En primera instancia, aquellos muchachos se veían prácticamente a escondidas. Era generalmente a la salida de la iglesia cuando la vieja Nicolasa le decía quedamente a pata de oreja a Lucrecia, que su joven galán la esperaría en algún sitio específico. Nohacían más que mirarse como un par de pendejos durante un largo rato en que tanto Nicolasa como Mariana, la chaperona de la chica, se derretían de puro miedo. Si los pescaban mirándose así, tan embelesados como acostumbraban hacerlo, de seguro que ellas lo pagarían muy caro; especialmente Mariana, a quien Elsa encomendaba encarecidamente a la joven y a la otra por cabrona. No fue sino hasta que la señorita de la casa cumplió sus 15 años y Gastón celebró aquel magno acontecimiento botando la casa por la ventana; cuando Dimas le dio su primer beso, evidentemente que a escondidas. Ya él no era primerizo en esas lides. Había besuqueado a varias muchachas, generalmente hijas de las criadas de la casa grande. Las pendejas pensaban que podrían alguna vez atrapar a aquel partidazo. Pues no fue así.
Una de ellas, Milagritos, se dejó robar algo más que un beso. Cuando Conchita se dio cuenta de que a esa muchacha se le estaban ensanchando las caderas y las tetas parecían que se le saldrían de la blusa, de lo tanto que le habían crecido; ató cabos. Primero las risitas de ambos cuando estaban cerca. Más adelante, casualmente ambos se echaban unas perdidas extrañas. Luego las vomitaderas y finalmente lo que ya era evidente a simple vista. La corrió por puta. La mujer no aguantó más aquella afrenta, pues su madre había hecho lo propio con su marido. De manera tal que aprovechó la gota aquella que terminó de rebosar el vaso y las corrió. Nunca más se supo de ellas. Aunque las malas lenguas y las no tan malas decían que Don Carlos, como le mentaban los aduladores que nunca faltaban, les había montado una casa y le pasaba una especie de pensión a ella, a la hija y a su nietecito. El día en que se presentaron don Carlos y Dimas a la casa de Gastón a pedir la mano de Lucrecia, ella junto a sus hermanos estaban agazapados detrás de las cortinas de la estancia, tratando de escuchar la conversa de los señores.
Claro que no pudieron estar sin moverse mucho tiempo. Comenzaron a sentir calambres y al moverse bruscamente, los descubrieron en aquella chiquillada. Les echaron una tunda a todos, incluyendo a Lucrecia que era quien menos tenía que estar escuchando comoarreglaban su futuro a sus espaldas. En un principio Gastón se opuso rotundamente a aquel emparejamiento que ya su vecino había planificado. Pero la sola idea de unir dos poderes por demás ya inmensos cada uno, le hizo desistir de la negativa palurda aquella. Ya Dimas tenía 20 años en 1.916, fecha en que quedó comprometida la pareja. Ese mismo día acordaron hasta la fecha del casorio, el cual se llevaría a cabo un año después. En ese entonces la mayoría de edad era a los 21 años y Don Carlos quiso que su hijo se casara siendo ya adulto para que se responsabilizara como los machos. Nuevamente las lenguas viperinas del pueblo dejaron escapar sus intrigas. Se comentaba por doquier que a Abdías, un calembe de hombre a quien nadie quería por borracho camorrista, injurioso, medroso y brujo; siempre le había gustado Lucrecia y a cada rato lo ventilaba en el bar donde se echaba tremendas peas. Mil veces le había pedido su mano a Gastón y éste, mil veces le había dicho que no. Y no se lo decía con palabras sino con los puños. Además de todos los calificativos horrendos con los que se le solía describir, el carajo era dueño de una insuperable fealdad,razón por la cual era demasiado imposible, que alguna damisela pretendiera siquiera querer tocarlo, cuanto más, tener algún contacto físico de alguna otra envergadura.
