Micaela Vázquez se encontraba dormida, atada de pies y manos, en posición vertical. A su lado, el cuerpo en descomposición del Ángel Supremo era retirado por dos personas con túnicas negras. Un ruido proveniente de fuera de aquella cárcel común logró que la periodista despertara. Demoró poco en reaccionar. Cuando pudo ser consciente de su deplorable estado, se sintió humillada. Con los ojos entrecerrados vio a dos personas arrastrando un cuerpo —no pudo evitar preguntarse de quién se trataría— hacia fuera. La puerta chirrió y golpeó fuerte antes de cerrar. Unas voces llegaron a oídos de Micaela. —Es 27. El jefe está a cargo de todos los preparativos —dijo una de ellas, de tono suave. —Ya. ¿Le llevás vos el cuerpo este? —preguntó la otra, de tono amenazante y grave. —Sí, para el sacrif

