Jesús movió su rostro transfigurado, de una manera ligera, muy lentamente; como si el tiempo también le atrapara los movimientos. Su cuerpo permanecía inerte, enarbolando su pecho al compás de un ritmo respiratorio pausado, como queriendo acariciar el aire. Alberto disfrutaba de un descanso; merecida tregua después de un día de agitadas chiquilladas. En la cara de Jesús se podía percibir una indescriptible mueca de tristeza. Atrapados eran sus sentidos por una visión lúgubre, por unos instantes perversos que trastocaban los sentimientos de una madre. Era que en aquel remembrado pasado que llegaba en extremo triste, se denotaba a una mujer de mediana edad, investida por una vejez prematura producto de un obstinado padecer; resultado de llevar calladamente una pena en el corazón. N

