Para no asustar a Irene, la mujer de Raveh, Anton se vio obligado a cambiar de forma. Pasó de su cadavérica y monstruosa apariencia a la de un hombre bello y esbelto, para confundirse entre los demás. Irene juntaba agua del pozo para sus hijos, cuando vio llegar a un desconocido atractivo. El recién llegado se acercó, sediento y acalorado, directo al pozo. Al verlo en ese estado, Irene se le acercó y le dio un poco del agua que había juntado para ayudarlo. El hombre no pudo negársele. —Señor, ¿se siente bien? Él la miró directo a los ojos. En verdad, Irene era hermosa. Ella sintió lo mismo por aquel desconocido. —Sí, mucho mejor. Gracias. Irene lo ayudó a levantarse, dado que el extraño aún estaba débil. O eso aparentaba en su forma humana, ya que había aprendido de su maestro el art

