Jesús quedó definitivamente atrapado en aquel estado que podría catalogarse como meditabundo.Estaba entre dormido y despierto, aunque podría asegurarse que resultaba más dormido que lo otro. Era como que si soñara despierto una especie de recorrido en el pasado, ese glorioso pasado en el quesus ancestroshabíantransitado.Viajaba en ese estado,a una retrospectivarealidad en la cual se determinaba lo vivido desde hacía más de un siglo en aquella patria que finalmente sería destruida de la manera más vil, más irresponsable; por la insuperable acción corrupta y criminal de unos dominadores asesinos. Lo soñado, lo acaecido que se asemejaba a un delirio llegado por una ranura misteriosa del tiempo, fueron todos los momentos vividos por sus ancestros. Llegaba a aquel cerebro dormitado y que, en un estado indescriptible “soñaba” con momentos por él no vividos; el instante en que sus abuelos se conocieron a principios del siglo XX.
Las situaciones vividas resultaban narrabas por una voz recia, como para ofrecer realismo a aquellos sucesos.Dimas Antonio se apeaba de aquel caballo hermoso. Se trataba de un rocín esbelto y de una línea perfecta. Era un animal colmado de una beldad extensa, animal de ricos dirían muchos. Y no era del todo falso, puesto que el hacendado era uno de los “dueños” de aquella comarca formada alrededor de un pueblito enclavado en medio de una gran cantidad de haciendas ganaderas, siendo él el propietario de una de las más ostentosas. Por ello, el corcel extraordinario del que desmontaba lucía un bello porte, digno de su jinete. Se trataba de una época gloriosa, rudimentaria y sumamente machista. Las palabras eran dichas sin que hicieran eco en desobediencias.Lostítulos de terratenientes habíannacido tras las inútiles confrontaciones entre dosgrandes bandos rivales de la época.
Latifundistas pertenecientes a dos bandos políticos extremadamente rivales que pensaban que Dios, si es que creían en él; estaba a sus órdenes también, eran los dueños de prácticamente todo ese territorio. Se reputaban los dueños de la creación. Ellos, luego de la tan anhelada abolición de la esclavitud, cambiaron el término esclavo por el de peón. Los primeros, más mal que bien, recibían sus alimentos, pobre en todo; pero comían. Además tenían una especie de cubil en donde reposaban sus cansados cuerpos. Eran las casuchas de los esclavos; como se le conocían. Los otros (los peones), recibían una mísera paga y nada más; que vieran como hacían para comer y pernoctar con sus familias. Pero lo que más resaltaba en aquel hombre tosco y dueño absoluto de lo que consideraba sus verdades, era que se trataba de los pocos ciudadanos que sabían leer y escribir. Sorprendentemente en la capital, se podía recibir de bachiller en filosofía, en arte y hasta en medicina.
Pero era solamente bocado de pocos. Se trataba de los sueños de los enchufados al gobierno de ese entonces. Pasaría lo mismo un siglo después cuando las oportunidades eran nada más para aquellos parásitos rastreros que le hacían el juego desmedido al tirano llegado de una falsa democracia. Algo excesivamente común en un Estado de inicios de un gran siglo, significaba que el 90 por ciento de la población, era analfabeta.Corría el año 1.921, aquel latifundista arrogante había nacido a finales del siglo XIX, específicamente en 1.896. Su padre había visto por vez primera la luz de la vida en el año 1.875. Épocaabominablesin lugar a dudas, donde se tenía a aquella nación como la propiedad privada de un gobernante. Algunos años después de su nacimiento, todo se agravaría de una manera inaudita cuando un traidor le haría una marranada a su compadre del alma y le robaría el poder que desde siempre había añorado.
Gobernaba la nación un déspota, un vulgarladrón.Un sátrapa que careció completamente del sentido de la decencia.Un tipejo que actuó sin ambages, rodeado de una pléyade de secuaces que de la manera más miserable,produjo un gran estropicio en la exquisita nación.El despiadado ser en diciembre de 1.908 se hizo del mando para no soltarlo hasta aflojar la vida, un día también de diciembre de 1.935. Ciertamente se ha pensado en que la fecha de la bendita muerte no fue tal. El tipejo quiso desde siempre, parecerse al padre de aquella hermosa patria sagrada y sus seguidores, guardando los detestables detalles, retardaron la descomposición y las noticias que de alguna manera se colaron en la opinión pública, para hacer ver que esa perversa existencia había dejarlo de serlo, precisamente el día en el que se conmemoraba la muerte del padre de esa bella nación. Era algo así como tratar de lavar mil culpas.
