Eddy dio un trago a su café y apretó el rostro en una mueca de desagrado. Lo había pedido fuerte y sin azúcar, buscaba un sabor amargo que le quitara de la boca, y de la mente, la dulzura de la piel de Colette, pero ese no era suficiente. Desde que se había marchado de la casa de la rubia vivía con el recuerdo de su cuerpo sensual y de su boca de fuego rondándole la cabeza. Nada era capaz de distraerlo y eso lo irritaba. Ni siquiera pudo irse de putas en la noche para descargarse, prefirió hacerlo solo en casa. Jamás se había obsesionado con una mujer y le molestaba hacerlo con alguien que no sentía las mismas ansias que él. —Si lo que hallamos en ese teléfono es verdad, haremos estallar una bomba —comentó Leroy. Preparaba su cámara de fotos sin dejar de vigilar la entrada del café ub