Siempre salía malogrado aquel nefasto personero y había jurado venganza. Rechazado hasta los tuétanos, se aisló de tal maneraque poco se le veía. Se dejó crecer una infernal barba y ni se bañaba. Se la pasaba internado en el monte cazando conejos, iguanas y cualquier otro animalejo de los que se alimentaba. Las pocas veces que iba al pueblo a abastecerse de mucho aguardiente,(nadie sabía de donde sacaba el dinero para comprarlo) todos se daban perfecta cuenta gracias al tufo que llegaba a todas las narices. Estando entre sus congéneres, todos se alejaban de él, unos por miedo a su fama de matón, otros por temor a sus embrujos; la mayoría por asco. Lo cierto del caso resultaba en que desaparecían casualmente: gallinas negras, gatos negros y hasta perros con el cuero de ese mismísimo color. Las malas lenguas también dejaban chorrear el rumor de que Abdías le estaba haciendo brujerías a la muchacha. De repente, sin más ni más,cuando ya faltaban unos días para el casamiento, Lucrecia perdió por completo la razón.
Aquella nefasta mañana,Elsa se extrañó que no se hubiera parado oscurito como siempre lo hacía, a colar el café que su padre degustaba plenamente y que no tomaba si otra persona lo preparaba. Cuando entró a su cuartoy la buscó por todas partes, se quedó estupefacta cuando finalmente la encontró encerrada en el escaparate, embarrada de caca hasta en la cara, babeando como una idiota y sin emitir una sola palabra. A nadie reconocía y miraba a quien se le pusiera enfrente como si mirara al diablo. Se había vuelto loca la pobre Lucrecia.Daba mucha tristeza mirarla en aquel estado. Desde ese entonces nada fue igual en la casanunca más. Trataron por todos los medios y con todos los recursos inimaginables para la época, de que regresara a la normalidad de sus actos; pero nada parecía arrojar resultado alguno. Hasta la llevaron en repetidas oportunidades a la capital y nada de nada, la locura era como que definitiva y de colosales dimensiones. Lo único que les recomendaron a Gastón y a Elsa los facultativos, y en los que sabiamente todos habían coincidido, fue en que tenían que internarla en un manicomio. Evidentemente que de inmediato, los padres de Lucrecia rechazaron aquella tan atroz alternativa. Prefirieron tenerla aislada, protegida y cuidada en la casa, para lo cual habilitaron una habitación completamente fortificada con un enrejado a prueba de todo, que le daba más aspecto de prisiónque de una recámara.
Anicasia, Luis, Juanita y Felipe se turnaban para encargarse de ella en todo cuanto requiriera. Armando y los tres hijos propios de Elsa, Pascual, Tulio y Toribio,estaban aún muy pequeños para tal responsabilidad. No era que los otros fuesen muy adentrados en años para tal compromiso; pero con nadie más se contaba. En definitiva terminaba Elsa encargándose de todo, puesto que al menor contacto con los nauseabundos olores que siempre manaban de aquella pieza, los muchachos se iban en vómitos y pegaban semejante carrera que era imposible darles alcance. A duras penas Anicasia y Luis Felipe ayudaban a su madrastra a bañar a la loca como desde entonces le decían en el pueblo, puestoque aquella tragedia era un secreto malamente guardado a viva voz. Los muchachos sostenían con todas fuerzas, que resultaban insuficientes, a su hermana para que Elsa pudiera asearla. Salían todos embadurnados de mierda, ya que parecía que era un marrano cuando de tragar se trataba y como corolario de su digestión;los excrementos eran excesivamente abundantes y extraordinariamentefétidos.No era nada fácil el día a día en aquella casa que definitivamente, había perdido la tranquilidad. Limpiar la habitación resultaba toda una expedición. No había nada que hicieran desaparecer laspestilencias.
Se le había puesto la cosa difícil a Gastón y a toda su familia. Ya el régimen apretaba demasiado y la vida resultaba demasiado difícil para todos en el país, excepto para quienes estaban en la cima del poder. Ellos hacían y deshacían a su real antojo. No se podía mirar a alguien que estuviese vinculado con el gobierno, sin correr el riesgo de queinterpretara a su antojo esa mirada como una ofensa o algo parecido. Eso bastaba para, sin más ni más, ir a parar a la temible cárcel en la que aquellos opresores solían desaparecer a quienes les adversaran.No hacía falta motivo alguno. Bastaba con que aquellos asesinos se sintieran incómodos con alguna mirada. Ellos miraban fantasmas por todos lados. Quien traiciona siempre espera ser traicionado. Tal como lo señala una antigua ley, ojo por ojo y diente por diente. Aquellos malditos, sabiéndose tiranos; sentían que todos estaban confabulando contra el “todopoderoso” aunque no fuese así.El padre de familia ya no hallaba de donde sacar más dinero. Había sido demasiado lo invertido con tal de ver a la muchacha tal como siempre había sido; linda y sana. La familia además de todo ese problemón, tenía también que batallar a cada instante con los bichos que transmitían el paludismo, plaga que estaba destruyéndolo todo a su paso.