Nadie creyó el cuento malogrado aquel, pero todos decidieron hacerlo parte de la realidadde un pueblo. Les daba igual la fecha, lo importante para todos fue que por fin a ese ser perverso no lo verían nunca más, poro menos con vida. El tipejo fue gobernante durante la bicoca de 27 años. Poco después de su muerte, la Contraloría General de esa nación publicaría una investigación sobre las propiedades del opresor, donde se llevó a cabo un balance de su espantosacodicia personal que lo colocaba fuera de todocotejocomparable con nadie en su momento.El dictador llegó a tener 633 casas aproximadamente, 584 haciendas de varias especializaciones agrarias, 49 hatos, 29 potreros, 76 lotes de terrenos habitualmente urbanos, 84fincassin denominación alguna, 7 vapores y 3 islas; y como una rara mezcolanza, varias minas, las aquiescencias petroleras y exageradas acciones variadas. Unacervo, calculado en una enorme fortuna.Contaban que había propiedades con exagerados rebaños a los que las botas del dictador nunca pisaron. Lo único que valía la pena era poseer y más poseer. Lo demás dejaba de tener importancia.
Al dictador lo único que le hacía feliz era el sentirse poderoso. El saber que tras de sí giraba una serie de jalabolas desquiciados capaces de matar hasta a sus madres. Sentía placer el tirano, al alimentar a un morbo haciendo sufrir a mucha gente. Se sentía dichoso al sentir que era idolatrado cual ser supremo.Se sentía en la cima de la felicidad cuando muchas madres desnaturalizadas les llevaban sus hijas para que se revolcaran con él. Resultaba una especie de trofeo, el ser la amante del dictador. Había deseado el poder y si moría antes de efectuar su fantasía,la de ostentar a la patriaíntegramente;quedaría para ello su gran familia.Sucentenar de hijos, nietos y biznietos; ademásde la enorme cantidad de hermanos, tíos y sobrinos que se encargarían de apoderarse de todo. Dispuso para ello, un jugoso testamento.Imaginóy soñó siempre el tirano, que engrandeciendosus posesiones llegaría el país algún día a serla exclusiva posesión de la familia, el apeaderopersonal de los cachorrillos del gran devastador.
Es decir, se trató de un gobernante sumamente acaudalado, con toda su familia igualmente pudiente. Cosa que contrastaba con una población excesivamente pobre.Ese ser llevó a una nación completa a una situación tan lastimosa que verdaderamente no se puede actualmente, a casi 85 años de su fallecimiento; dejar de sentir honda pena por ello.Aquel hermoso país en 1.910, no ostentaba los 3 millones de habitantes. De éstos 90% se trataba de una poblacióncampestre, la casi totalidad analfabeta. Despojados de salud, los aniquilaba lamalaria, la tisis, la anquilostomiasis, los padecimientosvenéreos y el hambre. El cociente de existencia era de 40 años. La economíaresultaba totalmenteagraria, latifundista y retrasada.Se presentó una ciclópeadevastación que no consintióparangónalguno, hasta la llegada de aquellos asesinos a finales de esa centuria y que continuaron sus codiciosas y repugnantes ambiciones por muchos años durante el siglo XXI. El tirano que devastó al país en la época en que Don Dimas vivió sus mejores años, pudiese catalogarse como un ángel de Dios comparado con los desgraciados que harían que la millonaria nación se transformaría en el país de los buitres.
