8.Mi princesa

1638 Palabras
POV ALISTAIR FOX —¿Qué sucedió? —pregunté, mientras Intentaba mantener el control y enviarlos al infierno a todos. Cada fibra de mi cuerpo estaba en estado de guerra. —Doctor, a la paciente le dio un ataque de pánico. Hace unos minutos se le administró alprazolam, su actitud parecía ser peligrosa—respondió una enfermera con voz técnica, fría, profesional. Rebeca estaba atada a la camilla. Correas en sus muñecas. Correas en sus tobillos. El cuerpo pequeño, frágil, vencido por la sedación. Los párpados temblándole levemente. La respiración lenta, irregular. El cabello rojizo desparramado como fuego apagado sobre la almohada blanca. Aunque permanecía calmada y adormecida, su condición vulnerable la hacía verse indefensa, maltratada; fue entonces cuando, de manera inesperada, algo dentro de mí se quebró. Nunca en mi vida había gritado en un hospital. ¡Nunca.! Pero en ese instante, la furia me subió como lava por la garganta. —Retiren esas correas —ordené con voz peligrosa—. Desátenla ahora mismo. De pronto, el personal de salud que llenaba la habitación se detuvo para fijar sus ojos en mí con evidente sorpresa. Sin embargo, al notar que las líneas de mi rostro no se suavizaban ni cedían ante sus dudas, el asombro inicial se transformó en una comprensión sombría. Fue entonces cuando entendieron que mis palabras no escondían rastro alguno de súplica, ni representaban la solicitud de un favor; por el contrario, se trataba de una orden absoluta que no admitía cuestionamiento alguno. —Esa no es la forma de tratarla —continué, avanzando hasta quedar frente a la cama—. No es un animal ni una amenaza. No está agresiva. Es una mujer que sufre… y aun así se atreven a someterla de esta manera. El silencio se volvió espeso. —Quiero que todos salgan de aquí —dije, mirándolos uno por uno—. ¡Ahora.! Uno a uno obedecieron. Cuando la puerta se cerró, el mundo quedó reducido a ella… y a mí. Me acerqué lentamente. Rebeca tenía lágrimas acumuladas en las pestañas. No caían. Solo estaban allí. Suspendidas. Como si incluso llorar le costara demasiado. Desaté las correas que aún aprisionaban sus muñecas con manos firmes, aunque por dentro todo en mí estaba hecho trizas. Cada hebilla que cedía era una afrenta menos, una culpa que no le pertenecía. Cuando por fin quedó libre, la tomé entre mis brazos con una mezcla de cuidado reverente y necesidad desesperada; al sostenerla, intentaba recomponer lo que el miedo había hecho pedazos. No fue solo un gesto de protección: fue devoción pura, el impulso primario de quien aprendió a salvar vidas y, sin darse cuenta, comenzó a cuidar una en particular. Ella ya era importante para mí, demasiado. No sabía aún cómo amarla, pero sabía protegerla, sostenerla, mantenerme en pie por ella… y no estaba seguro de ser capaz de soltarla algún día. La levanté con cuidado y apoyé su cabeza contra mi pecho, acurrucándola como a una niña pequeña, con la esperanza silenciosa de que, si la sostenía el tiempo suficiente, podría protegerla del mundo entero. Así la sentía: frágil, rota, perdida, herida… y mía. Mis puños se cerraron sin que me diera cuenta, los nudillos blanqueándose bajo el peso de una rabia reprimida que no encontraba salida. —¿Qué fue lo que pasó, Rebeca? —susurré contra su cabello. No respondió. Su cuerpo temblaba, no de forma violenta, sino en un estremecimiento silencioso, profundo, interno; un temblor que no parecía alojarse en los músculos, sino en su memoria. Acaricié su cabello lentamente, una y otra vez, intentando devolverle al cuerpo la calma que su mente había perdido. Fue entonces cuando empecé a cantarle, en voz baja y muy despacio; con cautela elegí una canción que me recordaba profundamente a ella. 🎶Y sabes que eres la princesa de mis sueños encantados Cuántas guerras he librado por tenerte aquí a mi lado No me canso de buscarte, no me importaría arriesgarte Si al final de esta aventura yo lograra conquistarte.🎶 (Mi princesa- David Bisbal.) Continué cantando hasta que su respiración empezó a acompasarse con la mía, su cuerpo dejó de pelear. El temblor se transformó en un leve espasmo intermitente, como un eco tardío del miedo. Cuando por fin se durmió, no fue un sueño tranquilo; fue un abandono, una derrota después de tanto luchar. La acomodé en la cama con un cuidado extremo, consciente de que cualquier movimiento brusco podía quebrarla. Me quedé allí varios minutos, observándola, intentando memorizar su rostro en calma para no olvidarla. Salí de la habitación con una oscuridad nueva apretándome el pecho. No era rabia todavía. Era algo más denso. Una necesidad urgente de entender. De ponerle nombre al monstruo