El almuerzo terminó con sonrisas medidas y palabras cuidadosamente elegidas. Giorgia y Freya se retiraron juntas por el sendero de los rosales, conversando sobre asuntos triviales que ninguno de los dos jóvenes escuchó. Fue un gesto deliberado. Un espacio concedido. El jardín quedó en silencio. Altea permaneció de pie junto a la mesa de mármol, observando cómo la luz del mediodía se filtraba entre las hojas. Sentía el pulso acelerado, como si cada palabra no dicha durante el almuerzo se hubiera quedado atrapada bajo su piel. Leander se acercó despacio, sin invadirla, como si temiera romper algo frágil. —Eso fue… una emboscada —murmuró él, con una sonrisa breve que no alcanzó a disipar la tensión. —Una muy bien planeada —respondió Altea, sin mirarlo—. Creyeron que no lo notaríamos. Lea