El terrateniente y poderoso Dimas siempre presumía de sus propiedades, ya que eran muchas las que ostentaba, la gran mayoría llegadas a sus manos con mucho esfuerzo. Pudo haber sido petulante quizá, pero de que logró todo con el sudor de su frente nadie lo había dudado. Se trató de la época en que cada quien se apoderaba de cualquier cantidad de hectáreas de tierras ya que el lema no era otro que: “La tierra es de quien la trabaja” y bajo aquel carácter, él se apoderó de lo más que pudo y no puede decirse que las mantuvo ociosas; todo lo contrario, se dedicó los primeros años a trabajar como un animal, sin descanso y casi que hasta sin comer. De sol a sol labró sus tierras y fue por ello que tuvo lo que tuvo, el premio sagrado a la dedicación y al esfuerzo. No puede negarse que a su manera, explotó muchas manos trabajadoras; pero nadie es perfecto dicen por allí. El amor al trabajo y a la familia se lo inculcaron como era natural en esa época y aún lo es, sus padres. Carlos Antonio y Concepción María. A ella le mentaron desde siempre “Conchita”, mote que también llevaría una de sus hijas. El nombre Carlos se extendió de tal manera en las generaciones siguientes, que lo llevaban muchos de los integrantes de aquella extensa familia de apellido único, supuestamente traído desde la madre patria, aunque nunca se investigó algún abolengo o un árbol genealógico que demostrara el origen del apellido medio raro aquel.
Dimas fue el primero de los hijos de Carlos Antonio y Conchita. Luego vieron la luz de la vida:Cemida, Carlos Antonio Jr., Arsenia, Jesús (Chucho), Eleazar (Chan) yConcepción (Conchita) la natieca, como se le decía y aun en tiempos modernos se le sigue diciendo en algunas regiones del país,al último de una prole.La familia vivió apacible en un bello paraje rural donde crecieron todos muy unidos. Con el paso del tiempo cada uno de los hijos fue dejando el nido para formar sus propias familias. Dimas contrajo nupcias con una prestante dama, su nombre: Anicasia. Se conocieron durante un hecho sumamente peculiar; podría decirse que curioso, colmado de nigromancias por donde se le mirase.Todo aquello que precedió al casamiento de Dimas y Anicasia comenzó precisamente cuando el mismísimo Dimas era el prometido de Lucrecia, la hermana mayor de Anicasia. Noviazgo al que en un principio se opuso Don Gastón, el padre de ambas jóvenes. Sin causa aparente, Lucrecia enloqueció de una manera brutal. ¿Qué e habría pasado a la joven para que perdiera de esa manera la razón?
Aquella voz recia se incrustó aún mucho más en el pasado. Tal vez quiso rememorar la locura de la muchacha. Transcurría el año 1.898 cuando una joven pareja contrajo nupcias. En ese caso, como en tantos otros de la época, no existió más que un convenio sellado únicamente conpalabras de dos hombres (ambos padres, aunque ya los contrayentes ostentaran la mayoría de edad), que significaban un compromiso más serio que cualquier contrato legal de la época actual. Se acordó así un matrimonio entre un rico heredero con una adolescente proveniente de una familia muy pobre. Al momento de ese casamiento Gastón contaba con 21 años y Leocadia apenas tenía 14. La chica escasamente había salido del caserío donde vivía con su familia excesivamente numerosa (10 hermanos en total y eso que habían fallecido 3 al momento de nacer).Esas salidas fueron en las ocasiones que enfermó gravemente y la trasladaron a la medicatura del pueblo más cercano donde vivía Gastón,hijo del propietario de una de las haciendas más prósperas. Padre e hijo llevaban idéntico nombre.
Coincidieron en la segunda salida en búsqueda de la atención médica requerida con prontitud, tras el acoso del paludismo que estaba diezmando a la población; puesto que la muchacha estaba presentando unas calenturas terribles. Afortunadamente otra fue la causa de aquellas odiosas fiebres. Gastón al igual que la jovencita, estaba en ese lugar, muy enfermo; pero él no tenía la tan temida fiebre.Eraafectado el muchacho de una dolencia estomacal después de un endemoniado emparche, consecuencia de una hartada de guayabas demasiado maduras quelo conllevó a mantener durante tres días, una tremenda cagantina que lo dejó macilento y cadavérico; parecía un espanto de lo pálido y débil, secuela de aquella enorme descompostura. Por esa razón el chico estaba allí, esperando a que lo revivieran casi que milagrosamente. A fuerza de pócimas diversas lo intentaban rehidratar.
