Támesis:
Camino por el pasillo del instituto, sosteniendo mis libros de Técnicas Antiguas bajo mi brazo derecho. Mis pasos son vacilantes y realmente no le presto atención al camino, suponiendo que es el que me llevará a la biblioteca.
Mis pensamientos están perdidos en mis entrenamientos. Ahora que por fin he logrado entrar al torneo, debo esforzarme aún más. Tengo que luchar y ganar sin dejarle ver al mundo quien soy realmente, en otras palabras, sin usar la totalidad de mis poderes.
Y si son tan grandes como afirma Belial, mejor no los uso en absoluto.
Ahriman me podría delatar. Algunos profesores de esta escuela son tan antiguos como los demonios más viejos del Inframundo, por lo que estoy segura que reconocerían la espada de Lilith donde quiera que la vean. Y ni hablar de Ormuz, ella es toda luz y bondad, incapaz de mentir, delata cada uno de mis secretos, sin contar que es casi imposible de domar.
Suelto un suspiro de frustración y sacudo ligeramente la cabeza, tratando de no pensar más en eso. De igual forma ya mi hermano se está encargando de ese asunto.
—Támesis —escucho una voz que me saca de mis cavilaciones.
Me doy la vuelta y mi mirada da de lleno con la totalmente negra de Belial.
Detengo mi caminar para que pueda alcanzarme. Mi hermano no se apresura en llegar a mi lado, sino que hace gala de su actitud tranquila y elegante. Hoy lleva puesto una chaqueta de cuero con cuello alto, encima de una camiseta negra y unos jeans. Por primera vez en mucho tiempo veo su cabello suelto, cayendo en unos perfectos rizos hasta rozar sus hombros.
Camina con lentitud mientras lleva sus manos dentro de los bolsillos de los jeans. Al fin me alcanza y reanudo mis pasos.
—¿Qué sucede? —Pregunto sin mirarlo realmente.
—Ya encontré lo que necesitas —me informa con total tranquilidad.
—¿En serio? —volteo hacia él, casi incrédula.
¿Tan rápido? Había calculado que le llevaría al menos un mes localizar su objetivo. Nunca desconfíe de su buen trabajo, aunque no pensé que se superaría a si mismo. Pero claro, él es un Lilim, eso no debería sorprenderme.
Se encoge de hombros y sigue caminando.
—Primeramente tuve que buscar un arma que conozcas bien, con la que te sientas cómoda al pelear. Segundo, debía ser apta para matar a seres sobrenaturales, principalmente demonios, o al menos hacerle un gran daño. Y por último, que no canalice tus poderes, sino que los reprima lo máximo posible.
—¿Y se supone que encontraste un arma con todos esos requisitos tan rápido? —Pregunto algo curiosa, mirándolo de reojo.
—Pues sí. La duda ofende —afirma con sobervia, pero casi al instante su voz se torna cautelosa. —Solo hay un pequeño problema.
Obvio no podía ser tan fácil.
—¿Cuál es el problema?
Se toma su tiempo para responder.
—Está en manos de un demonio muy antiguo. Más viejo que el mundo mismo. Se dice que fue uno de los Ángeles Caídos.
Frunzo mis labios hasta convertirlos en una fina línea. Respiro profundo y cierro mis ojos, buscando otras posibilidades.
—¿Qué tan buena es esa arma? —Murmuro, necesitando saber si vale la pena el riesgo.
—Es una larga historia —suspira.
—Hay tiempo.
—Bueno... —hace una pausa donde solo el sonido de nuestros pasos llena el silencioso pasillo. —Hace muchos milenios atrás, surgieron en el mundo unos antiguos espíritus. Siete específicamente —comienza a explicarme, resumiendome un tema del cual no sabía mucho. —Estos estaban al servicio de Lucifer, encargados de plantar en la humanidad las tentaciones y pecados que los guiarían a la perdición.
Por un segundo noto su mirada oscura enfocada en mí. Asiento levemente para indicarle que sabía de quienes hablaba.
—Como sabrás, muy pronto se aburren de esto, por lo que son obligados por Lucifer a buscar unos sustitutos para su trabajo sucio. La mayoría solo buscaron entre la misma humanidad, pero un par de ellos tuvieron problemas. Uno simplemente se limitó a crear a su propio sustituto, demaciado fácil; pero al otro se le fue imposible, así que se le otorgó un demonio para que lo representara —saca una mano de su bolsillo y la pasa por su cabello, acomodándolo hacia un lado. —Este último espíritu incapaz de crear, en realidad era muy fuerte, pero no podía controlar sus poderes, por lo que su nuevo guardián fue encomendado a crear un arma para controlarla. Arma que ese arrogante espíritu nunca usó, por cierto, y eso le costó la vida. Ahora esa arma está en manos del guardián —su voz se vuelve un susurro, como si fuera un secreto. —Se dice que en realidad no fue él el que creó la falcata de su pecado, se cuenta por ahí que en realidad se lo pidió a la chica del cual él está enamorado, la más antigua.
—Una falcata, ¿eh? —Digo de forma pensativa. Es muy parecida a una espada, proveniente de la Península Ibérica. Una de las armas con las cuales me entrené de más en el pasado.
—Sí, eso es. Y por lo que he escuchado, esa falcata es toda una leyenda, ya que la más antigua es considerada una de las mejores en las artes de la herrería, proporcionándole magia a sus obras casi perfectas.
—Así que... mi mejor opción es arriesgarme a ser atrapada y rezar a Dios por que todo salga bien —digo con un tono burlon, más para mi misma que para Belial.
—Así es —responde de igual forma antes de detenerse para contemplar mi rostro. —Entonces, ¿te animas?
Me detengo también, mirándolo por unos segundos de más, pensando.
—Bueno, si no hay otra opción... —decido al fin con un ligero encojimiento de hombros.
Asiente con aprobación y se lleva las manos al cabello nuevamente.
—Bien. Nos vemos esta noche —y sin más, reanuda su marcha hacia sabrá el Altísimo dónde.
—¡Espera! —Exclamo y me apresuro para detenerlo, poniendo una mano en su hombro. Belial me da una mirada significativa. —Y dime, ¿cómo se llama ese Ángel Caído?
Una pequeña sonrisa se apodera de los suaves labios de mi hermano.
—Amon. Uno de los Príncipes del Inframundo.