POV KASANDRA
El tiempo sí que pasa volando, bueno, con un hombre como Enzo los días no se sienten. Llevo un mes trabajando con el señor Bianchi. Tal como me lo pintó desde el inicio, esto no es ningún paseo por el parque. El tipo cambia de ánimo a cada instante y eso me hace explotar. Eso sí, ya le agarré el modo: si te portas bien, él también. Pero si le caes gordo... uff, mejor corre. En serio, no exagero. Es un hombre impredecible.
¿Yo? Hasta ahora he logrado que no me levante la voz. Bueno, ok, una vez sí me gritó, pero fue más por una confusión que por culpa mía. No cuento eso.
El fin de semana pasado me escapé a casa, necesitaba un respiro. Lástima que no vi a Daniel, se lo llevaron a Inglaterra por trabajo. Él anda en negocios, así que vive de aeropuerto en aeropuerto. Al menos creo que él tiene una vida más interesante que la mía.
Sigo viviendo con Luther y Leonor. Son lo máximo, de verdad. Nos hicimos buenos amigos. Igual ya vi un departamento que me gusta y la renta me alcanza, así que si todo sale bien, me mudo en tres semanas. No puedo colgarme de ellos para siempre.
Hoy es lunes. Me toca ver al rey del mal humor. Sí, así le digo yo en mi cabeza a Enzo Bianchi.
—¡Qué pasa, Martina! —saludé en cuanto crucé la entrada.
—Buen día, Kas. ¿Cómo vas? —me dijo con su sonrisita de siempre.
—Todo en orden. El señor Bianchi no está tan terrible como dicen.— bromeé como siempre.
—¡Qué suerte la tuya! Por ahí lo pintan como la misma muerte —dijo con una guiñada cómplice.
—Yo también escuché eso. Bueno, me voy, que en cualquier momento aparece.— le regresé el mismo gesto.
—Suerte, reina.— se despidió con una bonita sonrisa.
—Gracias, que tengas buen día tú también.— le dije.
*
POV ENZO
Apenas crucé la puerta de mi oficina, noté que todo estaba en su sitio, como siempre. Kasandra se estaba luciendo cada vez más; puntual, aplicada. Pero ni su eficiencia ni el aroma del café podían arreglar el mal humor que me cargaba.
Ese día amanecí con una bomba entre manos: el New York Times me había dedicado una nota venenosa. Y no cualquier chisme de esos que uno aprende a ignorar. No. Este artículo era una acusación directa a mi ética como empresario. Que si manipulo números, que si vendo cosas defectuosas, que si engaño a los clientes. Un ataque frontal. Y aunque ya había soportado otras notas ridículas antes, esta cruzó la línea.
—Buen día, señor Bianchi —dijo Kasandra entrando con su sonrisita y una taza caliente.
—Llama al de prensa. Ya. Y cancela todas mis reuniones. Hoy no quiero que nadie me joda —le solté sin anestesia. No estaba de humor para nadie. Y cuando digo nadie es nadie.
Frunció el ceño, confundida.
—¿Pasó algo? ¿le puedo ayudar?
—¿Tu no lees el diario, o qué? —le solté, seco, y sin esperarla, le encajé el periódico en la mano.
—Mira el titular.— le señalé la parte que me interesaba.
Lo vio, me miró, y dijo:
—Ya lo leí, señor Bianchi.
—¿Y con todo y eso me preguntas si estoy bien? —casi escupí las palabras.
—Usted es una figura pública, va a tener que acostumbrarse. Siempre van a hablar —me dijo, como si yo no supiera.
—¿Me estás dando cátedra ahora, Kasandra? Mira, ya he tragado mucha basura publicada sobre mí. Pero esto... esto afecta mi nombre, mi empresa, mi gente. Esto no se ignora, se revienta de raíz. Así que haz lo que te dije.
Ella me clavó la mirada con esos ojos entrecerrados y dijo, con tono firme:
—Como usted diga, señor Bianchi. Como usted diga…
*
POV KASANDRA
¡Qué tipo más pesado! ¡Qué ganas de estrellarle el café en la cara! ¿Quién se cree que es, gritándome así? Yo solo trataba de ayudarle a aclarar el asunto, pero no, él tiene que lanzarse con todo su discurso de superioridad como si yo fuera una ignorante.
Por favor... ¡como si un artículo de opinión fuera suficiente para tumbarle la reputación que se ha ganado en el mercado! Todo el mundo le tiene respeto en el mundo corporativo. Un papel más o menos no le va a mover el piso.
Y, la verdad... ¿por qué me afecta tanto? Seguro que su jefe de relaciones públicas ya le dirá lo mismo, con palabras más finas y corbata bien puesta. Es un ogro que solo piensa con el trasero y no con el cerebro.
*
Pasaron tres largas horas hasta que el jefe de relaciones publicas salió del despacho con cara de haber corrido un maratón... sin agua. Se notaba que el humor de Enzo le había sacado hasta el último suspiro.
Mi intercomunicador pitó. Ya sabía lo que se venía.
Entré, con el cuerpo tenso como si fuera a recibir una descarga eléctrica. Ya estaba lista para la pelea o algún comentario sarcástico de los suyos.
—¿Sí, señor Bianchi?—. Mi cara, de piedra.
—Necesito un café especial, Kasandra Stein—, me soltó con una sonrisa ladeada.
No pude evitar que se me escapara una media sonrisa. ¡Qué desgraciado encantador! Aún siendo un ogro siempre luce sexy, eso no me gusta para nada.
—¡Al instante!—. Me giré, lista para salir volando de ahí.
Pero justo cuando iba a dar el primer paso, una mano me sujetó la mía. Obvio, era él. No había nadie más en ese cuarto de tensión... y de algo más.
Me revoloteó el estómago. Mariposas, abejas, lo que fuera. Y me solté con un:
—¿Qué pasa?—, tratando de no perder la compostura.
—Siento haberte gritado antes, sin razón—. Su mano apretó un poco más la mía.
Y fue como si mi interior explotara. ¡Trágame tierra! ¡Ese toque tiene algo! ¡Cálmate, Kasandra! ¡No te me desmorones! Solo se está disculpando, no actúes como una chica de las que se emocionan con facilidad.
—¿Tú... estás pidiéndome perdón?—. Lo miré. Aún no lo podía creer. Sabiendo que es un tipo más duro que una piedra.
—Sí. ¿Me perdonas?—. Dio un paso. Estábamos tan cerca que el aire se volvió pesado. Quería retirarme de él, pero mi cuerpo se quedó congelado.
—Sí. Te perdono—, respondí, aunque tuve que moverlo con suavidad para no perder el aliento.
—Lo sabía, señorita Stein. Ahora, por favor... mi café—. Sonrió como si nada y se dejó caer en el sillón. ¿Qué le pasaba a este tipo? Siempre me sorprende la forma de cambiar su estado de ánimo.
Yo solo asentí, muda, y salí de ahí con el corazón galopando.
Apenas crucé la puerta de la despensa, me llevé la mano al pecho. ¡Respira, mujer, respira! Enzo me tiene alterada. Me desarma con una mirada, con un gesto, con esa voz...
Ni siquiera con Aarón me sentí así. Y con este hombre solo cruzamos unas cuantas palabras y ya me tiene mal.
¡Carajo! ¡Qué calor me da este hombre! Y más entre las piernas.