Toda vez que hubo recuperado su ahínco, a Gastón, aquel enamoradizo empedernido y congénito; manía ésta heredada desu padre, su abuelo, su bisabuelo y los demás; le gustó de inmediato la muchachita que estaba tumbada delirando de la fiebre en una de las rudimentarias camas del dispensario. Justo al lado de donde él también permanecía postrado, atento y con el culo bien apretado, presto a salir corriendo al excusado al menor aviso de la naturaleza, a continuar botando aquella enorme podredumbre que mantenía en su barriga y que apestaba en demasía. A él mismo le ocasionaba una excesiva repugnancia el propio hedor de sus excrementos, que ya a esas alturas, era más agua que contenido fecal. La deshidratación y el ardor anal lo tenían medio loco de desespero, aun así, no dejaba de mirar a la muchachita que ni pendiente de aquellasincesantes miradas, tiritaba de la fiebre envuelta como un tabaco para que la sudara, como se acostumbraba en esa época.
Como el machismo imperante en aquellos tiempos significaba lo más común, eran las madres de los pacientes quienes se mantenían de pie al lado de los mismos. Cuando ya el cansancio desmedraba las resistencias, no quedaba de otra que tirarse en el duro suelo de bien pisoneada tierra,a descansar un poco mientras podían hacerlo. Los tantos enfermos eran atendidos por unas jóvenes que habían aprendido a poner las pocas inyecciones que se administraban en esa época y ya con eso, las lanzaban al ruedo en vista de la falta de galenos. Unas monjas ayudaban a bañar y darles los escasos alimentos a los más graves, que de paso eran abandonados en la mayoría de los casos, a su suerte; tal vez a sabiendas de que la pelona no demoraría en llegar. La malaria ya tenía acostumbrada a esa gente a ver morir a un montón de cristianos que a pesar de tantos menjurjes que hartaban y que creían milagrosos, no se escapaban de las temibles garras de la maldita enfermedad que estaba dejando casi desierto a un país entero.
Era el año 1.907 y aquella nación estaba en manos de un hombre venido de las filas del ejército y que estaba enormemente enfermo. Por supuesto que sus males eran sagrados y casi que ningún médico criollo se atrevía a tratarlo. Sólo un viejo matasanos como él mismo se hacía mentar, lo atendía de vez en cuando. A pesar de ello, las manos ágiles del doctor Pereira resultaron, a pesar de sus enormes esfuerzos, infructuosas ante la arremetida violenta contra la vesícula biliar del gobernante. Esa fue la causa por lo que al año siguiente decidiría viajar al viejo continente en búsqueda de una solución definitiva a sus dolencias, que ya lo llevaban por el camino de la amargura. Nunca se imaginó aquel imbécil general, que al dejar encargado a su más apegado jalabolas, sería destronado de un solo zarpazo y el deseo de regresar a su patria se transformaría en un hecho imposible. El tirano de turnomarchó a Europa en noviembre de 1.908 y de inmediato en la capital de la República se precipitó la expedición de unacorriente en su contra que se veníacalentando en medio de las porfías entre los colosalesdirigentes llegados de tierras de grandes latitudes y los recelos de losque anhelabanalcanzar el dominio que usufructuaba dicho déspota desde 1.899.
La reacción contra su amigo y compadre,comenzóa disponerse enmedio de un inmensodisimulo, y sólo esperó el instante más ventajoso para consumarla de manera tajante.El Judas Iscariote criollo, en su condición de segundo al mando en aquella nave maltrecha y sin rumbo en que estaba transformada la nación, dominaba elGobierno y desde ese altoestado político,consiguiómenearse a su real capricho, fingiendo un gran jalabolismo al presidente titular y jefe de la causa que dominaba al país. De esa manera, el máximo traidor de todos los tiempos, sacó del mando a su camarada y compadre del alma y se entronó para siempre en lo que consideró su propiedad privada,para cundir de desgracias a toda la patria.
Cuando ya Gastón había dejado de deponer tantas veces y su semblante había retornado a su total normalidad, logró con mil embelecos; permanecer un día más en el dispensario,boquiabierto estúpidamente por la muchachita aquella que despertó desde un primer momento, algo que nunca sabría describir con palabras, pues, estas serían insuficientes para expresarlo. Cuando a Leocadia por fin se le pasó la calentura,luego de una sudada de padre y señor nuestro, parecía haber resucitado de entre los muertos. Dejó evidentemente de delirar y de retorcerse de los escalofríos que antecedían a los episodios febriles. Fue entonces cuando pudo ubicarse en tiempo, espacio y persona, ya que hasta ese entonces había permanecido ajena a todo cuanto le rodeaba, y sintió a la sazón, los embates de las permanentes miradas del párvulo que estaba justo en elcamastro al lado suyo. Sentía la chica aquellas miradas extrañas, semejantes a las de un bobo hipnotizado, y lo único que pudo sentir fue una terrible turbación.
