El curso iba avanzando y ni siquiera en clase podía olvidarme de Fran. Los laboratorios no me iban mal, pero a la hora de estudiar no conseguía concentrarme en nada, en mi cabeza siempre estaba Fran.
Después de aquel fin de semana las cosas habían seguido como antes con los picos, las miradas y las sonrisas, con la diferencia de que Fran había aparecido con una chica algunos días. Yo intentaba que no me afectase, pero lo hacía. Intentaba guardarlo todo en mi interior porque sabía que nunca habría nada entre Fran y yo, nada real, solo algo platónico, quizás incluso un poco obsesivo.
Y así fueron pasando las semanas y los meses… de lunes a viernes: clases, laboratorios y horas de estudio (poco productivas) en la biblioteca; sábados y domingos tocaba estudiar en casa; y los viernes y sábados por la noche salíamos a bailar.
Con el paso de las semanas, al menos una de nosotras encontró el amor. Bea dejó de enrollarse con Jay y empezó a salir con Rober, el DJ del pub. Él estaba locamente enamorado de ella, era una bellísima persona y yo confiaba en que él y su amor hiciesen que Bea sentase su cabeza loca.
Después de los exámenes del primer cuatrimestre, un día habíamos quedado Lidia, Bea y yo para ir a cenar a un bar nuevo en el barrio. Nos habíamos ido de compras unos días antes y ese día las tres estrenábamos modelito. Yo llevaba una minifalda ajustada a las caderas con un top y unas botas altas, y mamá me había regalado un abrigo de cuero entallado y largo hasta la rodilla que llevaba abierto porque no hacía nada de frío para la época en la que estábamos. No solía vestirme toda de n***o, pero aquel día sí lo hice, sólo un collar verde jade adornaba sobre mi top dando un toque de color a juego con mis ojos y mi maquillaje sutil de siempre.
Mientras íbamos por el paseo nos encontramos con algunos chicos que venían al instituto con nosotras, de lejos sólo había reconocido a un par de ellos y aunque eran del grupo de Checo no me alteré porque sabía que él vivía fuera de Madrid. Habíamos dejado de salir por el barrio, siempre nos íbamos a otros barrios o al centro de la ciudad. Lo habíamos hecho por mí, por todo lo que pasó con Checo… pero según nos acercábamos a aquel grupo le vi, de repente le tenía otra vez delante de mí, sin esperarlo, sin imaginarme que eso pudiese volver a pasar, él estaba en ese grupo y se veía mucho más guapo que siempre. Al cruzarnos con su grupo, hubo algún “hola” intercambiado, pero yo no dije nada y él tampoco. Me quedé completamente paralizada, ni siquiera pude pestañear, sólo le seguí con la mirada mientras mis pies estaban clavados en el suelo. Le vi sonreír cuando me miró a los ojos, pero noté algo extraño en aquella sonrisa, algo diferente al Checo que yo conocía, lo único que vino a mi mente fue que algo no iba bien. Pero no hice nada, él quiso que nos separásemos, él se fue a vivir fuera de Madrid sin dejarme participar de ninguna decisión sobre nosotros dos, aunque realmente no había habido un “nosotros”, sólo fuimos un chico y una chica que se enamoraron en el instituto y que tuvieron una bonita amistad.
Me quedé ahí parada un tiempo, no sabría decir cuánto, hasta que Lidia me devolvió a la realidad.
- ¿Estás bien, Desi? – me preguntó preocupada agarrándome del brazo.
- Sí, creo que sí – dije con la voz un poco temblorosa.
Seguramente no me habían creído, pero reanudamos la marcha para llegar a nuestro destino para cenar. Era un bar gallego y había muchísimos platos típicos de Galicia, pedimos muchas cosas para probarlas y estaba todo riquísimo, pero aparte de probar un poco de cada cosa, poco más cené. La comida no me pasaba bien, tenía un nudo en mi interior… tenía que intentar ocultarlo, con mis amigas era difícil, nos conocíamos demasiado, pero tenía que intentar disimular.
Qué guapo estaba… seguía siendo el mismo chico con el que tantas noches soñé. Pero a la vez tenía algo distinto… su mirada era seria, parecía más mayor… pero también parecía no ser feliz. ¿Qué le habría pasado para verse así? ¿Estaría bien en su actual destino? ¿Estaría todo bien con su familia? Quizás incluso tenía a alguien a su lado… no, si tuviese a alguien a su lado estaría más feliz, se notaría en sus ojos, pero sus ojos no eran felices, lo noté al fijarme en su mirada y en su sonrisa. Quizás encontró el amor, pero algo se torció y su corazón se rompió… una chispa malvada se me pasó por la mente, si era eso por fin se sentiría como yo. Nunca había tenido pensamientos así respecto a él, se sintió bien por un instante, pero después me arrepentí, yo no solía desearle mal a nadie y él tampoco lo merecía, por mucho dolor que yo hubiese sentido durante mucho tiempo después de nuestra separación.
