3

3471 Palabras
resultado de una traición, si, una enorme traición del gobernante de turno. Ese señor no hacía más que pactar con un banco internacional, siguiendo los lineamientos dictados por el “imperio”, para elevar la deuda externa que en poco tiempo sería impagable. Ese dinero se lo robaban ellos; los funcionarios del gobierno. De esa manera, no quedaba otra que entregarles las riquezas del país a los yanquis. Caray, mientras los gobernantes cada día se hacían más ricos, el pueblo pasaba hambre, sufría, no tenían como mandar a sus hijos al colegio. No tenían calidad de vida. Caramba, eso sí que era una gran adversidad. Había que hacer algo pronto, sino iban a acabar con los pobres, pero de hambre. Menos mal que ya había un grupo de ciudadanos honorables, unos soldados venidos prácticamente del cielo que algún día iban a enrumbar el país por un camino mejor. Eso era un guión aprendido al caletre.    Esos susurros casi imperceptibles, hacían eco en la población que en realidad no estaba muy bien económicamente. Mayoritariamente eran esos mini discursos, dirigidos a aquella zona de la población de estratos bajos, desempleados que siempre han existido y seguirán existiendo. Obreros con poca o nula preparación académica que devengaban salario mínimo, en fin, calaban hondamente esas palabras aprendidas de memoria con las que se pretendía, sembrar el odio hacia el gobernante de turno, hacia el “imperio” y hacia la vieja nación como comenzaron a decirle a todo el pasado que les olía a gobierno déspota, hambreador, vendido a los gringos entre otros improperios. No habría de pasar mucho tiempo para que la gente del “pueblo”, adorara a aquellos mecías, aquellos salvadores de los pobres que se enfrentarían dentro de poco contra el despotismo malvado que tanto daño le hacía a los más necesitados. Gente del pueblo que estaba al servicio del pueblo. Gente pobre que estaba presto a dar sus vidas por los pobres precisamente. Eso eran ellos, aquellos militares que en un futuro cercano, intentarían quitar de un sagrado puesto, a un presidente “incapaz y traidor”. Nacía de ese modo, el populismo, mismo que se perfeccionaría con la intentona golpista.           Desde que esas palabras retumbaron el todo el país, metidas casi que a la fuerza en los sentidos; un grueso número de la población comenzó realmente a sentirse desplazados en todo. Sentían que el gobierno los segregaba del desarrollo que todo ser humano necesita y merece. Como por arte de magia, ese grueso número de personas, notó aquella inmensa desigualdad que propiciaba un empobrecimiento en ellos y un enriquecimiento en quienes ejercían el gobierno. Nacía en la gente, un hondo resentimiento, similar sentimiento del que se valían aquellos mecías, aquellos salvadores del pueblo, para colarse como los únicos que, sintiendo aquella brecha entre ricos y pobres también; prometían dar hasta sus vidas de ser necesario para acomodar de manera perfecta al país. Cacareaban a grandes voces, una patria nueva, una patria grande donde todos serían felices.    Donde tanto pobres como ricos, comiesen en la misma mesa los exquisitos manjares que merecían sin distinción alguna. Si nacía la tan ansiada “patria nueva” que desterrara a la “patria vieja”, todo sería la gloria. Quedaba demostrado, por lo tanto, que los seres humanos se enfadan y aguantan degradaciones, malos tratos; pero luego, al presentarse alguien que los pueda reivindicar, corren tras él. Lamentablemente, esos líderes resultaron en su mayoría unos manipuladores. Olfatearon los padecimientos, se empotraron en el sentimiento de los desposeídos del gobierno que querían destronar. Lo lograrían y una vez que lo obtendrían, se olvidarían de sus seguidores. Amén que, por otro lado, al lograr sus mezquinos propósitos con el paso de unos pocos años, aquellos malvados habrán de conformar un grupo aristocrático, que no incluirán a sus seguidores. Tamaña desfachatez eso de ser populista.    