salió del hospital y se dirigía rumbo a su casa. Ardía de ganas de ver a su hijo. Su bebé de dos años a quien adoraba con toda su vida. En un primer momento pensó que se trataba de alguna maniobra planificada o algún día festivo en los cuales se llevan a cabo ejercicios militares; pero esos disparos no eran de mentira. Realmente se había negado a creer los rumores que llegaban de todas partes. En algún momento llegó a pensar que se trataba de sólo eso; de simples rumores. Se dio cuenta finalmente de que era una cruenta realidad, cuando repentinamente se comenzaron a escuchar disparos en todas partes. Precisamente a la hora en que los facinerosos aquellos pretendían tomar el poder a la fuerza. Los jóvenes soldados fueron engañados a salir según, y que para unos ejercicios rutinarios u otras falsedades venidas de los infiernos.
Ellos se habían extrañado que nunca se les hubiera dicho nada al respecto. Se extrañaron incluso, de la forma misteriosa en que repentinamente les dieron esa orden, y esa salida tan tempranera. Tras ellos, un buen número de militares de diversos rangos, se escudaron cobardemente. Ninguno de aquellos oficiales pávidos, pereció ante las balas asesinas. Esos muchachos entregaron sus vidas sin saber el motivo. Los perversos golpistas incendiaron todo a su paso. A la vil fuerza, tomaron las instalaciones de una televisora del Estado para hacer llegar el mensaje mezquino. Con tan soez finalidad, mataron a los celadores que estaban de guardia a esa hora, sin importarles un bledo que esos pobres trabajadores dejaban esposas e hijos en las más completas soledades y penurias. Veintisiete años después, un tipejo que fue el segundo al mando en el alzamiento armado, ataviado de sus canas sienes y de su tremenda caradura,(en una oportunidad, arrecho hasta los tuétanos como candidato presidencial opositor, se había opuesto acaloradamente al régimen que estaba en manos de su otrora amigo de armas insurrectas),declarará al bajarse de un avión, unido nuevamente al movimiento como flamante embajador arrepentido; que en ese país nada se tendrá que lograr a la fuerza.
Condenará el muy desgraciado, a aquellos “personeros opositores” por sembrar la violencia, cuando su grupo, es decir, los que ejercerán el poder, serán puro amor y paz, paz, paz….., así mismo, definitivamente no sabrán decir otra cosa que no fuese ese monosílabo: paz. No podrán mirar una cámara frente a ellos para expresar a viva voz que imperará la paz, la paz. Ellos se encargarán de que sea así. Expresará aquel pusilánime tipejo, que ninguna situación del país deberá ser objeto de la violencia. Muerte a los violentos, casi que dirá con una biblia encasquetada en el sobaco. Al mismo tiempo, toda vez que exaltará la paz, en su mente un baile de divisas se presentará cuando llegue a pensar en los guisos con los que esa cuerda de ladrones, restarán el dinero de las arcas públicas, el mismo que supuestamente el imperio se robará. Paz con hambre como que nunca se habrá de mezclar. Jesús tan pronto sintió aquel horrendo chifle llameante pasar justo frente a sus narices, observó incrédulo cómo aquella persona que caminaba justo a su lado, se desplomaba sobre el aún tibio pavimento. La mañana había llegado nublada. A esa hora el sol no calentaba muy inclemente. De inmediato, un hilillo de sangre emergió de aquel hombre que comenzó a contorsionarse horriblemente. Zarandeaba las piernas de un modo tormentoso. Así lo hizo durante seis o siete largos segundos. El hilillo de sangre pronto dejó de serlo para transformarse era un enorme charco que se depositaba bajo aquel cuerpo. Un orificio en plena frente acusaba lo sucedido.
