Despedidas

1353 Palabras
Ash-eniel: —Iré —afirmo después de que mamá termina de explicármelo todo. Ella asiente en acuerdo, dejaba la desición en mis manos. Papá, quien yacía arrecostado contra la pared y de brazos cruzados, no dijo nada. Estaba seguro que él le confiaba su vida a mamá con los ojos cerrados. —¿Es realmente necesario que vayan nuestros hijos? —Pregunta el tío Deron, sentado en uno de los sofás con un plato de papas fritas en el regazo. Mamá lo fulmina con la mirada antes de fijarse en el otro joven de cabello n***o, ojos cafés, piel morena y de unos 19 años. —¿Tienes algún problema con que Jibriel acompañe a Ash? El tío Belfegor hace una ligera mueca de indiferencia. —Ninguno. Esa enana sabe cuidarse sola. La mirada eléctrica de mi madre se posa en la grisácea de Acidia. Ella tiene la cabeza recostada en el hombro de su pareja. Sus rizos negros callendo por sus brazos, sus aparente 17 años afectados por sus facciones suaves, dándole un aire de niña. —Mientras cuide a mi pequeña, estoy de acuerdo —responde a la pregunta silenciosa de su amiga. Luego es el turno de Belcebú. Ella se pone un poco inquieta al encontrarse con la atenta mirada del pecado de la lujuria. Su pelo lacio de color castaño está recogido en una coleta. Sus ojos ámbar aumentan su belleza natural y, de entre nosotros, es la que parece ser menor. —Mi hijo ya es bastante mayor. Si me promete que se cuidará, pues no me opongo. —Bien —dice mamá, regresando la mirada hacia Deron. —¿Ves? Tú eres el único que está en contra. Él aprieta la mandíbula y entrecierra los ojos de forma acusatoria. Observo con diversión su cara de niño regañado y luego como se lleva una papa con ketchup a la boca sin cambiar su expresión. Seguro está pensando algo como: Joder, es muy difícil negarle nada a la mismísima Luxus. Y, créeme, lo entiendo perfectamente. —Así que, chicos... —dice, dirigiéndose a mis hermanos, quienes están sentados en el alfeisar de la ventana —...ya pueden ir recogiendo sus cosas. Se van mañana —sentencia mamá con toda convicción. Jibriel baja de un salto y da brinquitos de alegría por haberse salido con la suya. Sus cortos rizos negros dan botes de un lado al otro mientras salta y sus ojos cafés brillan de felicidad por tener la posibilidad de ir a un lugar libre de padres. Parece una adolescente en plena etapa de desarrollo y, si lo miramos desde la perspectiva de un inmortal, podría ser así. Su 1.61 m de altura y sus facciones aniñadas hacen que sus cortos 30 años se vean reducidos a 17. Sin embargo Mijaíl parece algo indiferente a la noticia de cambiar su forma de vida. Continúa sentado en el alfeisar sin apartar sus ojos ámbar de Jibriel. Con una mano desordena sus mechones de ese extraño color n***o azulado tan parecido al de su padre. Sus músculos se contraen cuando hace fuerza para bajar y arrecostarse contra la pared hasta que demos por finalizada nuestra charla. Es mucho más alto que todos nosotros, casi llegando a los 2.00 m, a pesar de que fue el último en nacer, no hace más de 22 años. A esa edad yo aparentaba sólo 11, pero al parecer la inmortalidad no es la misma para todos, ya que él parece tener mi edad. Papá se aparta de la pared y camina hasta donde estamos mamá y yo. Pone una mano sobre la cabeza de su mujer y luego sonríe cariñosamente. —Creo que ahora sí debemos hacer a otro mini Asmodeo —le susurra en forma de broma. —O tal vez una pequeña Luxus. Mamá se ríe y niega con la cabeza. Toma la mano que papá había apoyado allí y entrelaza los dedos con los suyos. —Luego hablamos de eso, gatito. Pongo los ojos en blanco. A veces es imposible estar cerca de estos dos sin sentirse