Lucrecia cada vez se empeoraba más.No hacía otra cosa que no fuese babear en grandes cantidades y balancearse de manera constante de atrás hacia adelante. Cuando quería comer, que era a cada instante, emitía unos sonidos guturales espantosos y no dejaba de hacerlo hasta que colocaban a su entero alcance, una gran cantidad de lo que fuese que resultara comestible. Se lo tragaba todo de inmediato. Nadie podía intentar tocarla mientras engullía sus alimentos, ya que refunfuñaba tal cual como lo hacen los perros cuando tratan de arrebatarles sus bocados. Estaba excesivamente obesa y ostentaba una fuerza descomunal. Era cada vez más dificultoso poder lidiar con ella para intentar asearla. Ya todos en la casa estaban exasperado, puesto que no habían terminado de recoger una tremenda cagada, cuando ya estaba deponiendo nuevamente y hasta sus orines hedían horriblemente.
Además de eso, expulsaba unas asquerosas ventosidades que, además de tremendamente sonoras, parecía que se quedaban pegadas a las paredes, al techo, al piso; a todo. Era de seguro esa la razón por la que, por más que se limpiabantodas las porquerías y a la enferma se le bañaba con mucha agua y mucho jabón; el hedor nunca desaparecía.Al poco tiempo de haber ocurrido la incapacidad mental de la muchacha, a diario se dejaba escuchar de manera constante, unos espeluznantes sonidos nunca antes escuchados. De noche la cosa era peor, parecía que nunca dormía. Gritaba tanto que aquellos lamentos se escuchaban bien lejos. Gastón ya se estaba quedando en la ruina por la cantidad de alimentos que se necesitaba para saciar la insaciable gula de la loca.
Cierto día escapó de casa de la manera más extraña, puesto que el sitio donde estaba encerrada se mantenía siempre bajo llave y de seguro las rejas nunca fueron violentadas. Era difícil hacerlo ya que estaban fabricadas de fierro y el grosor de las mismas era colosal. Gastón terminó por creer que Abdías realmente le había causado aquel severo mal a su hija. Hasta pensó que estaba poseída por un demonio o varios de ellos. La buscaron por todos los sitios durante días hasta que finalmente, uno de los peones la encontró semienterrada en un gran tremedalrepugnante donde siempre se revolcaban los marranos, a punto de fallecer de inanición y de algún tabardillo. Costó demasiado esfuerzo sacarla de aquel barrial hediondo. Ella, a pesar de que estaba moribunda prácticamente, lanzaba puñetazos y patadas a diestra y siniestra, con tremendo poderío, que si hubiese llegado a alcanzar a alguien, de seguro la pasaría muy mal.
Gastón, Liberio, Margarito, Estanislao, Desiderio y otro de los peones que era sordomudo y que nadie sabía cómo se llamaba, (un día cualquiera llegó a la casa siendo un párvulo de no más de cinco años y nunca más se fue. Le dijeron siempre “El mudo”)batallaron colosalmente para sacarla de allí. Cuando finalmente pudieron extraerla de aquel lodazal, la trasladaron acto seguida a la casa que estaba bastante lejos del sitio.Resultó ser muy dificultosa tal hazaña debido a la gran cantidad de altibajos existentes en el camino. Todos se preguntaban cómo había sido posible que esa pobre mujer, en tal estado, hubiese llegado a ese sitio; aún así, paso a paso efectuaron elrecorrido.Pudieron sacarla de ese sitio y eso, gracias a Dios, fue lo más importante. La enfermalidiaba como una bárbara dificultando la travesía. Parecía que la desgracia ajena no le importaba a nadie, ya que cuando se acercaban a la casa, la gentemás incrédula que asustada; murmuraba todo tipo de malintencionados comentarios. “Ya traen a la loca esa. Pensábamos que por fin se la habían echado al pico los policías”, se escuchaba de quienes bastante parasitaban a la familia a diario. Provocaba honda pena escuchar esas expresiones de sus vecinos, ya que no resultaban ser simples murmullos. Eran alzadas sus voces contra una desgracia sin parangón. Pero más arrechera les daba ya que aquellos comentarios provenían de quienes a diario, totuma en mano, aguardaban en la puerta del corralanhelando con hambre; la generosa porción de leche que les regalaba el hacendado.
