Nada tan sagrado en una familia como el honor de sus miembros, pero si ese tesoro llega a empañarse, por precioso que pueda ser, quienes están interesados en defenderlo ¿deben hacerlo al precio de cargar ellos mismos con el humillante papel de perseguidor de las desdichadas criaturas que la ofenden? ¿No sería razonable compensar los horrores con que atormentan a su víctima con esa lesión a menudo quimérica que se quejan de haber recibido? ¿Quién es, en fin, más culpable a ojos de la razón, una muchacha débil y engañada, o un pariente cualquiera que, para erigirse en vengador de una familia, se convierte en verdugo de esa infortunada? El suceso que vamos a poner ante los ojos de nuestros lectores tal vez pueda decidir la cuestión. El conde de Luxeuil, teniente general, hombre de unos cinc