algo solo, celoso o asqueado. —Ash —me llama mamá y me pone una mano en mi antebrazo. Poso mis ojos en los suyos, —ten mucho cuidado. Tienes permiso para usar todo tu poder. No te dejes manipular ni envolver. Cuida de los chicos y no confíes en nadie. Si necesitas ayuda, ya sabes que hacer. Asiento con la cabeza y dejo un cariñoso beso en su frente. —Realmente espero que encuentras la solución a tu problema —continúa ella, haciendo referencia a mi maldición. Abro los ojos con sorpresa al escuchar esto último. —¿Qué problema? —Pregunta papá, un poco desconcertado. Mamá bufa y suelta una risita burlona. Suelta su mano y da un paso hacia mi. —Ah, casi se me olvidaba. Tengo algo para ti —dice antes de sostener mi hombro y desmaterializarse, llevándome con ella. Las náuseas características de la teletransportación se apoderan de mi estómago. Cada una de mis partículas viajan a la velocidad de la luz de forma separada hasta nuestro destino. Al materializarnos en la habitación de mamá, ella no deja pasar un segundo antes de dirigirse a su armario y abrir sus puertas de par en par. Observo a esta joven de 18 años agacharse y buscar el compartimento donde guarda sus armas. Abre el cajón y sus ojos se iluminan cuando vislumbra lo que quería. Sus finas manos se introducen para tomar el contenido y sacarlo fácilmente. La luz que entra por el ventanal de cristal que da paso al balcón se topa con una complicada y bien tallada hoja de metal. Sostenía con cuidado una daga de aspecto tan hermoso que se te hacía difícil apartar la vista de ella. Su longitud era de unos 40 cm de largo y cerca de 5 cm de ancho. La empuñadura estaba forjada en plomo he incrustados en ella había pequeños pedazos de lapislázuli y turquesa repartidos al rededor. La hoja de la daga tenía un intrincado diseño gravado a todo lo largo en el centro de la misma, parecían pequeñas letras en un lenguaje antiguo. Todo en ella gritaba belleza y elegancia al mismo tiempo que peligro y poder. Centelleaba completamente por su color plata y sus preciosas joyas de distintos tonos de azul. Mi madre no esperó más para sacar otra del mismo cajón. Era idéntica a la anterior, con las mismas runas he intrincado diseño. Al ver a estas gemelas entendí que serían mis compañeras por el resto de mi existencia. —Mamá, son hermosas —es lo único que sale de mi boca después de la primera impresión. Una sonrisa orgullosa se apodera de sus labios. —Lo son —se encoge de hombros. —Las hice para ti. Mamá se incorpora del suelo y camina hacia mí. Me tiende las dagas y yo tardo unos segundos más en tomarlas, cautivado por su belleza. —Estas son capaces de canalizar tu poder. No son restricciones, sino que te ayudarán si hace falta —continúa mientras yo envuelvo mis manos al rededor de ambas empuñaduras. —Cuidalas bien, hijo mío, y no tengas piedad con el que te quiera hacer sucumbir ante su voluntad. Sonrío por sus palabras y dejo que se lance a mis brazos, atrayendome a uno de esos escasos abrazos maternos. La abrazo como puedo con cuidado de no cortarla y apoyo mi barbilla en la coronilla de su cabeza. —No te preocupes, mamá. Se te olvida que soy tu hijo —digo en forma de broma y ella se ríe por lo bajo. —Eso no se dice. Para cualquiera, yo soy tu hermana menor. Recuerda que tenemos la misma edad —me da un golpecito cariñoso en el hombro, dándole un toque divertido a sus palabras. —Te voy a extrañar, mamá —susurro contra su pelo, mientras hinalo su perfume y el olor acaramelado de su shampoo. —Y yo a ti, mi niño —me acaricia la espalda y me aprieta fuertemente contra su pecho. —Y yo a ti.
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