La bañaron entre todos con mucha más dificultad que de ordinario, debido a la gran cantidad de porquería que se le había adherido al cuerpo. En la casa todos querían mirar a esa niña llena de vida como lo había sido siempre. No era poco el barro que llevaba en el cuero Lucrecia. La tarea fue sumamente difícil ya queno se dejaba poner una mano encima. Llena de rabia se oponía a todo intento de hacer algo por ella. Necesitaron varias horas de intensa lucha para asearla. Los vecinos ya habían elevado, por enésima su voz de protesta, ataviados de una enorme hipocresía. Era muy común, tal como lo es aún hoy en día; morder la mano que da de comer. Pensaban, tal vez con sobrada razón, que aquel mastodonte colmado de gran fuerza y suelta por aquellas tierras de Dios; podría causarle mucho daño a cualquier cristiano que se cruzara por su camino. Extrañamente la “loca” estaba completamente desnuda cuando dieron con ella. Sus trapos nadie supo donde los había dejado. Eso fue un misterio que nadie pudo averiguar jamás. La noticia llegó a los oídos del gobierno y sin vacilar se dirigió una flotilla de esbirros a ver la magnitud de lo que ya consideraban los pobladores un grave riesgo.
Se la querían llevar detenida, pero ninguno se atrevió a acercarse a aquella enorme criatura que parecía una bestia indomable. Estaba ella completamente furiosa en el momento en que los gendarmes llegaron a la casa.Hasta los oídos del Presidente del Estado habían llegado las quejas. Lucrecia nunca había estado así. De haber intentado alguien tocarla siquiera, ella no hubiese dudado en hacerlo añicos, de seguro. Pensaron entonces en liquidarla. Aquellos seres despiadados pensaron que era eso lo único que podían hacer para resolver el asunto de la pobre mujer. Un jefe de los tantos que existían, había dado unas instrucciones macabras para de esa manera, engrosar su hoja de servicios de buenas obras. Fueron tajantes sus órdenes y las mismas tenían que ser cumplidas a tiempo. Ramón, un mulato que medía casi dos metros y ostentaba músculos de acero, decidió ser él quien sacrificaría a la muchacha. Le iba a disparar en la cabeza. Los ruegos de toda la familia se quedaban en el vacío.Elsa palideció enormemente de miedo, de rabia y de impotencia al pensar que el fin de la vida de quien consideraba una hija y amaba como tal llegaría de la mano de aquellos monstruos, insensibles por demás. ¿Su pecado? Estar gravemente enferma por unas de las peores enfermedades, la que destruye la razón apartando para siempre el raciocinio.
La desesperada mujer quiso luchar hasta el final para que le perdonaran la vida a Lucrecia, manifestándoles a los gendarmes que a pesar de la apariencia ruda, grotesca, tal vez hasta impresionante que todos veían en la pobre mujer; ella no era violenta más allá de gritar y gritar cuando se asustaba.Explicó entre llantos que si estaba furiosa era por sus presencias;puesto que los consideraba unos extraños. Un leve asomo de compasión emergió del duro corazón de Manolo, el jefe de la patota aquella. Miró detenidamente la cara de quienes estaban alrededor de la enferma y en todos ellos notó un gran amor familiar. Miró rostros embargados del sufrimiento de tener a un integrante sufriendo de manera tan atroz. Elsa, notando aquel destello de esperanza, aprovechó la oportunidad de hacer una especie de trato con los esbirros. Se dirigió hacia quien fungía de líder e hizo una propuesta tajante. Se comprometió a no separarse nunca de ella. A internarse con ella en aquel denigrante sitio que significaba el único donde podían mantenerla a resguardo y así vigilarla perpetuamente para evitar otra escapada. Enclaustrase por siempre con su muchacha para cuidarla, para sufrir junto a ella. Nunca más tendrían queja alguna.