Ya estaba el terreno preparado, pensaron aquellos militares resentidos. Era una pequeña élite de oficiales de mediano rango. Ningún General figuraba en la lista. Y entonces la orden fue dada, se fueron los cabecillas a los cuarteles y, bajo un detestable señuelo, conminaron a un gran número de soldados recién llegados en su mayoría a prestar el servicio militar; a secundarlos en sus mezquinos propósitos. Bajo engaños, los sacaron de los cuarteles inventando una sarta de excusas. Que si había orden cerrado a pesar de la hora. Que si se trataba de unos ejercicios repentinos. Que si el pato, que si la guacharaca. Así, aquellos rebeldes además que se envalentonaban, darían la impresión que eran muchísimos. Por otro lado, no había mejor escudo que uno humano. Evidentemente que los jóvenes militares irían abriéndoles el camino a aquellos mártires, sobre todo, al petulante flaquillo de voz soberbia y de exagerados gestos, que tan pronto lo creyó conveniente, vociferó urgentemente que le pusieran una cámara en frente para rendirse. “Ya esto no va pal baile. Yo no sigo, pero les juro que volveré. Van a tener una país nuevo y una vida llena de comodidades, esas que todos nos merecemos. Algún día mi querido pueblo, volveré” terminó diciendo con cara de borrego a medio morir. Con cara de chivo comiendo tamarindo, de burro almorzando tusas.    Aquel hombre mientras le daba ese mensaje a un pueblo, que ya odiaba más de la cuenta al presidente constitucional y lo amaban también más de la cuenta a él; se rasgaba las vestiduras. Casi que se destrozaba el pecho y se sacaba el corazón para entregarlo al pueblo. Y esa imagen quedó en la mente de muchos. Esa imagen, esa voz y esos gestos, lograron lo que desde hacía unos cuantos años se había ido orquestando pasito a pasito; hacer que lo siguieran. “Algún día, más temprano que tarde, seré presidente. Ya van a ver lo que va a pasar”, se le salía ese pensamiento y quienes tenían un poquito de inteligencia mezclada con raciocinio, pudieron ver y entender, esa ideología que al profeta del desastre le brotó del alma sin poder evitarlo. Entonces se lo llevaron detenido al igual que a varios de sus “colaboradores”. Jamás se imaginaron en aquella patria grande que ese repugnante ser que en un futuro cercano llegaría al poder, tendría como principal norte un detestable trato contra todo lo que identificaba, a su parecer, como anti elitismo: Contra los partidos políticos, contra la Iglesia, contra los medios de comunicación, contra los empresarios, contra los viejos sindicatos. Nunca imaginaron aquella frasecita endemoniada que repetiría de manera constante: “Cúpulas podridas”. Era ese el denominador que el innombrable emplearía por siempre, contra los actores del antiguo gobierno.    Desde el instante de su llegada a prisión, fue un héroe nacional. A diario, muchas personas pernoctaban horas enteras a las puertas de aquella cárcel con la esperanza de, por lo menos, verlo desde la distancia. Querían conocerlo, palparlo, saber cómo era aquel mecías llegado desde el cielo para salvar a los pobres de las garras del imperio. Los más afortunados, conversaban con él. Recibían sus sabios consejos, sus palabras grandilocuentes, las esperanzas para un mejor mañana. Se corría la voz, se elevaba un espíritu, se crecía un ego; todo ello cultivó lo que pronto sería una armadura que evitaría lo más mínimo en su contra. Lograría con aquella táctica amansadora, ganar una enorme cantidad de adeptos, lo que nunca había logrado ningún político en la historia de aquellas tierras.    Jesús cada vez que amanecía de guardia, se iba a la cama temprano. Dedicaba gran parte del día a su hijo. Era “padre soltero” y entonces tenía que ser papá y mamá a la vez. Por fortuna, su madre le ofrecía todo el apoyo necesario. De ese modo, las cosas transcurrían apacibles. Alberto, su pequeño hijo era un volcán de travesuras. Estaba constantemente copado de energías y nunca se cansaba. No paraba de correr en todas direcciones. Papi ¿quecho?, decía constantemente. De inmediato Jesús lo traducía de éste modo: Papi ¿qué es eso? Tenía entonces él que contestar durante todo el día todas las preguntas y explicarle detenidamente, que era esto, que era aquello, que era todo. De una pregunta sacaba miles.   