Dejó el rotulador a una lado y se retiró el puño de la camisa para ver la hora que era. Adams colgó el teléfono y se puso de pie. Solo entonces recordó que visita. -Caballeros, me temo que tendremos que continuar esta reunión en otro momento. Mi padre está enfermo. Voy a abandonar Atlanta de inmediato. -No puedes irte-le soltó Jacob Helms con dureza. esa era la voz de mando, la que sus subalternos obedecías instantáneamente. Pero Adams Cada jamás había sido un subalterno. -Se equivoca, señor. Me puedo marchar. Y voy a hacerlo. -Tenia un rato. -No, señor-Adams le corrigió. Estábamos a punto de hacer un trato. Helms se puso rojo de rabia. Miró a los miembros de su junta directiva y de nuevo a Adams, que lo había desafiado tan elegantemente. _Habíamos hechos un trato.