Jesús no salía de su asombro cuando miró que a su alrededor otras personas más resultaban víctimas de certeros disparos en la cabeza. Eran muchos los que caían, mayormente gente común y corriente que a esa hora del día, caminaban dirigiéndose, la mayoría, a sus trabajos, a sus casas de estudios, o a cualquier otro sitio. Era algo inverosímil, Jesús nunca había sido testigo presencial de algo tan atroz. No sabía realmente lo que estaba pasando. En un asomo repentino de un instinto de conservación, corrió hasta un sitio cercano que consideró algo seguro. Pensó resguardarse en ese espacio. En su veloz carrera, esperaba con una agonizante sensación, que una bala certera hiciera blanco en su humanidad. Gracias a Dios y a sus tantos ruegos, nada le sucedió. Ya en su refugio, comprobó que no estaba solo. Lastimosamente, todos miraban cómo continuaban cayendo personas muertas a lo largo de la avenida. Los disparos provenían de las azoteas de varios edificios adyacentes. Eran probablemente francotiradores quienes llevaban a cabo esa vil tarea, ordenada inequívocamente, por aquel perverso grupo de asesinos que luego criticarán a medio mundo de golpistas violentos. Evidentemente que dirían que era el gobierno quien estaba matando al pueblo.
La génesis de esa sublevación se había producido unos años antes. Resultó algo así como la gota que rebasó el perol. Fueron una serie de sucesos aciagos que sumergieron a toda la nación en el fondo de un lago lodoso. Los gobernantes probaron, durante décadas, una especie de fórmula de ajuste económico neoliberal sugeridos por organismos internacionales. No obstante, la obstinada firmeza de los ciudadanos a adecuarse al novedoso esquema, provocó progresivas perturbaciones sociopolíticas. La protesta vagabunda se hizo indestructible, lo que conllevó de manera rotunda a la profunda insurrección popular, es decir, una estampida social que englobó a casi todas las ciudades del país y donde se originaron desvalijamientos (saqueos) intensivos, quemas y una desconcierto generalizado. Ese disturbio fue controlado de forma premiosa y tardíamente por el gobierno de turno con un uso descomedido de las fuerzas oficiales que tuvo como consecuencia, cerca de quinientos muertos, (muchos dicen que fue otra la cifra de fallecidos, muy superior a la que oficialmente se anunciara) por acción del ejército.
Ciertamente, desde la noche del día anterior se notaron en ciertos puntos de la ciudad capital, al igual que en las capitales de varios Estados de aquella nación, grupos de militares caminando con apurados pasos. De cuando en cuando, sobrevolaban bajísimo, algunas aeronaves. Dejaban escapar sus estruendos en aquella apagada atmósfera nocturna que solamente era rasgada por los disparos diversos que se suscitaban en las barriadas marginales. Esa situación no dejó de causar extrañeza, pero como siempre, la gente se preocupaba por sus cosas y eso era ya bastante. No pasaba el asunto de producir eso, extrañeza, curiosidad, desdén y en algunos, envidia al ver a aquellos muchachos con sus armas de guerra terciadas al hombro, mientras caminaban como si fuesen perseguidos por el diablo, apuraditos. La gente era un poco chiflada, nunca dejaba de estar en la calle. Cuando unos dormían, otros pernoctaban fuera de sus casas haciendo lo que fuere, y luego todo se revertía. Lo cierto del caso, era que siempre había gente husmeando por allí mientras realizaban las más diversas tareas, lícitas e ilícitas. De madrugada, las pocas lícitas eran el vender lo que fuere a los transeúntes. Desde comidas chatarras diversas, flores, licores en cantidades excitantes así como cigarrillos y café, amén de los diversos diarios que se vendía como pan caliente. De las ilícitas no hay que hacer referencias, por el bendito pundonor que Dios le otorga a cada hijo suyo. Se encargará la imaginación de cada quien de ilustrarse al respecto.