Nunca nadie la había mirado de una manera tan peculiar. Además de que no era que a ella la miraran mucho, encerrada como siempre se mantenía en su casa; muy hacendosa. Por esa razón, le desagradaba la forma como se quedaba boquiabierto, aquel mozalbete hijo de hacendado, toda vez que la miraba sin parpadear siquiera. Leocadia le rogó a Manuela, su madre, que la llevara de vuelta a casa ya que se sentía mejor y aprovechándose de la real necesidad que había en casa de la presencia de ambas para trabajar como nunca habían dejado de hacerlo; la emocionada mujer decidió contra todo pronóstico llevarse su muchacha a la que consideró de manera determinante, que ya estaba curada. Definitivamente no era paludismo la causa de sus calenturas. De haber sido dicha enfermedad la fuente de las altas temperaturas, estaba aquella madre abnegada, más que segura de que nunca habría llegado la mejoría a su hija mayor. En el hogar les esperaba un montón de trastes a los cuales había que fregar. Un cerro de ropa en la rudimentaria batea esperando ser lavado y la casa vuelta patas arriba por los críos meramente traviesos a quienes dejaron solos sin poder evitarlo. Pantaleón,el cabeza de aquella familia en extremo pobre, se pasaba el día llevando sol como si fuese un tejado, cultivando un conucopara poder alimentar a la enorme tropa que habían procreado.Eran 10 hijos en total y pudieron haber sido 13 de no haber fallecido 3 de sus críos en el vientre materno; precisamente los primeros en ser engendrados.
No se había terminado de marchar Leocadia de aquel centro asistencial rudimentario, cuando Gastón hizo lo propio. Pero contrario a lo sucedido con la muchacha que le rogó a la madre que la llevara a casa nuevamente, él no se tomó esa molestia. Simplemente salió del embrutecimiento en que cayó por la presencia de la fémina aquella que lo había enloquecido y sin más ni más, se largó. María Luisa se dio cuenta de la retirada del chico cuando al salir del sanitario, notó su ausencia y al preguntar, fue informada del hecho por una de las mujeres que atendían al montón de enfermos que esperaban la desocupación de un catre para por lo menos, morirse con un poco de dignidad y no tirados en el suelo polvoriento a las puertas del sanatorio. No dejó de causar una especie de alegría, si es que esa expresión tenía cabida en medio de tantos pesares; que ambos personajes abandonaran el sitio. Sin pérdida de tiempo los desocupados lechos fueron ofrecidos a los más agonizantes de los tantos que sucumbirían ante los férreos abrazos de aquella fiebre palúdica que atacaba cual demonio, a aquellos desasistidos seres. No se entendía nada de todo aquel infierno, pues las riquezas de la nación no llegaban a donde tenían que llegar.
Cuando el dictador macabro llegó al poder de la manera más inmunda, pasó los primeros tiempos del perpetuo dominio, embarrado de puro miedo. Eso, debido sencillamente a que el depuesto les exigió a sus esbirros que aún permanecían en el país, que se lo echaran al pico, es decir, en un mensaje enviado en clave,les expresaba a manera de orden que tenían que cumplir sin vacilar y que obviamente nunca cumplieron: “Ala culebra se le mata por la cabeza”. La población pensó que el nuevo gobernante iba a enrumbarlos por el buen camino, más, pronto se darían perfecta cuenta del craso error. Con total razón expresó un eximio intelectual y maravilloso novelista que en el futuro llegaría a ser hasta Presidente de la República, lo siguiente: “Ha surgido un cachorro de demonio, hijo dilecto de la vieja oscuridad (...), la tiranía no ha muerto, aún sin cadenaslos esclavos siguen siendo esclavos.Es la esclavitud por dentro, la tiranía en las profundidades de un ser aparentemente libre. Todos están condicionados para aceptar la existencia de la tiranía”.