El amor de madre superó todo lo que nunca nada podría superar. Fue ese gran amor, el gradiente que produjo un milagro. Le perdonaron la vida a quien había caído en los brazos del infortunio, en las garras de una de las enfermedades mentales más graves de las que se haya tenido noticia alguna. A pesar de todo, en el pueblo y más allá de sus fronteras, continuaban diciendo que la causa de la enajenación de Lucrecia, no era más que las brujerías que le había echado Abdías. Todo se volvió un barullo de habladurías en torno a lo impresionado que estaban todos en el pueblo tras haber contemplado la imagen de Lucrecia. Nadie había vuelto a ver a aquella muchacha bella, jovial y de carácter encantador hasta ese momento. Contemplaban ahora a una especie de monstruo, como todos decían al comprobar la enorme figura deforme delo que una vez fue todo un mundo de belleza. Cierto día, una tarde calurosa, Fernando montado en su vencido caballo, se dirigía parsimonioso hacia su casa a descansar su longevo cuerpo, agotado de tanto trabajar duramente como lo había hecho desde que tenía uso de razón; y contempló aterrado una horrenda escena.
Contempló a un hombre con un mosquero en la boca y un descomunal orificio en la cabeza; en el mismo sitio donde fue hallada Lucrecia en la oportunidad que escapó de su prisión. Al trote, ya que el viejo caballo ya ni correr podía, se dirigió de inmediato a dar parte a las autoridades, obviando hasta su propio cansancio. Todos se imaginaron lo mismo, nadie dijo nada al respecto. Las autoridades no averiguaron nada. Nadie lloró y hubo que sepultar al c*****r en una fosa piadosa, sin velatorio ni nada. Se comentaba que Gastón se lo había echado al pico para apaciguar su rabia, misma que era causada por la locura de su hija mayor. De todas maneras, muerto Abdías,se había apaciguado una rabia de descomunales dimensiones. Pero más allá de eso, nada cambiaría con Lucrecia. Ya era esa locura definitivamente incurable.Mientras tanto Dimas dejó de presentarse en público por mucho tiempo. Imaginaba aterrado que si la joven hubiese enloquecido después de haberse casado con ella, tremenda vaina se hubiese llevado. El pícaro muchacho había visto como se estaba desarrollando Anicasia y no lo pensó dos veces. Si Lucrecia se había vuelto loca no era responsabilidad suya. Puso entonces sus ambiciosos y mujeriegos ojos sobre quien le estaba gustando demasiado.
Jesús se movió un poco en su cama. En aquel retrospectivo y extraño viajeen el tiempo, él pudo constatar el instante mismo en que el hombre que sería su abuelo, decidíaformar su familia con la segunda de las hijas de Gastón; con Anicasia. Corría el año 1.918. Quienhasta hacia poco era una niña, ya era una hermosa y bien formada adolescente. Dimas puso sus ojos sobre la chiquilla. Al año siguiente, precisamente en el momento en que entregaba su vida al señor un excelso médico, científico, filántropo, y hombre de Dios, quien sería eternamente adorado por todo un pueblo, hecho acaecido el veintinueve de junio; ya se definía quienes serían sus abuelos. Dimas se dedicó a enamorar a la joven y ella no dejaba escapar oportunidad alguna para verse a escondidas con él. Estaban decididos a todo. Gastón por supuesto que nunca aceptaría lo que finalmente consideró una enorme blasfemia. Por esa razón no fue nada fácil haber mantenido aquella relación.
Cuando el padre ofendido en su honor descubrió semejante aberración, retó al muchacho de 23 años a un duelo para lavar lo que consideró su mancillado honor. Si no hubiese sido por la mediación de un gentío, sabrá Dios que hubiese pasado. Desde ese momento se dio inicio a una guerra sin final entre ambas familias. Dos años más tarde, Dimas y Anicasia se fugaron y se casaron a escondidas. No supieron de ellos hasta pasadas varias décadas.En la planificación de aquella huida de la parejita, Carlos Antonio tuvo sus manos metidas hasta el fondo. Teniendo un latifundio enorme y uno de los mejores rebaños de la región, le cedió una buena dote a la pareja para que vivieran cómodos en una finca suya que dispuso enteramente para ellos. De esa manera, Dimas Antonio se dedicó a formar su propia familiay expandir su patrimonio. Atrás quedó el pasado y Gastón no quiso saber más de su hija a quien desde el mismo momento en que se “largó”, despreció para siempre.