A medida que transcurrían las horas, la muchedumbre observaba más presencia de militares en la calle. Iban y venían en todas direcciones. La extrañeza se acrecentaba a medida que transcurrían las horas y se extendía, así mismo, el número de castrenses que con las caras contrariadas enormemente, parecían confundidos. Ninguno de ellos hablaba con nadie. Extrañamente no se les observaba fumar o coquetear con alguna chica de las tantas que a esa hora pululaban por doquier, muchas de ellas muy alegres por cierto. Y cada vez eran más las aeronaves que sobrevolaban en la ciudad. La alarma se fue encendiendo poco a poco y llegó a un nivel sorprendente, cuando al aparecer el alba, se observaron a varias tanquetas recorriendo las principales arterias viales de la gran ciudad, ya colmada de su habitual caos en el tráfico automotor y de personas. Cuando eran las seis de la mañana, estaba la situación en su punto más álgido, más aún cuando desde los cielos, se pudieron observar a muchos paracaidistas descender de aquellas naves que sobrevolaban desde la noche anterior, la atmosfera capitalina. Se sentía un agrio presagio en el ambiente. Ya a las siete de aquella mañana que pasaría a la historia, las tanquetas y los muchísimos soldados, en su mayoría, muchachitos de no más de veinte años, asustados; se dirigían de manera rauda hacia donde estaba situado el palacio de gobierno.
La democracia, venida de las manos de valientes luchadores, había destronado a la dictadura hacía años. Habría que detenerse a recordar un instante a un grupo de valientes muchachos, estudiantes universitarios, llamados La Generación, por ejemplo. Muchachos que en un futuro llegarían a ocupar puestos de alta alcurnia en la política y en la administración de la Nación. Hasta presidentes del futuro conformaron aquel valeroso grupo. Fueron esas dictaduras, puños de hierro que golpearon inclementes. Quienes no habían sentido nunca el agreste sabor de un régimen militar llegado a gobernar una nación, siempre obtenido de manos de algún contubernio detestable, el mismo que hacía prosternar a la población ante sus canallas ambiciones individualistas; no sabía lo que era sufrir. Regímenes que se hacían notar impolutos; pero que realmente desguazaban la voluntad y la dignidad de los gobernados. Con sobrada razón, existe un decir popular que reza que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Entre ocho y diez de la mañana, se sintió un deprimente y bestial ataque. En un principio, el embate sanguinario se suscitó en los alrededores del palacio y en la casa presidencial, con la mira puesta en asesinar al Presidente de la República. En alguna de las dos partes habría de estar el hombre. Afortunadamente, ya éste, habiendo sido advertido a tiempo, y dada la bullaranga que se hizo durante toda la santa noche y parte de la mañana, amén de que un comentario se escapó de la jeta a alguien; estaba resguardado en un sitio seguro, tomando su desayuno mientras observaba atento por la televisión, los acontecimientos, antes de que sólo se miraran rayas y más rayas en los aparatos. “De la que me escapé”, pensó el gobernante.
Al poco rato se sintió el intento de un golpe militar que procuraba con balas y agresiones, cometer un magnicidio como único medio de dejar acéfalo al gobierno nacional. Al unísono, no se sabía por qué razón, se escuchaban disparos en diversos sitios de la ciudad. En otras ciudades del país también se sintieron las desgarradoras balas que destronaron muchísimas vidas, inocentes en su mayoría. Comenzaron a mancharse las calles de la sangre de muchos seres, ajenos a las míseras pretensiones de aquellos cobardes que echaron por delante a unos muchachos. Muchos de ellos perecieron sin saber siquiera que estaba sucediendo. Eran carne de cañón. Significaron los mismos, el escudo que se necesitaba, para refugiarse cobardemente tras ellos y avanzar con la finalidad de lograr el cometido.
Alguien tenía que ir al frente para que a ellos nadie los tocara. Nada parecía detenerlos. Los soldados quedaban tendidos por todos lados con sus cuerpos destrozados. Los fallecidos eran lamentablemente de ambos bandos, por llamarlos de una manera. Gente del pueblo, connacionales que no tenían nada que ver con los sueños de grandeza de aquellos desgraciados. Los que quedaban vivos eran rematados por francotiradores, tal vez para evitar delaciones inoportunas. Fueron largas esas horas en las que se sembró el terror. La gente muchas veces olvida con demasiada facilidad o nunca lee los libros de la historia de los países, sobre todo, de Latinoamérica. En ellos, las más acérrimas dictaduras han destrozado al pueblo. Han sido depuestos gobernantes de brillantes talantes y excelsas formaciones académicas, para dar paso a horrorosos tipejos sedientos de poder y riquezas, las mismas que son asidas de manos de la corrupción. Los dictadores de empedernidos actuares, fueron todos militares por cierto.
