—Por cierto, antes de que lo olvide, bienvenida nuevamente a la oficina, amiga —le digo a Nahia, mientras continuamos con nuestra tarea de tirar a la basura carpetas con bocetos antiguos y proyectos que nunca vieron la luz.
—No me digas, porque lo único que deseo es volver a mi cama y que Atticus me cocine —se lamenta ella, mientras hojea el interior de una enorme carpeta—. Aquí hay vestidos de hace dos años, pero en realidad, parecen de la época colonial.
Me acerco a ella y observo los vestidos que ella me señala y efectivamente, tienen unos falsos enormes que hacen ver un gran volumen en la parte inferior de la prenda, como un paraguas.
—Le faltaron solo los guantes largos —bromeo. Nahia los deja sobre la torre de deshechos que tenemos—. No entiendo por qué fuimos las elegidas para esta tarea tan aburrida. Deberíamos estar preparando los diseños para la nueva temporada, no aquí en el maldito sótano entre polvo y bocetos horribles hechos por personas sin un poco de sentido de la moda de este siglo.
—Es simple, Jolie —responde ella, tomando otra carpeta entre sus manos—. Alondra nos envió a buscar inspiración entre todo este desorden.
—Para lo único que me sirven estos bocetos es para limpiarme la cola cuando vaya a cagar al baño.
Nahia alza su cabeza de entre la enorme carpeta y se ríe con diversión ante mis palabras. Dibujo una sonrisa en mis labios y vuelvo a mi tarea de revisar las carpetas, porque mientras antes terminemos, mejor será.
—¿Has seguido hablando con tu nuevo amigo? —pregunta Nahia a mi lado.
—¿Con cuál de todos?
—Pues con el número equivocado —alza una ceja y me mira de reojo—. ¿Hay otro acaso?
—No te había contado, pero... —sonrío de inmediato al pensar en aquel hombre tan sexy—. Encontré al verdadero Batman.
—¡No me jodas, Jolie! —chilla. Deja su carpeta a un lado y se gira por completo hacia mí—. ¿Cómo lo encontraste?
—Le pedí a Dante que me de su número, resulta que estudiaron juntos en la Universidad, o algo así —digo, encogiéndome de hombros—. El punto es que es muy sexy, me provoca de todo.
—Explícate mejor.
—Nos hemos estado enviando fotos sexys.
Nahia me mira con picardía y luego vuelve a tomar la carpeta que tenía en sus manos.
—¿Y qué tal? —pregunta curiosa.
—Creo que le pediré que salgamos.
—Me mantienes al tanto —dice divertida y yo asiento sin dudar, porque Nahia es mi mejor amiga y confidente— Por cierto, con Atticus queremos invitarte a cenar hoy con nosotros.
—¿Y eso por qué? —cuestiono—. Bueno, no es que no quiera ir, solo pregunto.
—Solo es una cena. Además, falté una semana al trabajo, debemos conversar sobre muchas cosas, por lo que veo —dice, pero sé que hay algo que no me está diciendo, aún así, lo dejo pasar.
Continuamos revisando viejos bocetos por al menos dos horas, hasta que decidimos que ya es momento de subir a la oficina para salir a almorzar. Nahia y yo vamos hasta el ascensor que nos lleva a la planta donde está nuestra oficina y la de Alondra. Cuando llegamos a nuestro destino es obvio que algo no va nada bien con nuestra jefa, porque ella está gritando fuera de su oficina.
—¡No puedo creerlo, maldita sea! —chilla Alondra, con tanta furia que llega a asustarme—. ¡Ya vete al diablo, Izaro!
Junto a Nahia nos quedamos estáticas en la salida del ascensor, mientras nuestra jefa patalea y grita desesperada. Observo como su novio sale del interior de su oficina y observa a Alondra con tristeza. Realmente no me gustaría estar en su lugar en estos momentos.
—Hablamos cuando estés más calmada, Alondra.
Luego de decir esto, aquel hombre se marcha de la oficina, pasando por nuestro lado con la mirada apuntando hacia el suelo. Alondra lo ve marcharse y poco a poco sus ojos se llenan de lágrimas, pero su orgullo es demasiado grande como para que se muestre débil frente a alguien, mucho menos, permitiría que un hombre la vea así de vulnerable.