Realmente aquel desalmado caudillo hizo desastres hasta más no poder. Sacó de la cárcel a un pariente suyo que estaba allí por asesino despiadado y en su lugar mandó a pudrirse en las mismas mazmorras, al honorable juez que había ordenado la prisión parael asesino. También obtuvieron el mismo destino que el juzgador, todos quienes le criticaban sus desmanes. De tal manera que a pesar de las tantas y tantas promesas de paz y progreso, nada de eso fue verdad. Con el lema “Unión, Paz y Trabajo”, el Honorable (aliasconcedido por sushalagadores) hizo votosofreciéndose para corregir los deslicesde su antecesor, fundamentalmente en lo referentea la gerencia del presupuesto nacionaly al sostenimiento de generosas relacionesdiplomáticas y financieras con las potenciasinternacionales delperíodo. También se exhibió comoun jerarcacondescendiente ante la detracción pública,aspecto que cambiará drásticamenteal finalizar su primer mandato.
Lo cierto de todo fue que tan pronto se sentó en el coroto, como siempre se le ha dicho al trono presidencial en aquella nación, comenzó una férrea dictadura que le hizo mucho daño a todos; pero a pesar de aquellos severos desmanes, nunca sería ese gobierno tan nefasto como el que se instauraría con la llegada de aquel desgraciado que convertiría un por ahora, en un para siempre y haría desaparecer de un solo plumazo, las esperanzas de un pueblo sometiéndolo a los más crueles sufrimientos; robando a manos llenas él y toda su familia.También saborearían esas mieles, sus seguidores más cercanos. Ellos se harían de muchos cargos de gran envergadura, sobre todo sus hijos que desvalijarían hasta más no poder al erario público y después de que el diablo se llevaría a su engendro, se largarían a darse la dulce vida en el “imperio”. También se harían multimillonarios de un día para otro, la cuerda de ignorantes secuaces (Ministros, vicepresidentes, gobernadores, alcaldes, protectores, etc.) que, cuales parásitos, se aprovecharían del chorro de petrodólares que entrarían a las arcas y que de inmediato desaparecían como por arte de magia, yendo a parar a las cuentas de esos sátrapas ladrones y el pueblo muriendo de hambre y de mengua. Lo más arrecho sería que antes de irse a reunir a jugar dominó con Hitler, Mussolini y satanás, aquel calembe de presidente le dejaría el coroto como herencia, a un adefesio que terminaría de manera definitiva como si fuese un descomunal terremoto, con su propio país.
Jesús aún en su estado semidormido, traspasaba la barrera del tiempo e iba y venía en un viaje fantasioso a los albores de un siglo y a los primeros años del siguiente, siguiendo los pasos de sus ancestros y de quienes llevaron durante los más de 120 años recorridos en aquellas andanzas espectaculares, las riendas de su patria. El gradiente que lo lanzó a aquella aventura sin par, fue precisamente los asesinatos bestiales y por demás injustos que presenció en sus propias narices, de manos de aquellos asaltantes de la democracia de aquel país que hasta ese día fue feliz. Pero regresando al pasado que en un presente sería añorado, aunque pareciese una sorprendente mentira; la patria grande era embestida por unas manos brutales.La persecución adquirió niveles exagerados de injusticia y b********d hacia todos aquellos supuestos como contrarios del régimen.Las torturas, desapariciones, ejecuciones y los trabajos forzados, constituyeron parte de lacotidianidad de dichorégimen. En buena medida, esa habilidadimplacable se había llevado a cabo conla cooperación de “La Sacrosanta”, calificativo con el que le denominaba a la policía del sistema, temida por todos los pobladores.
Fue precisamente mientras eran llevados a cabo aquellos agravios contra toda una población, diezmada como era por unas plagas más atroces que las tristemente célebres de Egipto, cuando Gastón hijo le pidió a Gastón padre que pidiera para él, la mano de Leocadia; la muchacha pobre y medio desgreñada que había recién conocido durante su estadía en el sanatorio.Aquel hombre tosco pero acaudalado a la vez, henchido como estaba de orgullo machista, al palpar la exigencia de su hijo de una hembra; no vaciló un instante y, sin comunicarle siquiera a su esposa María Luisa, se dirigió a la humilde morada donde esperó hasta la llegada de Pantaleón, sin siquiera dirigirle una mirada y menos, una palabra a algún integrante de la enorme familia; inclusive a quien en poco tiempo se convertiría en su nuera. Sin saber de qué se trataba aquella misteriosa conversación que sostuvieron ambos hombres, quienes ya se conocían pues, el demencial mandatario depuestolos mantuvo a uno y otro, junto con un montón de adversarios, según el punto de vista de aquellos sicarios;en los podridos calabozos de la peor prisión de la que se tenga noticias en el país y aún fuera de sus fronteras; Leocadia fue prácticamente vendida a quien la quiso para su hijo. Pantaleón recibió una especie de dote por su hija como compensación por aquel acuerdo. Además de ello, su sonrisa se hizo más amplia, puesto que al mismo tiempo significaba una boca menos que alimentar.