Ya entrada la noche, después de tanta muerte innecesaria, de tanta tensión y luego de todo un día de enorme derroche de estupidez, tratando de negociar no se sabía que cosa, aquel cobarde que se autodenominó el líder de la intentona, le hablaba al país, cagado hasta los tuétanos, diciendo algo así como:“Volveré”. Los demás se chorrearon y se entregaron sin chistar. Uno de ellos, olvidadizo como él sólo, años después hablará jocoso y envalentonado, insultando a quienes osaran a mirarlo de soslayo y sin agrado. Ese mismo, ese detestable ser, cuando lo trasladaban a resguardo detenido, llevaba los pantalones mojados. Era de suponer que el esfínter respectivo lo dejó escapar todo; pero solamente se pudo mirar por delante, ya que lamentablemente, la cámara del noticiero lo enfocó por allí nada más y no se le vio la parte trasera. Si se orinó de miedo, era lógico que su intestino también se haya vaciado y se halla cagado de ese pavor que es fácil ocultar cuando se está en el poder humillando a medio mundo.
Jesús en cuanto pudo, al igual que lo hicieron todos quienes se resguardaban en aquel sitio, (al que habían seleccionado como el más seguro de todos los que existían a pocos metros) procedió con una veloz carrera, a marcar la prudente distancia que lo alejaría de aquel infierno. Habían pasado más de cuatro horas allí atrincherados, haciéndose todos ellos las mismas conjeturas ya que, como la gran mayoría, ignoraban que era lo que pasaba. No fue sino hasta pasadas las diez de la mañana cuando comenzó a divulgarse lo que realmente estaba sucediendo. En las calles, de inmediato se observó a un grueso número de personas que gritaban improperios contra el Presidente de la República. Aún estaban latentes en la mente de muchos, unos sucesos por demás lamentables, que les eran achacados a unos malos pasos dados por el gobernante en cuestión, hacía pocos años.
Los sectores populares, en ese entonces, enfrentados con el acelerado acrecentamiento de costos y justificados por el desabastecimiento de varios productos de primera necesidad, salieron masivamente a las calles para saltear locales comerciales. Aquellos pasos equivocados lamentablemente conllevaron al despertar de un dragón, y ese ser mitológico provocó, con su aliento ardiente; un enorme número de fallecidos y un bojote de desaparecidos que evidentemente, nunca aparecieron, ni vivos ni muertos. Fueron aquellas desacertadas medidas las que justificaron aquel intento del golpe de Estado. Luego de aquella revuelta militar que no cumplió el objetivo, un grueso número de la población se abocó a las calles de la capital de la República, apoyando a los golpistas. Vítores y aplausos se escuchaban ya en todo el país. Era ese el efecto que aquel elemento quiso producir. Significó esa la causa por la que a última hora, el hombre dio un giro repentino y hasta delató a sus colaboradores. Las cartas estaban echadas. Ya se había comenzado a colar en los cerebros de muchos, esas malditas palabras de rendimiento. Ya iniciaba el movimiento, un parasitar de conciencias. De esa manera, poco a poco, se iba formalizando un tejido que pronto se convertiría en el más cómodo de los ropajes.
