Vos le contaste a tu hermano que tenías una amante, no te dio vergüenza. Sabías que él era una piedra para guardar secretos, sin embargo su silencio costaba decir el nombre de esa mujer, es decir, yo. Esa noche, caminando por la ciudad con Javier que me contó sobre tu prometida. No éramos tan diferentes. Ya que ambas teníamos la ambición de formar parte de tu vida. Ella, sobre todo, esperaba tener cierto porcentaje de la empresa de vinos para darle un impulso más alto en el mercado, desde ya eran conocidos en nivel nacional.
Javier estaba drogado, fumando un porro, sentado a mi lado. Disfrutaba la noche, aunque quisiera que no fuese él quien esté a mi lado, drogándose con ese cigarrillo. Me quedé mirando a mi alrededor, las cosas estaban moviéndose de una forma desordenada, ¿Dónde estaban mis principios en esto? No podía quedarme al lado de Javier, me ponía muy nerviosa.
—Sé que te coges a mi hermano menor, ¿viniste para ello?—dijo Javier, al final. Me miró con el ceño fruncido.
—¿Acaso te importa? Si te fuiste sin él a Europa, le dejaste todo el quilombo en sus manos.—le inquirí, arqueando una ceja incrédula que me acusará de mis propósitos.—Dale, no me jodas.
—¿Sabes? Siempre vi tu oscuridad, Natalia. No imaginaba que tuvieras el coraje de tomar decisiones tan peligrosas.
—¿Y vos qué mierda sabes?
—Yo sé que te coges a mi hermano, va a casarse, ¿es que acaso no tenés un poco de respeto?
—¿Qué querés sacar de todo esto, Javier? Estás buscando dinero, no puedo ofrecerte nada.
—Encontraré el modo de apoyarte para sacar a Sofía del medio, nunca me pareció una mujer digna de mi hermano.—dijo, poniéndose de pie.—Vos no estás muy lejos de ser una zorra como esa mujer.
—Parece que sabes mucho sobre esto, ¿Intentaste robarles a tus padres o fue por eso que te fuiste?
Javier me miró, sus ojos marrones se volvieron muy oscuros tras mencionar aquello, poniéndolo nervioso y su sonrisa se torció de una forma maliciosa. Me tomó de los hombros, acercándome hacia su cuerpo. Apoyó su cabeza sobre la mía, apretándome tras intentar quitármelo de encima de mí. Tragué saliva. Javier siempre fue un pervertido, un mujeriego y un cobarde. Besó mi mejilla como despedida.
—Cuídate, Natalia. Las cosas serán más difíciles ¡Ah, piensa en lo que te dije! Sobre quitarnos a Sofía del medio.
No tenía idea que estaba cumpliendo mi propósito con su apoyo. Me daba escalofríos notar que Javier estaba más demente que yo. Respiré hondo, se alejó tomando mis manos, y soltándolas mientras retrocedía. Me quedó una sensación de incertidumbre. No estaba segura de confiar en tu hermano mayor, aunque tenía que hacerlo porque era muy despierto para darse cuenta que mi único objetivo era hacerte pagar las humillaciones que me hiciste al confiar en tus palabras y te olvidaste de mí. Ese era mi principal tema sobre esta venganza.
Respiré hondo, tratando de calmar mi corazón acelerado, me dio un escalofrío en todo el cuerpo erizándose mis brazos y la nuca. Este chico me daba miedo, era tan oscuro, con esa mirada que se transformaba en una especie de manipulador experto, ¿será que aprendiste de él? Pensé que tu padre te enseñó como mentir sin que te descubran o cómo utilizar el engaño. Todo lo aprendiste de Javier.
Volví a la casa. Solo quería dormir y pensar lo que proseguía.
Cuando llegué, estabas sentado en la silla de la galería, esperándome. Caminé hacia vos, después de pagarle al remis. Te pusiste de pie para recibirme. Estabas nervioso. Al abrazarnos, sentí como la vida me daba tranquilidad, y creo que vos sentiste lo mismo, porque soltaste un llanto que tratabas de esconder en la fiesta. Entramos a la casa, tomando la llave debajo de una maceta pintada como La Noche Estrellada de Vang Gogh, mi artista favorito. Encendí las luces. Fuiste a recostarte en el sillón.
—Gerónimo…
—Estoy podrido, cansado… ¿Dónde estabas?
—Estaba con…Fui a despejarme luego de la fiesta, me retiré antes que entregaran los premios.
—¡Ah, bueno! Veni, acércate. Ahora te necesito.—dijiste, limpiando las lágrimas de tu cara. Me acosté a tu lado, me abrazaste con fuerza, metiendo tus manos debajo de mi vestido, tocando mis senos con suavidad. Aquello te reconfortaba.
—Gero…No quiero que tengamos sexo hoy.
—¡Dale, vos también! Te necesito, Natalia, ¿entendés?
Giré, tomando tu rostro y te besé.
—Te quiero, Nati. Demasiado…
Me quedé callada, acariciando tu cabello rizado y besándote suavemente, buscando consolarte de una forma más dulce que lo habitual en nosotros, hasta que todo el cariño empezó a levantar temperatura entre nosotros. Tocaste mis piernas, recorriéndolas con tus manos, subiendo mi vestido y bajaste mi bombacha para meter los dedos en el orificio de mi v****a, haciéndome estremecer por el tacto. La lujuria nos tomó con fuerza. Me quitaste el vestido para estar más cómodos. La fina tela resbalaba por mi cuerpo hasta caer sobre el suelo. Me tomaste entre tus brazos, pegándome contra la pared para continuar con la creación del clímax.
—Sos tan hermosa…No puedo dejar de pensar en vos, sin meterte mi pene muy adentro.—dijiste, besando mi cuello entre palabras.—¡La tengo tan dura!
—Gero…Cógeme, ahora.—te dije, apretando mis senos contra tu pecho. Tenías la camisa abierta, dejando ver tu pecho con algo de vello. No me incomodaba, me gustaba verte así, me excitaba más que tuvieras vello en tu cuerpo, no todas las mujeres pueden agradarle eso.— ¡Cógeme, dale, no seas malo!
Escuchaste mi reclamo. Ingresaste de golpe, provocándome un espasmo de excitación que sacudió todo mi cuerpo en el placer de sentir la primera embestida. Gemí con fuerza, apretándome a tu cuerpo para no caerme, mientras me penetrabas, sosteniéndome entre tus brazos. Éramos tan sensuales, que no me sorprendía que existiera la oportunidad de cogernos donde sea y cuando sea.
—¿Te gusta?—dijiste.
—¡Quiero…chuparte el p**o!—dije entre gemidos. No me escuchaste, no paraste. Ibas a terminar de hacerme retorcerme del placer. Apretaste mis caderas—¡Ay, sí, Gerónimo! ¡Hace una buena cogida, dale!
Estaba loca de placer y lujuria, sintiéndome en las nubes del Paraíso o más bien, del infierno. Éramos tan parecidos. Sin embargo mi plan de venganza era mucho más importante para mí, que seguir enamorándome de tus engaños y mentiras. Lo siento, bebé. En serio, lo lamento.