De hecho, nunca más volvería a verla. Elsa sufría cayada, enterrada en vida en aquella prisión hedionda que era la habitación de su trastornada hijastra. La mañana en que descubrieron que Lucrecia no respiraba, ahogada con sus propios vómitos después de comer y comer sin parar, Elsa no quería salir de allí, perdida en las marañas de su propia locura como si de una enfermedad contagiosa se hubiese tratado. Tal vez fue lo mejor, de esa forma, entregada como siempre lo fue a criar a aquellos muchachos como si fueran suyos, no hubiese soportado el hecho de haber perdido a dos de ellos. Ella murió muy anciana, casi centenaria, hundida en una silenciosa demencia. Perdidos en los vericuetos de la nada, en una lúgubre habitación de aquella casa de la que no quiso salir nunca. Pero la enajenación de Elsa no fue tan escandalosa y pestífera como la de Lucrecia. Ella parecía una persona normal a no ser por laspérdidas de sus ideas. Se mantenía más bien, exageradamente limpia y arreglada y nunca volvió a hablar, a llorar ni a sonreír. Simplemente estaba allí, vacíade todo. El día en que dejó de existir, cuando se decidió por fin a partir al reino de Dios, simplemente y para sorpresa de todos, comenzó a contar en una voz exageradamente baja, casi un susurro.Durante 4 días con sus noches se mantuvo contando. Siempre se dijo que contaba, aunque sólo decía números sin ningún tipo de concordancia entre ellos. La familia se turnaba para escucharla contar. Tenían que acercársele mucho para poder percibir el susurro de su tierna voz. Lo hacían más que para escuchar aquella voz que llevaba mucho tiempo apagada, que por la numeración sin sentido que expresaba. A la 1 de la madrugada hizo silencio, cerró sus ojitos y ya.
Dimas y Anicasia no se habían marchado tan lejos del pueblo, pero en virtud de que los medios de transporte y las vías de comunicación eran casi que ausentes, nadie tuvo noticias de ellos por mucho tiempo, salvo Dimas y Concepción que esporádicamente visitaban a la pareja. Dos años después del casorio, y tras haber abortado cinco veces como si fuese una herencia macabra, por fin Dios les concedió el milagro; Anicasia quedó encinta y en noviembre de 1.923 vio la luz de la vida Ramón Antonio. Aquel primer parto pareció desatar la fertilidad y darle fuerzas a lo que se creyó una matriz debilucha. De esa manera, en octubre de 1.924 nació María Elisa y al año siguiente, en septiembre llegó Luisa María. Allí se detuvo un poco la cosa. Dimas y Anicasia decidieron agrandar la casa para tener los otros hijos. En esa época tres hijos era muy poco.Era consuetudinarioapegarsea la raigambre sostenidadesde hacía muchos años,de que había que tener los hijos que Dios dispusiera. No había ningún tipo de control sobre la natalidad. Era entonces cuando se tenían de diez muchachos en adelante. Tener menos que eso era como estar fuera de onda. La media significaba mínimo seis.
Dimas, como herencia sagrada, no había perdido pisada y salió igualitico a su padre, abuelo y demás antepasados. Mientras Anicasia estaba aborto tras aborto y él intento tas intento, pero con ayunos prolongados; nunca le había faltado con quien pasar sus períodos largos de abstinencias. En una de sus noches de extremado aguante libidinoso, se le fue metiendo una cochambrosa idea en la cabeza. Siempre había sido un hombre sumamente correcto como lo había criado su padre. Amante de la tierra, de la paz y de la justicia. Pero había comenzado a sentir la sed de la avaricia y decidió agrandar de cualquier forma su feudo. Comenzó a frecuentar una que otra damisela solitaria tanteando su suerte, toda qué vez que drenaba sus bajas pasiones.En una de sus tantas aventuras, se hizo demasiado allegado de una fulana que tenía un familiar muy cercano,específicamente un hermano, que ocupaba un cargo en las altas esferas del gobierno del Estado. Ella era Pascuala. Su hermanotenía por nombre Midonio y podría decirse que era el segundo en el mando; el jalabolas más acérrimo del Presidente del Estado.