—¿Ustedes qué? —pregunta, cruzándose de brazos y observándonos a mi mejor amiga y a mí.
—Nada jefa… —digo, sin saber bien qué decir—. Solo veníamos a comentarle que hicimos lo que nos pidió y…
—Por lo menos alguien me respeta en esta maldita oficina —escupe las palabras con un deje de superioridad que no me gusta para nada, pero que ella suele ocupar a menudo con todos los que trabajamos aquí en la oficina.
Alzo una ceja hacia ella y disimuladamente le doy un codazo a Nahia, para que diga algo y no me deje hablando sola como una estúpida.
—¿Necesita algo, jefa? —pregunta mi amiga con cortesía. Alondra se queda en silencio y nos observa fijamente, pero sin quererlo, una lágrima se escapa de sus ojos y corre libre por su mejilla.
—Yo… —susurra. La observo tragar saliva con dificultad y hasta yo puedo sentir el nudo que se ha formado en su garganta.
Alondra Fernandez siempre se ha mostrado al mundo como una mujer fuerte, implacable y poderosa, por lo que entiendo que esta situación debe ser muy humillante para ella. En cierto modo, admiro a mi jefa, porque aunque es una persona difícil de llevar e incluso, desagradable, ha logrado construir mucho dentro de esta industria tan competitiva y machista.
—No se preocupe —me acerco hasta ella y sin pensarlo, la rodeo con un fuerte abrazo. Al principio su cuerpo se tensiona automáticamente, pero luego se relaja y hasta me devuelve el abrazo, lo que me sorprende de sobremanera.
—Gracias… —susurra—. Nahia, ven y cuéntame qué descubrieron —señala alejándose de mí y veo que las lágrimas en sus ojos se han incrementado, pero me armo de empatía e ignoro eso.
Mi amiga la sigue y ambas entran en la oficina de Alondra. Mientras escucho que ellas conversan respecto a los bocetos que encontramos, aprovecho para revisar mis correos electrónicos y ponerme al día con una que otra deuda de mi apartamento.
Las puertas del elevador se abren y un par de ojos azules se posan en mi rostro, observándome con una sonrisa divertida, como siempre.
—Señor Romano, ¿qué lo trae por aquí? —pregunto con una sonrisa en los labios.
Esteban alza una ceja y camina hasta mí, para quedar de pie frente a mi escritorio, observando el desastre que hay en la oficina, hojas tiradas en el suelo, lápices regados por el piso y además, no hay ningún otro trabajador por aquí, lo que indica solo una cosa:
—Alondra está de mal humor —señala. Asiento con la cabeza, confirmando su hipótesis—. ¿Para qué debo prepararme?
—No soy chismosa, por si quieres saber qué pasó en esta oficina —bromeo, guiñandole un ojo al rubio. Él me da una mala mirada, pero luego me sonríe.
—No te preocupes, seguro Alondra me cuenta el chisme —se encoge de hombros—. Después de todo, ella me llamó pidiendo ayuda.
—Buena suerte, Esteban.
Y sé que no la necesita, porque él y Alondra sin amigos de la infancia, de los que son inseparables y confidentes el uno del otro. Se nota a kilómetros que la amistad que tienen es muy fuerte, de esas que solo se tienen una vez en la vida. Incluso, muchas veces hemos comentado con Nahia que Esteban es el único con la capacidad de calmar los nervios de nuestra jefa.
—Por cierto, ¿seremos amigos de los que no se besan? —cuestiona. Lo observo con una sonrisa divertida y bufo, con fingido fastidio, porque es claro que él solo está bromeando conmigo.
—Ahí vas otra vez con lo mismo. Luego tú dices que soy yo la egocéntrica.
—Pues lo eres, Jolie —me guiña un ojo y luego señala con su mentón la puerta tras de sí—. ¿Quién está dentro con mi querida amiga?
—Nahia, pero te aseguro que ella agradecerá que la rescates. Estuvimos toda la mañana en el sótano revisando horribles bocetos… —suspiro, recordando lo desagradable de aquel trabajo.
