Capítulo 3. No estoy preparada para buscarlo.

1470 Palabras
Habían pasado cinco años y Sophia aún no olvidaba la intensa noche que había vivido en una habitación del club «La Comadreja». En su mente era capaz de rememorar cada día la imagen sensual del enorme rubio de cuerpo exuberante. Sus músculos definidos, sus manos fuertes y hábiles y su rostro anguloso dominado por unos ojos verde agua que la traspasaban con mirada hambrienta y escrutadora. Nunca volvió a toparse con un sujeto similar, tan perfecto, dulce e insaciable. Aún conservaba el recuerdo del sabor de sus besos y las sensaciones de su toque sensual. Suspiraba arrobada cada vez que pensaba en él y veía a su hijo Jeremy. —Mami, ¿llevaremos mis trenes de carga a Seattle? —preguntó el chico al acercarse a ella y romper la burbuja de melancolía en la que estaba sumergida. —Claro que sí, amor. La abuela ya los metió en la caja junto a los otros juguetes. Sophia intentó peinar los risos rubios y rebeldes de su hijo, pero era imposible. Ellos parecían tener vida propia y danzaban con suavidad sobre su cabeza como si fuesen las lengüetas de fuego de un sol. Ella había ido a «La Comadreja» en busca de un tipo de hombre en específico, uno muy ardiente, capaz de derretir el titanio que se había asentado en su alma por culpa de la traición que su exnovio Gianpaolo le había hecho, y se topó con un sol de gran magnitud que la arrastró sin compasión a su centro. Ese día ella se comportó como una simple roca que vagaba perdida en el espacio y fue absorbida por la fuerza magnética de aquel enorme astro. —¿Por qué no guardas tus creyones en la cartuchera? Pronto regresará la abuela de la farmacia y nos iremos al aeropuerto. —¡Sí, mami! —aseguró el niño y corrió a cumplir con aquella solicitud lleno de emoción. Sophia lo siguió con la mirada. Jeremy había heredado la apariencia de aquel magnánimo sol, su padre. El chico era rubio hasta las cejas y poseía unos enormes ojos verdes capaces de meterse dentro de su alma cuando fijaban la vista en ella. Su hijo, a pesar de la dulzura de sus cuatro años, ya poseía una personalidad dominante y llamativa. Como lo había sido su padre aquel día, cuya presencia había sido capaz de acaparar no solo su atención, sino la de todos los presentes en aquel lugar penumbroso. La mujer tuvo que obligarse a apartar por un momento sus recuerdos del pasado para terminar de recoger sus pertenencias antes de que llegara su madre. Ese día viajarían a Seattle, donde volvería a asentarse definitivamente. Había huido de esa ciudad cinco años atrás, luego de enfrentar su más terrible humillación. Después de la noche de pasión que había vivido en «La Comadreja», al llegar a su departamento descubrió que la policía la esperaba. Los acreedores a los que Gianpaolo había estafado la denunciaron. Como él había escapado a Italia con su amante, la bailarina pelirroja, ella tuvo que afrontar sola aquel problema. Estuvo detenida en una comisaría por casi un mes, mientras su amiga Rebecca la ayudaba a vender todas las pertenencias de su restaurante para cancelar aquellos compromisos y así librarse de la cárcel. Durante su encierro se enteró de su embarazo. Por eso, apenas salió, tomó lo poco que le había quedado y escapó a Chicago para hallar refugio en casa de su madre. Algunos periodistas seguían acechándola para obtener noticias de lo sucedido con el chef Gianpaolo Zanella, del motivo del cierre repentino del restaurante que ambos habían manejado y de la imprevista cancelación de la boda. Ella no quería hablar de nada de eso, solo olvidar, pero en Seattle nadie se lo permitiría. Ahora, cinco años después, se sentía preparada para volver. En ese tiempo había construido una doble capa de titanio alrededor de su corazón, para evitar que volvieran a lastimarlo, y había trabajado mucho para recaudar parte de su dinero perdido. Quería recuperar su dignidad y su sueño de tener un negocio propio y exitoso, pero además, buscaba justicia. Tenía una espina muy honda clavada en el pecho que la amargaba, si no la sacaba no viviría en paz. Gianpaolo había regresado al país. En las noticias descubrió que él de nuevo estaba en Seattle con intención de abrir un negocio gastronómico y ella iba a encararlo. Él jamás respondió a sus mensajes durante esos cinco años, se desentendió por completo de su situación. La humilló en la prensa, robó los ahorros de toda su vida y la obligó a vender sus pertenencias para salvarse de sus errores. Necesitaba decirle muchas cosas a la cara, pero además, quería hacerlo pagar por su maldad. Se negaba a pensar que en esa historia el malo ganaría y la buena debía resignarse. Llegaron a la ciudad en la noche. Rebecca los recibió en el aeropuerto y los llevó al departamento que habían rentado. —Me alegra tenerte aquí de nuevo —aseguró Rebecca y le dio a su amiga un abrazo apretado luego de que ella acostara a su hijo y ayudara a su madre a instalarse en su habitación. —Yo también estoy muy alegre de estar aquí. Te confieso que extrañé la ciudad, su agitación y su exigencia. —Varias personas, que fueron tus clientes en el restaurante, se enteraron de tu regreso y están ansioso por verte y saludarte. Sophia sonrió con tristeza, porque hablar del restaurante le recordó a Gianpaolo, su traición y todo el dolor que le hizo sufrir. —Pronto me verán, aunque por completo recuperada —aseguró con firmeza—. Y gerenciando un nuevo negocio que les encantará. Rebecca se alegró por sus palabras. —Montar una pastelería no será trabajo fácil, pero estoy muy animada con ese proyecto y pongo todo de mí para que cumplamos ese sueño antes de mi boda. Sophia ahogó un grito de alegría ante la noticia. —¡¿Te casarás?! —¡Sí! ¡Gustav me pidió matrimonio hace dos días! —Ambas volvieron a abrasarse— No quise decirte nada hasta que estuvieras aquí, así celebramos como Dios manda —dijo, y corrió al refrigerador para sacar la botella de champaña que había dejado enfriando. Sophia tomó un par de copas y así pudieron brindar por esa maravillosa noticia. —No puedo creer que la vida haya sido benevolente contigo logrando que te reúnas de nuevo con ese hombre —expresó Sophia al recordar a Gustav, el atractivo abogado que desde hacía cinco años pretendía a su amiga. Como Rebecca tuvo que concentrarse en ayudarla con su problema legal, ellos perdieron contacto por más de dos años reencontrándose después. Por meses él la persiguió hasta que logró que ella sucumbiera a sus pretensiones y luego de un largo noviazgo daban el salto al matrimonio. —Cuando algo es para ti, nada impedirá que lo obtengas. El tiempo te lo traerá de vuelta cuando menos lo esperas. Sophia perdió la sonrisa al recordar la noche de lujuria y pasión en los brazos de su sol, su dios terrenal, a quien había perdido por culpa de sus miedos e inseguridades. ¿Qué habría sido de su vida si no hubiese huido del club «La Comadreja» hace cinco años? ¿Por qué no tuvo la fortaleza de poner en la nota que le dejó, su nombre y su número telefónico? Aquel club tenía como regla respetar el anonimato de los clientes y ella había acudido a ese lugar gracias a esa garantía, pero no hubo un día de esos cinco años en que no se arrepintió de haberlo abandonado sin dejarle una señal. Le hubiese gustado haber tenido algo de él que pudiese entregarle a su hijo, aunque se estremecía de terror el pensar que ese hombre pudo haberla conocido en medio de su tragedia. —¿Y no has pensado en buscarlo? La repentina pregunta de Rebecca la sobresaltó. —¿A quién? —Al padre de tu hijo —soltó la mujer con obviedad—. Gustav sigue teniendo buenas relaciones con los dueños de «La Comadreja», quizás podríamos… —¡No! —expuso enseguida Sophia, con la angustia palpitando en su pecho. Aunque se arrepintió por haber hablado alto. No quería despertar a su hijo ni alertar a su madre—. Ni se te ocurra —advirtió con firmeza, pero con voz más baja. —¿Por qué? ¿No te da curiosidad? Jeremy merece saber quién es su padre. Ella se mordió los labios para controlar la ansiedad. —No estoy preparada para eso. Aún no —dijo antes de beberse de un trago toda la champaña que había en su copa y mientras la imagen ardiente de su enorme sol se revelaba en su cabeza y agitaba sus emociones.
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