Desde ese preciso instante, aquellos elementos dieron inicio a una intensa jornada de adulación venida de todo lo que llamaban “pueblo”. Se hacían sentir con gran esplendor en cada mente, en cada corazón. Tendrían que enquistarse en la vida de los pobres, de los más necesitados; de la gente común, de esa que mientan de a pie. De la inmensa mayoría, los mismos que sufrían, que lloraban. Fue una gran campaña orquestada paso a paso con gran sapiencia y enorme paciencia. En cada poblado se decía que los insurrectos aquellos, que desde que se rindieron estaban encarcelados, eran ya parte del pueblo y sufrían con el pueblo. Por el pueblo repetían hasta el cansancio, que habían hecho aquel tamaño sacrificio. Pocos meses después, el presidente constitucional era el ser más odiado del país y hasta más allá de las fronteras y, contrariamente, el líder de la alzada militar, resultaba ser el más adorado. Ya se hacía sentir en las mentes de los ciudadanos, unas palabras detalladas por los emisarios del futuro. Se daría inicio a una perversa campaña de desprestigio a la reluciente democracia existente. Eran esas actuaciones los constantes decires de la esperanza en un mañana mejor para cada habitante de aquella sufrida República.
Años atrás, un grupúsculo de militares de mediano rango, habían logrado de manera coincidente, un alto en sus actividades castrenses, una licencia; una especie de vacaciones cortas. En sus mentes se posaba el anatema hacia todo lo que sucedía en el país. Estaban en completo desacuerdo con la manera de cómo el gobierno de aquel terruño estaba vendiendo, entregando, prácticamente regalando sus riquezas al imperialismo. El grupo en cuestión, constaba de alrededor de sesenta y cinco personas al principio, diseminadas en todo el territorio nacional. En la capital del país se reunieron los cinco jinetes del apocalipsis, como con el tiempo se les comenzó a decir a los cabecillas de aquel grupo que pudiese decirse que se trataba de una organización, una estructura ideológica que le hacía muecas grotescas a lo que llegaría a ser un partido político. Eran muchos los epítetos sacrosantos con los que se les denominaba a los militares que comandaban aquel grupo. A los mismos se les comenzó a llamar “comandantes”. Fue en la capital donde se orquestó todo, el inicio de un total debacle, la ruina de un país.
Luego de iniciadas aquellas reuniones futuristas, presuntuosas y mezquinas, los desgraciados, de manera moralista; expresaban sus opiniones, sus ideales acerca de la manera inescrupulosa de cómo se estaba ejerciendo el poder. Lo primero que se anidó en aquellas mentes sufridas por lo que estaba padeciendo grandemente el pueblo, fue una extrema animadversión contra todo lo que tenía que ver con los Estados Unidos de América, aquel imperio maldito, según ellos, que se quería apoderar de todas las economías de los países del tercer mundo. Tercer mundo… realmente como en una ocasión relató una eximia escritora chilena, ¿Cuál es el segundo mundo? Ese malicioso imperio que pensaba que los países en cuestión, eran sus solares. Expresaban constantemente que los norteamericanos pensaban que el resto de los habitantes de América, eran hijos del diablo, y un largo número de improperios que les calificaba ante los ojos del mundo, de lo peor.
Y en segundo lugar, trataban de hacerle entender a la gente de a pie, que existía un pecado más que capital y ese no era otro que el ser rico. No había nada más pecaminoso según aquellos santos, que tener dinero. Casi que se les había incorporado a todos ellos, el espíritu de un famoso líder de la India, que apenas con un trapo sobre su humanidad para cubrir sus vergüenzas y con unas ideas de no violencia y de pobreza, logró la independencia de una gran nación enfrentándose a un imperio poderoso. Los tipejos aquellos hablaban tan mal de los Estados Unidos tratando de convencer que esa poderosa nación era injerencista desmedida, que finalmente lo lograron. Un grueso número de la ciudadanía odiaba la palabra Yanqui. Cantaban con el máximo líder coreando: “Yanqui go home”.