La paciencia de Jesús parecía ser de acero. Ya al caer la noche, las energías del niño cedían levemente y se iba a la cama antes de las ocho y en seguida se quedaba dormido junto a su padre. Esa noche, Jesús no podía conciliar el sueño. Tenía en su mente aún, aquellas dantescas imágenes. Escuchaba en sus sentidos todavía, los sonidos de los disparos, los gritos de la gente. Incluso miraba a aquel hombre, cuando sin darse cuenta siquiera de lo que estaba sucediendo a su alrededor, caía pesadamente sobre el asfalto toda vez que una bala le había atravesado la cabeza.    Aunque estaba familiarizado con los distintos sucesos aciagos que atormentan a la gente,(a diario, en la emergencia de aquel hospital inmenso donde prestaba sus servicios profesionales, se presentaban todo tipo de desgracias humanas, desde enfermedades diversas, hasta heridos y muertos en accidentes o a manos del hampa) no daba crédito a lo que sus ojos y sus sentidos; habían palpado en la mañana de aquel día que recordaría por siempre. Y el motivo que llevó a esos hueros sacrificios no le convenció ni le convencería jamás. El resultado de aquella revuelta fue una estela de muerte, en su mayoría de jóvenes productivos. La gran totalidad, soldados que fueron llevados literalmente con los ojos vendados hacia un matadero inclemente. No era justo que se tomara sin permiso algo tan sagrado. Esas vidas que tenían planes, que tenían dolientes. Y los transeúntes, cuyo pecado capital fue el simple hecho de transitar por esos caminos de Dios para dirigirse al día a día como siempre lo hacían. Las balas llegaron desde todas las direcciones. Querían sembrar odio y lo lograron. Ya al día siguiente, medio país comentaba que los desgraciados personeros del gobierno habían matado a un gentío. Las víctimas de ese modo se convertían en victimarios. Se daba así, un paso más, a costa de la sangre de unos mártires que sin saberlo, contribuyeron con su pequeño sacrificio, con el movimiento.    A oídos de todos llegarían los rumores. Desde que sucedió la intentona golpista realmente no se hablaría de otra cosa, más que de ese héroe que se había casi que inmolado por los pobres, los mismos que sufrían el suplicio de las penas impuestas por un imperio a través del gobierno avieso del hombre que caminaba. En cualquier sitio sería ese el tema primordial en boca de todos. Constantemente dirían las palabras medio misteriosas que expresó el “salvador” antes de ser trasladado a prisión luego de aquella intentona golpista. “El hombre dijo que iba a volver” se corearía constantemente donde fuese. Jóvenes y viejos y hasta muchos niños repetirían lo mismo. Y nunca faltaría quien maldeciría al imperio por tener sus manos manchadas de la sangre de ese gentío que fue sacrificado ese nefasto día. Muchos maldecirán igualmente al gobierno, quien según ellos, era el responsable directo de aquella masacre. Repetirán como loros, que quien debería estar preso era el presidente y no aquel héroe, que lo único que quería era el bienestar de la clase desposeída. Estaba cautivo un angelito mientras el diablo andaba suelto.           Jesús amaba a su hijo. No desperdiciaba tiempo alguno para estar con él y disfrutar de su bendita compañía. A pesar de que la madre del niño se había marchado hacía ya varios meses y no se sabía nada de su paradero, (Jesús no tenía la menor intención de averiguarlo, ni le interesaba ya nada que tuviese que ver con ella) el niño parecía no extrañarla. Aún estaba muy pequeño y Jesús, ayudado enormemente por su madre, trataba de hacer de la vida del pequeño Alberto, una delicia. Era por esa razón que el niño parecía no echar de menos a quien lo había abandonado. Pudo Jesús, dedicarse también a ejercer su profesión en alguno de los tantos centros asistenciales privados que existían en la ciudad, ya su turno nocturno le propiciaba mucho tiempo libre para ello; pero él prefería más bien dedicarle suficiente tiempo a su hijo, más, por el hecho increíble de haberse apartado su madre cuando el bebé apenas iba a cumplir año y medio.           