—Por tu bien, yo no diría eso en frente de Alondra —aconseja—, porque son bocetos hechos por ella misma.
—¡No jodas! —chillo espantada—. Creo que es muy tarde para esa advertencia.
Nahia sale de la oficina con los labios apretados, intentando aguantar la risa y Alondra viene tras ella con el rostro rojo a causa de la furia, pero que se suaviza cuando se encuentra con Esteban.
—Hola, Esteban —saluda Alondra, dejando un beso en la mejilla del rubio—. Jolie, necesito tu opinión profesional sobre los bocetos que encontraron en el sótano.
Miro de reojo a Esteban, quién me mira con burla y esperando a que yo fracase frente a Alondra.
—Me parecen muy al estilo colonial —digo, sin decir nada en realidad. Nahia se queda a mi lado y tiene la mirada pegada al piso, lo que me indica que ella ya le dijo nuestra verdadera opinión a Alondra—. Creo que no es un estilo que vaya en concordancia con la línea de la marca, en realidad —intento decirlo de una forma muy objetiva, lo que parece agradarle a mi jefa, porque ya no me mira con rabia—. Si le soy sincera, creo que Imperio es una marca que está enfocada a las jóvenes adultas, que tienen un estilo más chic. Los vestidos que vimos son antiguos, los colores son apagados y hablando de eso, con Nahia hemos estado trabajando mucho en la nueva temporada de verano y tenemos varias propuestas, entre esas, recargar de color las prendas, de acuerdo a las tendencias…
—¡Ya, basta! —me interrumpe Alondra con un solo movimiento de mano. Se voltea hacia Esteban y le sonríe de medio lado—. Tenías razón en que este parcito serían un buen elemento en Imperio.
Abro los ojos con asombro hacia el rubio, quien arruga las cejas y desvía la mirada un tanto avergonzado.
—Bueno, nos tenemos que marchar, Alondra. Hice una reservación en tu restaurante favorito —murmura Esteban, jalando el brazo de nuestra jefa, quién lo observa con diversión.
—No pensé que fueras tan tímido, querido —menciona ella, mientras se alejan poco a poco de nosotras y antes de subir al ascensor, se gira y nos señala con su dedo índice—. Ustedes dos, tienen la tarde libre. Eso sí, mañana quiero a primera hora esos diseños de la nueva temporada, quiero darles un vistazo.
Y luego, ella se marcha en compañía de Esteban, quien me guiña un ojo. Anoto en mi agenda mental el aclarar con el rubio lo que Alondra mencionó sobre Nahia y yo, porque de ser como entiendo, gracias a él y su recomendación, estamos aquí junto a mi mejor amiga.
—Creo que a Alondra le gusta Esteban —murmura en voz bajita Nahia.
—¿Ya viste a su novio? —respondo, en el mismo tono de voz—. Esteban es guapo, pero no es competencia para ese hombre. Además, son como hermanos, se conocen desde los pañales.
—Que va —Nahia se encoge de hombros y luego toma su bolso—. Vamos a comer y luego nos marchamos. ¡Tarde libre, amiga!
Asiento con una sonrisa en los labios y ambas abandonamos el edificio para ir a almorzar juntas al mismo restaurante de siempre. Observo la carta de comida, decidiendo si pedir una ensalada César o algo más sabroso, como papas fritas con salsa de queso.
—¿Qué hora es? —me pregunta Nahia. Tomo mi celular para observar la hora y de inmediato mis ojos recaen en el nuevo mensaje que he recibido por parte del falso Batman.
¿Estás ahí, desconocida?
Me quedo en blanco al leer su mensaje, porque hace más de una semana no sabía de él y he estado tan metida en mis conversaciones con el Batman real, que no había vuelto a pensar en él. La curiosidad quiere ganarme y responderle de inmediato, pero luego me digo a mi misma que no hay apuro.
—Es hora de comer —digo, saliendo de mis pensamientos. Nahia rueda los ojos y toma su propio celular para observar la hora, lo que me hace soltar una carcajada, ante la desesperación.
Bloqueo mi celular sin dejarme tiempo a volver a pensar en aquel número equivocado.