Sus ojos abiertos, el ceño fruncido, pensando en alguna teoría extremadamente loca e inconclusa, con el semblante preocupado, aun observando la televisión que desde hacía treinta y tres segundos decía “¿Quieres seguir viendo?”.
¡Por supuesto que quería seguir viendo! Pero no quería despertar a Karma, que desde medio episodio antes ya estaba dormida sobre su hombro.
No debía hacer movimientos bruscos, pero sus piernas se estaban durmiendo, y también estaba emocionada, extasiada, ansiando ver el siguiente episodio.
Aunque Karma no pensaba lo mismo. Bueno, en esos momentos dudaba que pudiese pensar.
¿En qué estaría soñando?
Y su mirada, tan curiosa y enardecida (desde que conoció a Karma su mirada había sido así, deslumbrante) como hace tres o cuatro horas antes vuelve a dar con ese endemoniado cuaderno.
Karma no lo había tocado, ni siquiera creía que hubiese reparado en su presencia.
Y Nagisa no había parado de pensar en éste –en lo que podría contener-.
¿Y si era un diario?, después de todo, Karma era una chica, debería haber cosas de las que quiere hablar, pero que por alguna u otra razón no puede contárselas a ella.
Y aquello no fue como esperaba, en lugar de pensar “debería dejarla con su privacidad” sólo aumentaron las ansías por echarle una ojeada. Cosas que ella no podría contarle a su madre, o a mí.
Es sólo preocupación, se excusaba, porque debe tener cosas guardadas y debería hablarlas, para que se sienta mejor.
Porque Karma jamás hablaría de eso en voz alta.
Sus piernas temblaban, presas de la expectación por saber el contenido, y su rostro se había vuelto un poco más pálido, en los ojos la resolución de haber decidido algo extremadamente importante.
- Karma – llamó con voz suave – debes pasarte a la cama –
- Hmn – exclamó la otra, moviéndose apenas.
- Karma – volvió a llamar apacible – debes pasarte a la cama –
- Si – susurró, y apenas se levantó, se volvió a tirar, esta vez a la cama.
Ya descubriré cómo dormir, pensó Nagisa para sus adentros. Sonriendo con ternura al ver a Karma allí, dormida e indefensa.
Y la mirada se endureció cuando fue a parar con el cuaderno.
De verdad, le daba malísima espina.
Camino un paso, pequeño y vacilante, y otro, un poco más rápido, el tercero fue como si estuviera de hurtadillas, con el corazón latiéndole de forma lastimera y su mente gritando que estaba mal. En sus ojos aún refulgía la resolución.
Y entonces llego, frente al escritorio, sus manos hormigueando por tocar el cuaderno.
No debe ser nada importante, se dijo, sólo algo acerca de los problemas con su madre o incluso su padre, no habla mucho de él, seguro que aquí está todo, toda la información que pueda haber sobre ella.
Y tomó el cuaderno con ambas manos, el corazón no sólo martilleando en su pecho sino también en su cabeza, lo sentía en la boca.
Y temblaba, pese a que no hubiese frío.
Y las lágrimas se acumularon en sus pestañas.
Su semblante cambió de seriedad a preocupación.
Y lo abrió.
La primera página era un dibujo (era obvio que no lo había hecho Karma, o al menos no su Karma).
Era ella, estaba allí, pero con dos coletas, estaba segura de que jamás se peinó con dos coletas en presencia de Karma, sintió un horrible retortijón en el estómago y las lágrimas ya no sólo batían sus pestañas sino que bajaban por sus mejillas.
Y paso la página.
Y encontró palabras inconclusas, o quizás sólo fueran inconclusas porque las estaba leyendo rápido y por encima.
“Nagisa Shiota” su nombre.
“Cuando regresamos a casa”
“aquella vez también”
“volver a ver sus ojos”
“no quiero verla llorar”
“he recordado”
“Nagisa”
“sólo quiero”
“creo que”
“Nagisa”
“estaba llorando”
“verla así”
“ella dijo”
“eres mucho mejor que un novio, Karma”
“sus padres”
“Hiromi”
“no han cambiado tanto”
“es más brillante”
“no puedo”
“hoy fue divertido”
“parece más distante”
“no soy yo”
“Después de todo”
“el dango estaba riquísimo”
“quiero volver”
“siempre me paso tres estaciones de tren”
“para estar con ella”
“hacía buen tiempo”
“lloré”
“apenas paso”
“no son tan diferentes”
“¿qué estará haciendo?”
“quiero volver”
“chico”
“chico”
“chico”
Nagisa apenas respiraba.
Se repetía su nombre, se repetía muchísimo “chico”, y trató de no sollozar mientras observaba a Karma dormitando en la cama.
De verdad que intento no hacer ruido.
Dejo el cuaderno, y apenas dejo de sentir la presión de aquellas palabras escritas con tinta, cayó, cayó de rodillas sobre la alfombra beige del cuarto tan maduro de Karma.
Y quiso llorar aún más.
Quiso abrazarse a sí misma hasta poder extinguirse.
Desaparecer de una vez por todas.
Entonces era cierto, ¿de verdad?, ¿Karma sólo le quería por ser una chica?, ¿por qué?, ¿por qué en ese mundo?, de no ser una chica, ¿Karma volvería a mirarle así?, ¿le volvería a decir aquellas cosas?
Creyó haber tenido una nueva oportunidad, creyó que Dios se había sentido tan mal por su vida que le había llevado allí, ¿De verdad Dios era tan cruel?
Karma era su Karma.
Y lo recordaba todo.
Sabía, pero, ¿qué sabía exactamente?
Karma no sabía que era él, que él estaba en ella.
Karma era su Karma.
Y él (¿ella?, ¿él?, ella) no sabía que ella también era su Nagisa.
Se golpeó en el pecho, que ardía y quemaba, pensando en lo estúpido que era por no haberse dado cuenta antes.
Que eran la misma persona.
O quizás lo sabía, cuando le miraba, herida y triste, confundida y molesta, furiosa por saber qué de no ser una chica, Karma jamás le miraría; quizás lo sabía, pero se negó a creerlo realmente.
Se negó a dar rienda suelta a suposiciones.
Porque Karma era linda, era menos grosera, y menos bromista que su Karma, era brillante sí, pero le faltaba el brío y la desconsideración que uno sólo lograba en soledad.
No se veía como su Karma.
Pero eran muy similares.
Y sonreía con complicidad cuando hacía algo que él haría (eran la misma persona), y se sentía mal cuando hacía algo tremendamente romántico que él no haría (porque no lo quería), o cuando se sentía como si se hubiesen conocido de antes (lo habían hecho).
Y sentía como su interior se partía.
El dolor de saber que ha vivido una mentira.
Pero, ¿fue una mentira?, ¿de verdad?, todo aquello, ¿fue sólo una mentira?
Quería patalear, golpear, bramar y despotricar (hacer lo que nunca había hecho como un chico en ese cuerpo), pero no quería despertarla.
No quería que Karma se despertase y se diese cuenta de que lo había leído, no quería que supiese quién era.
Quería quedarse así, un rato más.
Caminó hasta su cama, y se acostó a su lado (de alguna forma u otra, Karma le había dejado espacio) y se acercó lo más que pudo a esa calidez.
Karma, su Karma, Karma que siempre le sonreía y asentía avergonzada, cándida, dulce, su Karma, su adorada Karma, la que jamás se atrevería a mentirle (pese a que lo había hecho) (¿la evasión de la verdad se considera mentira?).
Karma.
¿Por qué Dios era tan cruel?