Por eso les causó extrañeza a todos en la casita, que al siguiente día, Pantaleón llegó cargando muchos bojotes, sobre todo muchos alimentos y vestidos. Para la hija mayor, el miserable hombre compró las mejores prendas. Era lógico que la muchachita tenía que verse bonita para que el pretendiente desconocido para ella, no se arrepintiera al verla desarreglada. El padre temía que, como la había contemplado estando medio muerto por la enfermedad que lo aquejó al momento en que la conociera, no le gustara como lo había pensado y por ello desistiera de querer desposarla. Ni de vainas iba a perder semejante oportunidad de emparentarse con un hacendado tan respetado y con tanta plata, como quien dentro de poco se convertiría en su consuegro. Le importaba un bledo lo que dijeran su mujer y la moza pretendida. Ellas de ninguna manera dirían nadaque de alguna forma disgustara al cabeza de casa. De hacerlo, sería un enorme insulto, un inigualable atrevimiento. Se haría lo que él dijese y nada más. Fue entonces cuando, tras aquel arreglo que le costó muy poco a Gastón padre, precisamente en la nochebuena de 1.898 Gastón Jr. y Leocadia contrajeron nupcias. Ya para ese entonces se había construido una hermosa vivienda para la pareja justo al lado de la casa grande. Inmediatamente ella quedó encinta.
Tuvo dos embarazos que no terminaron de cuajarse, y acabaron en abortos espontáneos. No fue sino hasta 1.900 cuando nació Lucrecia. Leocadia prácticamente se enquistó en aquella casa hasta su muerte. Escasamente salía de la misma ya que su marido la hizo sentir siempre como si de un perol se tratara. Él, millonario heredero como era, sólo iba a la morada prácticamente para empreñarla. De resto, hacía vida marital con varias mujeres al mismo tiempo, como era muy frecuente y con cada una tenía un montón de bastardos. Del matrimonio nacieron seis hijos legítimos. Luego del nacimiento de Lucrecia, en 1.903 lo hizo Anicasia, en 1.905 Luis Felipe, en 1.907 Juanita, en 1.909 Fabián y finalmente en 1.911 Armando. Y no nacieron más porque Leocadia se murió de repente (era esa la denominación que se le deba a alguien cuando fallecía de un infarto al miocardio o una enfermedad cerebro vascular, entre otras patologías que causaban una muerte brusca),cuando el muchachito más chiquito tenía apenas dos años. Ese mismo año, Gastón llevó a una mujer que nadie conocía a casa y la hizo encargarse de los muchachos al mismo tiempo que comenzó a empreñarla cada dos años. Su nombre era Elsa y quiso a los hijos de Gastón como si los hubiese parido. Definitivamente no pudo haber hecho nada mejor el sortario aquel.
En 1.914, cuando Lucrecia tenía 14 años, conoció a un joven de 18; era Dimas Antonio, el mayor de los hijos de Carlos Antonio y de Concepción. Mientras ocurría el enamoramiento de esos muchachos, el déspota,desde elmandoeterno de poco menos de treinta años, abrió la nación para el monstruoso desvalijamientode potencias extranjeras, colonialistas.Y condestreza de pesador de carne, y de contrabandistay cuatrero, educó su diestranavaja de carnicero, para ir seccionandoal país en haciendas y potreros. Y mientras llevaba a cabo todo eso, no mostraba ningúndejo de arrepentimiento. La naciónsucumbíaa dos manos. Una de ellas,la de los colonialistas,salteaba y privatizaba; otramano, la del tirano, hacía unadepredaciónminúscula sobre las migajas del saqueomayor.A los muchachos esas noticias no llegaban, al igual que a muchos. De eso se encargaban los esbirros; de censurar cualquier asomo de información de los desastres que llevaba a cabo el Honorable.