Esa noche se sintió muy turbado. Realmente le parecía increíble todo lo que había sucedido y que a esas alturas todavía estaba sucediendo. Y lo que le preocupaba en extremo, era la idolatría que de manera desmedida se estaba ya formando alrededor de aquel señor que había aparecido en pantalla prometiendo volver. Extrañamente quedaron opacados todos aquellos hombres que al igual que él, habían propiciado ese suceso. La diferencia fue que resultó ser el mecías, el salvador como ya se le llamaba, quien estaba en la capital; quien salió ante las cámaras de la televisión y dio aquella declaración que en cuestiones de minutos, le dio la vuelta al mundo y lo hizo acreedor de todos los méritos. Al diablo los demás. Reflexionaba Jesús acerca de lo sucedido y los motivos que se esgrimían en las noticias que apenas alcanzó a escuchar antes de irse a la cama, sobre las causas que conllevaron a aquellos militares levantiscos, a llevar a cabo semejante acción. Miraba a la nada mientras llevaba a cabo sus reflexiones. Llegaba a aquella alcoba, una tenue luz, debilucha, que se hacía sentir desde el farol que alumbraba a la ciudad y que se alzaba en todo lo alto del alumbrado público que estaba situado justamente frente a la casa. En la opacidad que procuraba aquella luminiscencia escuálida, podía observar gratamente el cuerpecito de su hijo entregado deliciosa e inocentemente al sueño, y sintió un hondo temor por el futuro que consideraba que se avecinaba y que según su presagio matemático de siempre; profetizaba lastimoso y pesimista, a pesar de que él siempre trataba de ver todo desde un punto de vista bastante positivo.       Tan pronto como Jesús sintió que su hijo se había quedado dormido y que ya sabía que el insomnio lo secuestraría a él esa noche nuevamente, pensó en lo que había sido su infancia y todo el resto de su vida hasta ese momento. Recordó las extensas lecturas sobre su nación. Definitivamente que todo le apenaba, le hacía sentir extensa tristeza. Su país era uno de los más bellos del mundo. Pero lo sucedido le tenía copado de sorpresas, negativas por cierto. Estaba seguro que el fallido golpe de Estado no se iba a quedar en eso. Sus presagios le gritaban a todo gañote que se daría inicio a la hecatombe de un país que hasta ese momento era un prodigio. Existió el país de las maravillas como el del cuento. Sin lugar a dudas que existió. Era éste colmado de riquezas naturales por doquier. Donde se pusiera un pie, allí había riquezas.           Brotaba la vida desde lo más profundo de las entrañas de la tierra. Hela allí, una tierra poderosa, orgullo de unos pobladores batalladores; hijos también de luchadores que se extenderán por toda la historia. Acostumbrado era ese pueblo a vivir sin limitantes, puesto que es bien sabido, que las limitaciones cada quien las asume y las vence de acuerdo al grado de superación que se tenga. Era un pueblo que amanecía, salvo las excepciones naturales, con un café a su entera disposición, con un desayuno reconfortante, y una familia feliz. En mayor o menor grado, ese país era feliz. Feliz de sentirse vivo, de sentir que lo que se tenía, brindaba alegría a todos. Un país que prometía oportunidades y quienes la aprovechaban subían a la cúspide del éxito y quienes no, buscaban ese éxito en alguna alternativa.        Pueblo noble y trabajador que día a día batallaba contra las adversidades y se crecía en las derrotas que pronto olvidaba, al tener una victoria que siempre llegaba tarde o temprano. Sí señor, era ese un pueblo que no fue imaginario. Fue muy real, excesivamente real. Tierra de valientes, de hombres y mujeres valiosos para sí mismos y para sus familias. Seres orgullosos, esperanzados en mañanas brillantes, prometedoras, colmadas de arraigados planes en los que se visualizaban a los hijos y nietos ocupando felices, esas tierras heredadas de grandes héroes. Pero existirá desgraciadamente una realidad cruel y tajante de donde surgirá la nostalgia, la tristeza y una rabia que habrá de parecer eterna. Y esa realidad nacerá desgraciadamente de aquella asonada militar que comenzará a roer desde un principio, la dignidad de toda una población. Será esa situación la que se encargará de exterminar un futuro que hombres valiosos habrían forjado con tanto trabajo y tanta lucha. Eso era lo que como un presagio maldito llegaba a la conciencia de Jesús. En ese futuro que en ese instante deseó que nunca se hiciera realidad, pensaba Jesús cuando súbitamente se quedó mirando hacia la nada sin pestañear siquiera.    