POV Allegra Cacciamani El silencio que siguió al portazo de Dante fue ensordecedor, pero no tanto como el ruido de mi propia sangre galopando en mis oídos. Me quedé sentada sobre la madera fría del escritorio de Darien, con las piernas colgando y el cuerpo temblando violentamente, no de frío, sino de una sobrecarga sensorial que me dejaba mareada. El aire del despacho olía a polvo antiguo, a tinta, a la colonia costosa de Dante y, de manera inconfundible y vergonzosa, a sexo. A nosotros. Mi esposo... ese maldito animal que se hacía llamar mi esposo, había hecho con mi cuerpo lo que quiso. Me llevé una mano a los labios, que palpitaban hinchados y sensibles. Dante no me había besado con amor; me había devorado. Me había mordido el cuello, las clavículas, marcando mi piel como un de