Era Pascuala una mujer que fácilmente podría pasar desapercibida. Pero tenía un lado precioso lacondenada, como pensaba en voz alta Dimas Antonio.Precisamente con ella, a cambio de favores íntimos que otros no se atrevían por miedo y porque además la tipa no era muy agraciada físicamente, (además de que poseía un caráctertan amargado y sumamente tosco, que difícilmente le hubiesepermitido encontrar alguien con quien mantener alguna relación duradera); logró que de manera fraudulenta, predios colindantes se anexaran a su posesión. Ese cometido lo lograba Midonio, tras los ruegos incesantes y podría decirse que hasta lastimeros de su hermana, sometiendo a los propietarios legítimos a la presión que producen las amenazas de muerte. En muchas ocasiones, si hacían caso omiso a tales constreñimientos, les eran confiscadas sus propiedades con todos sus avíos bajo cualquier pretexto.De esa manera llevaban a cabo sus sucias maniobras despóticas y dejaban a más de un campesino sin sus pocas tierras; condenándolos a la miseria, después de haber logrado lo mucho o poco tras el trabajo de toda una vida.
Así se hacían aquellos flojos movimientos. Pascuala lo sabía, estaba perfectamente consciente de ello.A ella nunca no le preocupóel medio utilizado para ello, le cuadró solamente el fin. Sabía que por sus propios méritos difícilmente encontraría no un amor, ya que estaba consciente de su propia realidad; pero por lo menos, un hombre con quien lograr no marcharse de este mundo sin haber sido tocada por un macho.Fue por esa razón demasiado pesada por las que, a sabiendas de que el factor tiempo estaba completamente en su contra,(ya superaba las seis décadas de vida) miró a aquel tipazo de fina estampa, con exquisito perfil y de fácil verbo que a su vez la miraba con insistencia desde hacía varios días donde quiera que se la encontraba; y permitió dejar que se le acercara. Finalmente él comenzó a enamorarla y ella decidió no serle indiferente. Moría por sentirse hembra y si era en brazos de aquel tipazo mejor. Sólo que eso se materializaría únicamente a cambio de ciertos “favorcitos” que Dimas le pidió, tras una larga conversación. Peticiones que ella creyó banales considerando lo que podría obtener a cambio de ceder algo que al fin y al cabo, no era suyo. Él no fue imbécil y supo ganarle buen partido al asunto, mientras desaguaba su irrefrenable y ardiente deseo carnal, pensando para poder lograrlo; en los apapaches con las mujeres mozas de sus frecuentes conquistas.
Demostraba aquel hombre el dominio del machismo. Cosa frecuente en los hombres de esa época y que aún en tiempos modernos, deja sus mezquinos e intolerables vestigios. Era prácticamente un insulto tener una sola mujer. Era posible que al menos con una de ellas se hiciera vida marital en común, pero si de algo se estaba seguro, era que cada macho se revolcaba con otras mujeres. Los adinerados sí que no tenían residencia fija en su mayoría. Pernoctaban una noche aquí, otra más allá y la otra acullá. Una noche para cada una de las mujeres que compartían la vida con ellos. Y con todas tenían un chorrerón de hijos, en su mayoría bastardos. El matrimonio era pocas veces acogido y prevalecía el arrejuntamiento. Era por ello que se dividían los hijos entre los legítimos y los llamados “Bastardos”, es decir, aquellos que no recibían el apellido del padre. Eran hijos de segunda y así eran tratados. No fue sino hasta entrados los años, en que se estampó en el Código Civil, una reforma igualitaria en cuestión de familia y se comenzó a tratar a los hijos como tal, nada de medias tintas. Si a papá no le daba la gana de asumir su responsabilidad o mamá, arrecha tal vez o simplemente por conveniencia, no quería que el padre asumiera tal responsabilidad; lesadosaba su único apellido o los dos, si los tenía, a sus descendientes. Pero en tiempos de otrora la cosa era diferente. El machismo absurdo pisoteaba a lo más hermoso de la vida, a la mujer, en lugar de enaltecerla.