciéndose sentir como un mártir que se había sacrificado por su sufrida patria. Tan pronto dio su mensaje lastimero, muchos cambiaron sus pareceres. De esemodo, un ignoto se convirtió en una estampa de gran influencia nacional, en el salvador que, con su fidedigna frase contenida en aquellasdos palabras que siguieron a su humillación y derrota; se transformó en un anhelo de futuro. Quedarían para la historia aquellos sucesos dantescos. Asesinaron a mansalva a cientos de ciudadanos.Con esas actuaciones violentas y cobardes,aquellos malévolos personajes llegaron a producir el peor daño que se le puede hacer a una población. Irónicamente con el transcurrir de los años, se convertirán en los embajadores de la paz. Llegará por desgracia, el tiempo en quetildarían a sus adversarios(amantes de la verdadera democracia),de perversos violentos y asesinos despiadados. Se tratará de seres despiadados que condenarán a quienes verdaderamente amarán al país, catalogándolos de violentos. ¿Será tal vez que ellos llegaron a la palestra pública lanzando confetis y pintando caritas como en las fiestas infantiles?Parecerá una horripilante pesadilla, pero de manera muy insólita y con toneladas y toneladas de olvidos en sus conciencias, con el devenir de los añostodos los autores de aquel frustrado golpe de Estado; se ufanaránde expresar a los cuatro vientos, que la paz será lo más importante. Esas bestias inmundas dirán como autómatas, queno deberá existir nada que no fuese la paz. Ellos llegarán a ser embajadores de la armonía. Constantemente expresarán quecon la violencia nada se habrá de obtener.Se ufanarán expresando que la única manera de dirimir las diferencias entre los distintos factores políticos, será exclusivamente con el diálogo, con los votos. Diariamente enunciarán la palabra “Dialogo” mil veces. El heredero de un trono, en un futuro aciago, no se cansará de llamar violentos a sus opositores. Vaya que ironías de la vida. Hablar de paz precisamente quienes se encargaron de sembrarodio durante tantos años. Se referirán constantemente a la paz, quienes habrán de incitar durante años al pueblo, a sentir una animadversión enfermiza contra el capitalismo, agregándole a ese sistema la degradante coleta de “salvaje”. Serán ellos quienes sembrarán en todo un conglomerado, la idea de que se deberá sepultar de manera tajante a esa maligna forma de opresión, que será como catalogarán a quienes lleguen a poseer abundancia de bienes producto del constante trabajo. Ellos harán sentir a la población que existirá un perverso mecanismo que procurará quealgunas personas privilegiadas lleguen a poseer bienes y más bienes, en detrimento de los pobres que no tendrán absolutamente nada. Ellos le harán creer a la población, que el libre comercio, se tratará de un adefesio nacido del  mismísimo infierno. El día de la asonada militar, la misma que quiso resquebrajar la democracia por la vía violenta de un golpe de Estado, Jesús regresaba de su trabajo caminando; ya que inexplicablemente había dificultades con el transporte público y lastimosamente él no tenía vehículo. Difícilmente con los sueldos de la administración pública, los ciudadanos de a pie, podían darse ese lujo. La mañana estaba fresca y en el hospital donde prestaba sus servicios, durante toda la noche no hubo más que trabajo rutinario. Rutina y más rutina, la misma que llevaba más de diez años realizando en los diversos centros asistenciales donde había prestado sus servicios. Como no tuvo otra alternativa, decidió caminar. De pronto se vio atrapado en aquel barullo en el que se convirtió la ciudad capital. El resto del país también estaba tomado. Las principales ciudades, es decir, las más pobladas;también estaban ocupadas por los rebeldes. Las gobernaciones resultaban fuera de la voluntad de sus titulares. Sólo faltaba el objetivo principal en la capital. Matar al diablo, y después de ello, morirían los diablitos, decían los sediciosos. Había militares por todos los rincones. Se hacían presentes y sin chistar, los disparos de las armas de esos seres a quienes al parecer no les importaba otra cosa que no fuese, derrocar a un hombre que había sido electo con los votos de la mayoría de un pueblo luchador. Los malévolos ataques eran dirigidos a mansalva, acabando con las vidas de quienes no tenían nada que ver con sus ideales. Sólo permanecía una idea fija en aquellas mentes desquiciadas; matar al ciudadano Presidente de la República.El sistema democrático del país daría un vuelcoincomparabledesde eseinstante, ya que los actoresde la asonadamilitar se transformarían en las nuevasfiguras políticas, toda vez que los partidos políticoshabituales,se darían cuenta de que con aquellos sucesos llegaba el fin de 40 años de sus  presencias protagónicas en el gobierno. Jesús iba pasando justo al lado de Eugenio, cuando una bala asesina venida de quienes tenían el sagrado deber de defender a la nación, le quitó la vida al segundo de los nombrados. La vida y con ella, sus sueños.           En esa nación habían sucedido cosas desastrosas venidas de manos de muchos gobernantes, obsesivos y hasta compulsivos. Pero lo que sucedería con el devenir de los años, luego de aquel cobarde rendimiento de quien se las dio de héroe, de mesías, de salvador y sabrá Dios de que otra cosa; será algo insólito, algo nunca visto en la historia de esa gran patria. Jesús se sintió en medio de una matanzapor vez primera en su vida. Podría decirse que hasta ese momento había llevado una existencia apacible, una vida normal como cualquier hombre a su edad. En la misma, le habían sucedido muchas cosas, algunas de las cuales no muy gratas. Afortunadamente habían sido más las placenteras. Del mismo modo en su trabajo,rutinariamente resultaba testigo presencial de cualquier tipo de tragedias en muchos seres. Era enfermero y evidentemente en el ejercicio de su arte, tenía que estar constantemente cara a cara con sucesos desastrosos y hasta con la muerte. Pero aquella mañana, todo fue distinto. Se daba inicio a la peor de las argucias que haya existido en toda la historia. Aquellos trágicos sucesos desatarían una multitud de acaecimientos que incitarían a todo un pueblo y a la larga,lo esperanzarían al ver en esascorrientes sediciosas; la llegadade una vida más justa e igualitaria para los más desposeídos.Aquellos golpistas se encargarán con sus filosofías baratas, de que el pueblo creyera semejantes mentiras. Aunque iba en dirección contraria, justamente cuando transitaba al lado de un hombre desconocido, sintió un sonido extraño; algo como un sonoro destello  a su lado. Un horroroso silbido incandescente. No dio tiempo de nada. Sus piernas no le obedecieron en lo absoluto. No logró asirse a un instinto, ya que nada de lo que sucedía era entendido. Aún no sabía por qué había tanto bullicio, ya quela gente caminaba aprisa, cuando no iban corriendo. Había un excesivo despliegue militar. Ya se rumoraba la intención que tenían los insurrectos. El palacio presidencial quedaba muy lejos de ese sitio, aun así, había soldados por doquier. Eso le contrarió demasiado tan pronto

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