- ¡Desi! – Levantó la voz Lidia y la miré.
- ¿Por qué gritas si estoy a tu lado?
- Pero si llevo media hora intentando que vuelvas a la conversación – dijo ella. – ¿Se puede saber qué te pasa? ¿En qué demonios estás pensando que llevas sin hablar y sin comer en toda la cena?
- No pasa nada.
- Vale tía… no empieces otra vez. Todas hemos visto a Checo – resopló. – Empieza a soltar qué está pasando por tu cabeza.
Levanté las manos en signo de derrota. Odiaba que me conociesen tan bien. Bea y Lidia me miraban expectantes esperando a que hablase y Lidia me insistía moviendo su cabeza para animarme.
- Está bien. Vosotras también le habéis visto. Decidme una cosa ¿le habéis visto como siempre o diferente?
- Yo le vi como siempre – dijo en seguida Bea.
- ¿Qué le has notado Desi? – preguntó Lidia con un poco de preocupación.
- No lo sé – dije. – Sus ojos, eran diferentes. Sé que algo no está bien. Sus ojos no estaban felices.
- Pero Desi, lleváis mucho tiempo sin veros y sin hablar. Pueden ser miles de cosas y eso no significa que él esté mal, simplemente quizás hoy no tenga un buen día. – Lidia intentó quitarle importancia. – Intenta no pensar en ello.
- Sé que tienes razón, pero verle hoy tan cerca ha dolido un poco – agaché la mirada.
- Ni se te ocurra llorar – dijeron Bea y Lidia a la vez con cara de pánico.
Eso me hizo reír. No sé de dónde salió mi risa. Era una risa sincera porque salió sin más, sin pensarlo. Me hicieron gracia sus caras.
Mi corazón, o lo que quedaba de él, no estaba feliz, pero ya me empezaba a acostumbrar a eso y tenía que seguir tirando hacia adelante. No me podía quedar estancada en mi amor adolescente, nadie se muere por un mal de amores en el instituto.
Nuestra noche tenía que continuar. Y nos esperaban unas cuantas copas y unas cuantas horas de baile. Desde que Bea me contó lo de Fran habíamos continuado con el juego de los picos, pero se acabaron las miradas y los tonteos, al menos cuando estaba completamente sobria y cuando estaba entretenida. Nunca me había emborrachado porque dejaba de beber alcohol cuando me notaba un poco contentilla, pero con ese par de copas que me daban el puntillo alegre, mis ojos se volvían hacia él de forma involuntaria. Bea seguía con Rober, era un tío genial, nos presentó a unos amigos suyos, eran dos o tres años mayores que nosotras, pero apenas se notaba, nos lo pasábamos muy bien con ellos cuando iban al pub.
La verdad era que en aquel pub habíamos encontrado mucha buena gente. Dani, Fran y sus amigos hacían que las noches fuesen muy entretenidas con bailes, no sólo por sus coreografías, sino que empezaron a venir al pub muchos más amigos suyos, unos raperos, otros que bailaban música latina, en general lo suyo era bailar, fuese el tipo de música que fuese. Los amigos de Rober también eran geniales, se podía hablar con ellos de cualquier cosa, uno de ellos, Josh, me caía genial, era DJ en otro pub cercano y a veces me iba con él un rato solo para dejar de ver a Fran.
Conocimos también a un grupo de chicas muy simpáticas, coincidíamos ahí todos los fines de semana y al final nos hicimos amigas, entre los dos grupos ya éramos más, así cuando alguna ligaba las demás no se quedan solas. Y también en vacaciones o en fines de semana que Bea y Lidia no salían o no estaban en Madrid, no hacía falta que me quedase en casa sin salir, podía ir al pub y siempre habría alguien con quien hablar, echar unos bailes y tomar algo.
Verónica, una de nuestras nuevas amigas, y yo éramos las más selectivas con los chicos… bueno, nuestras amigas decían que éramos bordes con ellos, así que cuando se acercaba algún grupo de pesados o borrachos a querer ligar con alguna, nosotras éramos el arma ahuyentador. Nos lo pasábamos genial todas juntas y empezamos a salir no solo a bailar sino a más cosas, ir de compras, al cine, a conciertos, a cenar… nuestro grupo aumentó.