Algo extraordinario e indescriptible que sintió aquella noche le invadió por completo, le secuestró el sueño y lo indujo a un estado de letargo pavoroso. Se quedó como petrificado, embargado por sus propias reflexiones. Solamente se denotaba su respirar pausado, casi que imperceptible; cualquiera pudiese pensar que estaba muerto. En su mente sucedía algo extraño. Jesús miraba pasar en esa estrafalaria imaginación que en ese instante se presentaba en una especie de pesadilla, un viaje al futuro, al pasado y un amargo retorno a un presente sofocante. Era como una película que se adelantaba, se retrocedía, se volvía a adelantar; iba y venía hasta que finalmente se regresaba al sitio original de su partida. Miró a su país enlodado en un futuro azaroso. Visualizó aterrado, a pesar de que era su imaginación extravagante quien le procuraba esa visión; a una población sumamente empobrecida, caminando como zombis, enjuta. A un país en ruinas, como venido de las garras de una conflagración extrema. En ese futuro, donde prevalecería el despotismo, la falta de todo apego a la constitucionalidad; la dignidad de un pueblo sería quebrantada de forma inhumana. Se aterraba aquel hombre. Él era secuestrado por un momento fenomenal en el que se estatificaba un sueño. Se trataba de una imaginación que se colaba entre un pasado y un futuro que dejaban anuncios de sus existencias, una vivida y otra por vivir, con la firme finalidad de que se tomaran acertadamente; las oportunas previsiones.    En aquel sueño de pocas horas, pero que dentro del raciocinio secuestrado de un hombre joven se transformaría en el resuello de más de 100 años de intensa perfidia, se arremolinaron todos aquellos momentos que tuvieron una enorme significancia en la vida de todo un país. Aquellos terroríficos actos llegados desde las asesinas manos de la dictadura del inicio de un siglo, iban y venían constantemente. También lo hacían los momentos que la precedieron. Querían de seguro, hacer más daño del ya hecho, puesto que la vida no les había dado más tiempo. Se presentaban en un ir y venir macabro. Era aquella testaruda presencia, la que intensificaba el terror en el momento en que un hombre era atrapado por el cruel tiempo que se había colado por una ranura. La insistente presencia de ese pasado y de los que estuvieron antes y después, se apretujaban con maniática insistencia. Procuraban tal vez, regresar sobre sus pasos dados para enaltecer con diabólico morbo, el daño propiciado. Posiblemente querían restregar en la cara del soñador, lo que puede sentir un pueblo oprimido por un incesante oprobio y pudiera idearse una bendita estrategia que evitara que llegaran momentos parecidos.    De igual manera se acercaban por ese mismo sitio insospechado, los instantes perversos que desde el futuro esgrimirían los tormentos. Se aparecían del mismo modo, de manera permanente. Llegaban demostrando lo terrible del tiempo por venir. Se marchaban emitiendo sonoras carcajadas llenas de maldad y al poco rato retornaban con más malevolencia, con más ensañamiento. Se empecinaban posiblemente en procurar una advertencia en la vida de un hombre probo, tal vez con la indudable intención de que, como un enviado de Dios, diera los primeros pasos para iniciar una cruzada que enfrentaría al despotismo y salvaría a un país de las voraces y pervertidas manos de los oprobiosos gobernantes, que de manera desmedida, acabarán con todo si nadie haría nada por evitarlo.   El tiempo se había decidido a impedir el naufragio de ese país hermoso. Lo hacía, dando señales divinas frente a una realidad funesta que había hecho mucho daño y a unas perversiones que se estarían cuajando en la podrida  y perversa mente del autor principal de aquella masacre que se inició un día de un enamoradizo mes de 1.992. Quería la vida, evitar la materialización de la ruina de la patria grande. Jesús recibía en lo que resultaba un sueño ignominioso, una advertencia del cielo para intentar evitar tal vez lo inevitable.  
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR