Capítulo 4. El reencuentro.

1735 Palabras
Xander se sentó con rigidez en la butaca ubicada frente a su escritorio y miró con recelo los documentos de la sociedad que tenía frente a él y que había firmado el día anterior. —¿Ya estás arrepentido por lo que hiciste? La pregunta que le hizo su amigo, y abogado corporativo de su empresa, Gustav Laney, le molestó, porque le trajo a la mente recuerdos de su pasado. Cuando estuvo a punto de ser estafado por el socio que había conseguido en esa oportunidad. —Tengo que superar el miedo. No puedo llevar a Reinhard Entreprises a otro nivel sin un socio poderoso. —Donovan Robinson no es igual a aquel estafador que tuvimos que enfrentar cinco años atrás. La sociedad que acabas de firmar con él te ayudará a internacionalizar tu empresa —aseguró Gustav, y se sentó en una silla al otro lado del escritorio—. Lo que no entiendo es por qué tuviste que comprometerte en matrimonio con su hija Amber. Eso fue innecesario. Xander mostró una media sonrisa. —Quiero que el hombre de verdad sienta mi empresa como suya, así pondrá más atención a las negociaciones y me ayudará a llevarla lo más lejos posible. Amber es su hija menor, la preferida. Él hará lo que sea por complacerla y garantizar lo mejor para ella. —Eso sonó bastante turbio —se burló—. Como si te fueses a aprovechar de ella para obtener un mayor beneficio. Xander negó con la cabeza. —No es solo por mi empresa, reconozco que me gusta Amber. Es una chica algo infantil y caprichosa, pero es hermosa y alegre, es buen material para esposa. Además, ya tengo treinta y siete años, cada vez estoy más cerca de los cuarenta, creo que es hora de estabilizarme. Como pronto tú lo harás. Gustav sonrió complacido. —La diferencia es que yo voy a casarme por amor. Rebecca me flechó desde el primer día en que la vi y el tiempo que tuvimos alejados no enfrió nuestros sentimientos, sino que los intensificó. Cuando me reencontré con ella entendí las señales, sabía que esa mujer era mi futuro. Tú, en cambio, lo haces por negocios. Xander suspiró antes de hablar. —Por algo hay que empezar, ¿no crees? Gustav no respondió enseguida, aunque le dirigió una mirada compasiva a su amigo. —Sé que el matrimonio es un negocio, pero se disfruta más si lo haces con la persona que te transforma por dentro y te hace perder el norte. El semblante de Xander se tensó, al tiempo que el recuerdo de la hermosa diosa seductora que lo hechizó cinco atrás en una habitación del club «La Comadreja» invadía su mente. Aquel día él había quedado prendado de ella, como nunca antes le había sucedido con otra mujer. Ella fue justo lo que buscaba: una chica de apariencia dulce y mirada hipnótica, quien supo jugar con él al principio al asumir una actitud sumisa, que luego transformó cuando lo llevó a la cama. Su diosa esa noche se lo había devorado entero y dejó en su interior una marca profunda que en cinco años él no había podido borrar. La buscó por meses, asistiendo casi todas las noches al club con la esperanza de encontrarla. Hasta había sido capaz de extorsionar a algunos empleados para que le dieran información de la mujer a pesar de que las reglas del lugar garantizaban el anonimato, pero nadie la conocía. Intentó seguir con su vida mientras controlaba su desesperación, buscándola en todos los lugares a los que iba y en todas las mujeres con las que estaba. Todavía seguía soñando con ella. Despertaba en medio de la noche con sudores por culpa de la excitación, con los testículos adoloridos por su falta y sin poder saciarse con nadie porque ninguna mujer lograba darle lo que ella le había dado esa noche. Siempre se dijo que de encontrarla, la haría suya. La convertiría enseguida en la reina de su vida, pero ya habían pasado cinco años y seguía sin tener una pista. Solo conservaba el recuerdo en su memoria de su mirada arrebatada, del sabor embriagante de sus besos y de la tersura de su piel, pero además, guardaba con celo aquella servilleta que ella había dejado sobre la cama, donde escribió: «Gracias mi sol». Aquel papel estaba casi deshecho de tanto que él lo había tenido entre sus manos para leer y analizar ese mensaje. Ella le llamó «mi sol», porque sabía que esa noche él le había pertenecido. Lo hizo suyo, tanto como ella había sido suya. Xander llegó a significar para ella algo enorme, cálido y devorador, un sol. Era evidente que también había dejado su marca en su interior, por eso, estaba seguro que esa mujer le pertenecía, aunque igual había desaparecido. Lo abandonó sin ninguna explicación. Respiró hondo para alejar los recuerdos de su mente y volver a la realidad. —Ese es el asunto, Gustav, yo no quiero perder el norte —mintió—. Prefiero casarme con alguien que me agrade y quien me divierta, sin que me distraiga de mis metas, y Amber cumple esos requisitos. Lo único que le pido es respeto y en ese sentido confío en ella. —No la conoces bien. Aunque tienen una relación de casi un año, poco han compartido. Ella se la pasa viajando a Italia, donde vive su hermano, y a Qatar, donde está su hermana mayor. —No hay mucho para conocer de Amber. Es una niña mimada, apegada a su madre y a sus hermanos, muy obediente a su padre, inteligente, cariñosa y pronto será una mujer de negocios —habló, refiriéndose al hecho de que ella trabajaba en un emprendimiento ambicioso. Junto a un amigo chef, estaba por fundar una empresa de comidas preparadas congeladas que contaría con un sistema de distribución propio desarrollado por Reinhard Entreprises y abarcaría a todo el país, teniendo proyectado llegar a otras partes del mundo en menos de cinco años. Xander había sido testigo del diseño de su plan de negocios, motivo por el que ella captó su interés. A él le gustaban las personas que tenían metas claras y trabajaban duro por alcanzarlas, por eso creía que Amber era una buena candidata para esposa. —Si consideras que eso es suficiente para construir una vida al lado de esa mujer, entonces, felicidades —dijo Gustav poniéndose de pie—. Pero recuerda que esta noche me prometiste cenar conmigo y con Rebecca para celebrar nuestro compromiso, ya que serás nuestro padrino de bodas. —Eso no se me olvidará jamás, amigo —respondió Xander y se puso de pie para despedir a Gustav con un abrazo fraterno, acordando el lugar donde se reunirían para comer. Al quedar solo, se sentó abatido en su butaca. Debía confesar que envidiaba un poco a su amigo, quien había podido encontrar a su hechicera luego de una búsqueda tenaz. Al menos, Gustav había tenido un nombre qué seguir. Él, en cambio, de su diosa seductora no le quedó nada, más allá del recuerdo de sus besos voraces y del amor insaciable que ella le había entregado aquella noche en el club. —¿Por qué te fuiste sin decirme adiós? —preguntó dolido a su recuerdo, aunque se esforzó por olvidarla y enfocarse en su trabajo. Nada hacía con seguir reviviendo viejas frustraciones. Horas después, llegaba al restaurante que Gustav le había indicado, hallando a su amigo sentado en la mesa con su novia. Por un momento pensó en no acercarse, ya que los había encontrado tomados de las manos y regalándose besos y mimos. —Si quieren dejamos la celebración para otro día —bromeó al estar junto a ellos. Gustav se puso de pie para saludarlo, luego Xander se acercó a Rebecca para darle un beso antes de sentarse en la mesa. —¿Y? ¿Seremos los únicos? —consultó. —No, la madrina está por llegar —respondió Rebecca emocionada—. Ayer regresó de Chicago y ha estado todo el día haciendo trámites porque se quedará a vivir definitivamente en Seattle, por eso está retrasada. —Entonces, tocará esperar —aceptó—. ¿Y ya tienen fecha de boda? —Más tardar, en un año. No queremos darle tantas largas al asunto —aseguró Gustav y miró con adoración a su novia. —¿Estás desesperado? —bromeó Xander. —Un poco —aseguró él arrancando una carcajada en Rebecca. —¿Y por qué no lo hacen ya? Han esperado mucho para estar juntos —insistió Xander. —Es que tengo proyectado abrir un negocio antes, quizás, en dos o tres meses. Llevo años planeando con mi amiga montar una pastelería y ahora que regresó a la ciudad queremos hacerlo pronto, porque ella, además, necesita estabilidad. Es madre soltera. —Vaya, esa es una muy buena noticia. Y supongo que las estás asesorando, ¿cierto? —preguntó eso último en dirección a Gustav. —Por supuesto, y pronto también te pedirán asesoría a ti. —¿A mí? —Es que queremos que la pastelería cuente con un sistema informático adecuado para la administración y la contabilidad —explicó Rebecca—. Queremos hacer bien las cosas desde el principio. —Eso está muy bien, cuenten conmigo para lo que sea. Cuando quieras nos reunimos y hablamos del tema. Rebecca sonrió complacida. —¡Excelente! Hoy podríamos acordar alguna reunión en tu oficina, así comenzamos a… ¡llegó Sophia! —exclamó emocionada al ver entrar a su amiga al restaurante, quien, al descubrirlos, atravesó apresurada el salón para llegar a ellos. —¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! Se me hizo un lío con… Las explicaciones de Sophia murieron en sus labios cuando el hombre que acompañaba a su amiga y a su novio se puso de pie y se giró para mirarla. Hasta la sonrisa se le borró del rostro y el corazón dejó de latirle por unos segundos. Luego de cinco años volvía a estar cara a cara con su sol, el rubio atractivo de ojos verdes y mirada de fuego con el que había estado toda una noche en el club «La Comadreja». Por el rostro impactado de él significaba que la había reconocido. Nunca la olvidó, de la misma forma en que ella jamás pudo borrarlo de su mente… ni de su corazón.
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