Un día en el pub conocimos a unos chicos muy guapos, aunque al principio fue todo un desastre. Uno de los chicos se acercó a mí porque uno de sus amigos quería conocer a una de mis amigas. “Bueno, ya están aquí los pesados de turno” pensé. Por muy guapos que fuesen, lo de que no fuesen directos me ponía de los nervios, ¿no podía ir el chico en cuestión a conocer a la chica en cuestión, sin intermediarios? Le di largas como tres o cuatro veces en toda la noche, aunque él de por sí era muy guapo y amable, y a diferencia de sus amigos, no parecía estar borracho. Me dijo que se llamaba Juan Carlos, aunque no consiguió ablandarme el corazón para presentarle a ninguna de mis amigas y yo tampoco quise conocer a ninguno de sus amigos, así que la conversación se quedó entre nosotros. El problema de hacerse la dura así era que como mi fachada flaquease, estábamos perdidas.
El grupo de amigos de Juan Carlos estaba justo al lado del grupo de Fran en el pub. Los dos grupos tenían pinta de chicos malos, pero de forma diferente. En el grupo de Fran eran más urbanos, con sus pantalones anchos, camisetas ajustadas marcando músculo y enseñando tatuajes, pañuelos atados a la muñeca, etc.… y el grupo de Juan Carlos eran más pijos, parecían modelos, todos altos y atléticos, pantalones vaqueros o pantalones de pinzas, camisas de vestir y zapatos náuticos. Pero todos ellos, los dos grupos, tenían pinta de chulos, a su manera ambos creían ser los guapos del lugar, ambos querían llevarse a todas las chicas… ambos terminaban despertando ese radar que yo tenía que decía “guapo = problemas”, y eso era lo que no me terminaba de gustar, no después del chasco con Fran.
Seguimos viendo a Juan Carlos y a sus amigos algunas semanas más, pero al final de todo el grupo que vi el primer día que hablé con él sólo siguieron viniendo tres: Juan Carlos, Mario y César. Al parecer a Mario le gustaba Lidia y a César le gustaba Verónica. Juan Carlos por el contrario me dijo que no le interesaba ninguna de mis amigas. Parecía sincero y en los días que nos encontrábamos en el pub y hablábamos le fui conociendo un poco, estudiaba económicas en la misma universidad que nosotras y hacía un par de meses que lo había dejado con su novia del instituto porque ella se marchó a estudiar fuera de España y no quería mantener la relación a distancia, así que él estaba intentando recomponer su corazón roto… ¿por qué me contaba todo eso a mí? Si supiese como estaba mi corazón… roto por segunda vez y un poco pisoteado. Después del instituto logré distanciarme del grupo de Checo porque dejamos de salir por los mismos sitios que sus amigos, pero con Fran era diferente, mis amigas, las de siempre y las nuevas, y los novios de algunas de ellas seguían ahí, en el mismo pub que ellos, así que tocaba seguir viendo a Fran, sólo tenía que superarle y hacerle ver que ya sólo era una chica más del pub y no una que estaba loca por él, pero seguía sin saber cómo hacerlo.
Los meses pasaban y en la universidad todo era un desastre. Iba a clase todos los días, cogía mis apuntes y los leía y releía, pero apenas me enteraba de nada… muchos días en las horas libres simplemente me sentaba con Julia a hablar. Ella tenía algunos problemas con su novio, era bastante posesivo, no le gustaba que ella saliese con nadie que no fuese él, ni siquiera con sus amigas, pero por el contrario él podía salir cuando quisiera con sus amigos. Julia me contaba muchas cosas de su vida y de su relación y mientras yo seguía llorándole a ella por Fran; Bea y Lidia me habían prohibido volver a hablar de Fran o llorar por él, así que con ellas no podía desahogarme o más bien ahogarme con mis lágrimas, con mis imaginaciones, con mis “y si…”.
Total, que Julia y yo estudiamos poquísimo ese año. Estaba segura de que suspendería el curso y perdería la beca. En casa mamá andaba un poco preocupada porque yo estudiaba mucho y me agobiaba mucho, sin embargo, los exámenes no me salían como yo quería. No fui capaz de decirle que no estudiaba tanto como ella se imaginaba. Pero al final, llegó el momento de los exámenes finales y después las notas.
De las doce asignaturas que tuve aquel curso, sólo había conseguido aprobar cuatro. Y todo por no tener la cabeza centrada y dedicarme solamente a mi corazón y a llorar por alguien que no merecía tanto la pena… había tirado mi sueño de ir a la universidad por la borda en el segundo curso. Empecé a pensar que la universidad no era para mí, sería mejor que me apuntase a un instituto de formación profesional, podría estudiar algún módulo relacionado con laboratorios y así seguiría viendo mi futuro con esa bata blanca que tanto me gustaba.
Mis amigas intentaron hacerme cambiar de opinión, podía estudiar en verano y examinarme de algunas asignaturas en septiembre, seguro que conseguía aprobar algunas más, pero yo no estaba convencida. Para mantener la beca podía suspender una como máximo, así que me tocaba hablar con papá y mamá sobre que iba a perder la beca.