Los cinco jinetes del apocalipsis se rasgaban las vestiduras sentados bajo las sombras de un frondoso árbol. Allí parecían mártires. Casi que lloraban por lo que estaba sufriendo la gente, sobre todo, los más vulnerables, los más necesitados. Sufrían ellos grandemente al observar como los políticos entregaban las riquezas al país norteño. Les daba rabia el simple hecho de sentir como Norteamérica acababa con un país en específico. Y luego de sus constantes reuniones sufridas, se trasladaban por toda la ciudad y rabiaban intensamente cuando por ejemplo, en una panadería, el propietario obtenía de su negocio, más dinero que sus empleados. Había que hacer algo, eso era una obscenidad, una aberración que no tenía perdón ni del diablo. Las ganancias que se obtuviesen tenían que ser repartidas equitativamente. No era justo que el propietario de algún negocio se quedara con más ganancias y quienes trabajaban para él, sufrieran la pobreza extrema a la que los exponía por ser tan miserable.
Eran patronos abusadores, pecadores, nefastos. Eran comerciantes impenitentes que solamente querían cumplir sus sueños mezquinos de ser ricos. Pensaban que por la simple nimiedad de poseer un negocio al que le habían invertido todos los ahorros de su vida, obtenidos con extremado sacrificio; tenían derecho de obtener más ganancias que los trabajadores. Eso no tenía nombre. Era urgente que las riendas de ese país fuesen llevadas por quienes realmente quisieran trabajar a favor del pueblo. Para remediar ese adefesio estaban ellos. De llegar al poder todo sería repartido equitativamente al pueblo. Todos los ingresos, el chorro de dólares irían a parar al pueblo. Ellos serían parte del pueblo, vivirían con lo necesario para subsistir como lo hace el pueblo. Y como dijo en una ocasión un líder político: “que se me quemen las manos si despilfarro el dinero del pueblo”, juraban que no tocarían nada de lo que era sagrado para el pueblo. El pueblo, el pueblo, todo para el pueblo. Daba sus primeros pasos con aquellas expresiones, el populismo maldito que tanto daño hace. Nunca ha de pensar un gobernante en darle comida al pueblo, ofrecer dádivas como mecanismo de control. Eso se transforma en herramienta para la creación de esclavos, de fieles servidores, de incapaces. Lo que hay que ofrecerle a la sociedad en general, a los habitantes de cualquier República es dignidad, empleo, educación, salud y todo lo necesario para que crezca, para que sea libre.
Sus reuniones eran llevadas a cabo en sitios aislados. Ante nada querían meditar, relajarse sentados sobre unas esteras mirando hacia el firmamento. Faltaba que hicieran aquel característico sonido gutural propio de los meditadores consuetudinarios. No eran reuniones clandestinas, puesto que si alguien los llegase a ver, sentados bajo las sombras de un árbol, con sus caras jaladas, más tristes que un gallo sin plumas, babeando como mocosuelos malcriados; pensaría que se trataba de un grupo de facinerosos que querían cambiar al mundo al son de una botella de caña clara. Ellos estaban allí, sufriendo por los grandes males que aquejaban a su patria. Era algo que iba más allá que una manera de hacer política. Se trataba de un asunto de conciencia. El país tenía que ser otro. Insistían en lo que se convertiría en su grito de lema posteriormente. Dibujaban una patria donde las riquezas fuesen justamente repartidas. Todos tenían que ser iguales. Al diablo la diferencias sociales. Nada de ricos y pobres. ¿Clase media? Tamaña aberración. No era posible que persistieran gentes adineradas que comían cuanto quisieran, que vistieran elegantes ropas, finos calzados, lujosos accesorios, exquisitas joyas, etc., mientras un grueso número de seres humanos no tenían ni donde caerse muertos, como se dice. Soñaban esos pobres hombres con que el sol saliese para todos.
Anhelaban que de una vez por todas, cualquier ciudadano obtuviese lo que quisiera, costara lo que costara. Riquezas en el país había de sobra para ello. Lo único que hacía falta era tener voluntad para que todo se diera de acuerdo al sistema político de igualdad. Todos tenemos derecho a todo. Ni ricos ni pobres. Al diablo con el dinero, plaga maliciosa que destruye la mente humana. La gente debe ser desprendida, nada se logra con acumular riquezas si se pierde el alma, decía aquel larguirucho fantasmagórico que fungía de líder espiritual de aquellos pensantes, que soñaban con un mundo distinto para su pueblo. Había que acabar con lo que llamaban el país viejo. De manera urgida tenía que surgir el país nuevo. La patria de los sueños, donde definitivamente se enrumbaría dicho Estado, por el camino de la felicidad suprema. El primer enemigo era el imperialismo. Luego de ese discrepante detalle, el segundo refractario resultaba ser quien llevaba erróneamente las riendas del país. Ya bastaba con que el palacio presidencial, hediera constantemente a orines rancios de los vejestorios gobernantes que se albergaban allí desde los tiempos de antaño. Necesaria era carne nueva, un gobernante fresco, con ideas recientes, nacionalistas, socialistas.
No sería una tarea fácil de lograr. Mucho más con semejante aliado para el gobierno, enemigo del movimiento. Lo único que aspiraba el gigante del norte era, cumplir su obsesión imperialista de apoderarse de más territorios, de conquistar tierras ajenas para sí, de apoderarse de las riquezas de países, bien sean cercanos o lejanos. Pero esa gente no había leído, al parecer, de imperialismo; más allá que el llevado a cabo por los Estados Unidos de América. Al parecer se habían negado a mirar imperialismo en otros lugares del planeta. Era únicamente el imperialismo brutal, nacido en ese gigante de América. Ellos soñaban que los sucios tentáculos del imperialismo salvaje al que cada segundo hacían referencia, se retiraran de una vez y para siempre de su sagrado país. Bastaba ya de aquellos filmes hollywoodenses que contaminaban la mente de los espectadores. De escuchar esas sucias canciones de los cantantes gringos, de los modelos de ropas, de la tecnología, de sus automóviles, de sus dólares. ¡Basta de eso! gritaban a todo gañote. No queremos eso. Queremos ser humildes, queremos vivir lejos de la riqueza. Ellos no decían nada al respecto de los tantos imperialismos existentes a lo largo de la historia. Muchos ejemplos existieron en el transcurso de los siglos: el imperio de Asoka en la India, que se extendió desde Afganistán hasta Indonesia; el imperio romano sobre el Mediterráneo y Europa central; el imperio inca en el centro del continente americano; el imperio de Carlomagno en Europa; el de España tras la conquista; el de la Francia de Napoleón, etc. Se habían olvidado de leer, los pobres mártires; del imperialismo ruso inclusive.
De seguro que aquellos caballeros que querían recuperar la dignidad de sus connacionales que había sido mancillada por el imperio norteamericano, no sabían nada de nada del gran imperio ruso, de las eternas batallas que libraron en procura de apoderarse de otras naciones. Fueron muchos siglos de luchas por la conquista de territorios. Al parecer los jinetes del apocalipsis se enfocaban únicamente cuando hacían referencia al imperialismo, a los Estados Unidos de América. Seguramente, sin lugar a dudas, no se habían tomado la molestia de investigar, de adentrarse en el mágico mundo de la lectura deductiva e investigativa, en cuanto a lo inmenso del imperio ruso, quienes durante siglos no hicieron más que apoderarse de territorios y más territorios. Con el tiempo casi que se crearía un ministerio contra el imperialismo en la sufrida patria. Años después, llegará Rusia a aquella nación. Se comenzará a negociar con esa gran potencia mundial. Y no sólo con ella, sino también con otras naciones tales como China, Irán, Turquía y un gran etcétera. Esas grandes potencias tal vez sólo querrán de aquella nación, algunas golosinas.
Día a día aquella agrupación ganaba adeptos. Crecía vertiginosamente el número de seguidores de aquellos personeros que parecían predicar la palabra de Dios. No había un rincón de aquel país que no estuviese plagado de hombres y mujeres con sus caras largas, sufridas y con sendas ojeras que denunciaban una vida tortuosa, que se sintiera víctima de un “nefasto gobierno”. Esas personas a quienes les brotaba el sufrimiento por cada poro, se acercaban a otros y casi que al oído, susurraban que los males que les aquejaba era el