que atormentó a Rebeca. El departamento de seguridad quedaba al fondo del pasillo. Caminé con paso firme, rápido, pero por dentro iba desarmado. Intenté ser cortés. Lo intenté de verdad. Pero cuando se trataba de Rebeca, la cortesía se me deshacía en la boca. Pedí las grabaciones sin necesidad de explicar demasiado; no hizo falta. Yo era el director del área de cirugía y tenía cierto poder. Minutos después tenía el USB en la mano y regresé a mi oficina con la sensación de portar una prueba definitiva, una que podía significar vida… o muerte. Encendí el computador y reproduje el video. En la pantalla aparecieron la hora, la fecha y el pasillo externo del hospital; allí estaba ella: Rebeca, sola, inmóvil en su silla de ruedas. No hacía nada extraño. Avanzaba despacio, empujándose con torpeza, cada movimiento convertido en un pequeño acto de valentía. Se detuvo cerca de la acera, no demasiado; lo suficiente para sentir el aire de la calle. Parecía tranquila, hasta que ocurrió. Una moto…. Nada espectacular ni violento: una motocicleta común, urbana, acelerando apenas más de la cuenta para incorporarse al tráfico. El sonido llegó antes que la imagen, un rugido seco, breve, cotidiano… pero devastador para ella. Para cualquiera, un ruido más. Para Rebeca… fue el fin del mundo. Parecía tranquila, hasta que ocurrió. Una moto. Nada espectacular ni violento: una motocicleta común, urbana, acelerando apenas más de la cuenta para incorporarse al tráfico. El sonido llegó antes que la imagen, un rugido seco, breve, cotidiano… y devastador. Intentó retroceder, pero no logró coordinar el movimiento; pero no lo logró, el pánico se apoderaba lentamente de ella. Las manos le temblaban tanto que apenas lograba sujetar las ruedas. Su cabeza comenzó a moverse de un lado a otro, negando algo que solo ella podía ver. Su boca se abrió, pero no salió sonido alguno. Un grito mudo. Un terror que no encontraba salida. Otra moto pasó. Luego otra. No eran muchas. Pero para quebrar a Rebeca fue suficiente. Su cuerpo se encogió sobre sí mismo, en un intento desesperado por desaparecer. Se llevó una mano al pecho y con la otra se aferró al reposabrazos. La respiración se volvió rápida y superficial; hiperventilaba. La cabeza cayó hacia atrás y sus ojos, desorbitados, miraban algo que no estaba allí… o que estaba demasiado presente. El pasado. Aquel pasado que no logra nombrar, pero que permanece grabado en cada una de sus reacciones. La vi sacudir la cabeza una y otra vez en negación. La silla comenzó a moverse sin control. Un guardia apareció corriendo. Luego una enfermera. Luego dos más. Intentaban hablarle, pero Rebeca no estaba allí. No podía escucharlos. Estaba atrapada en otro momento. En otro lugar. Comprendí entonces algo que me atravesó como un cuchillo lento: Ella no conservaba memoria del accidente, pero su cuerpo sí. Retenía el estruendo, la vibración, el golpe seco, esa sensación primitiva de no poder huir. Para ella, las motos no eran simples vehículos: encarnaban una amenaza, el presagio de que algo atroz estaba a punto de repetirse. Frente a la pantalla cerré los puños y una presión insoportable se instaló detrás de mis ojos. ¿Cómo se protege a alguien de algo que no puede nombrar? ¿Cómo se calma un miedo que no tiene memoria, pero sí cicatrices? Apagué el computador. Me quedé a oscuras. Tenía que adelantarme a lo inevitable, blindarla incluso de aquello que el mundo consideraba inofensivo. Al volver a su habitación comprendí que no se trataba solo de protegerla: era enfrentar, una vez más, los fantasmas de la culpa que me perseguían desde aquel día. Ese día del accidente. Ese instante en el que no me quedé, en el que fallé, en el que su vida se quebró mientras la mía seguía intacta. Entré en silencio. Rebeca dormía. Me senté a su lado y tomé su mano con cuidado; parecía que, incluso dormida, podía romperse. La culpa me atravesó el pecho con una precisión cruel: no importaba cuánto la cuidara ahora, nunca podría borrar el hecho de que aquel miedo había nacido en un momento en el que yo no supe salvarla. Me incliné y besé su frente con devoción oscura, cargada de promesas que no sabía cómo cumplir, pero que estaba dispuesto a sostener con sangre si era necesario. —Mi bella princesa —murmuré, con la voz rota, y cada palabra ardiendo en la lengua,—juro que nunca, nada ni nadie en esta puta vida va a lastimarte. Aunque tenga que inventar un mundo entero solo para ti… aunque tenga que convertirme en el monstruo que te proteja. Apoyé la frente en la suya y cerré los ojos. En ese gesto íntimo entendí una verdad que ya no podía negar: no solo peleaba contra su miedo, sino contra el mío. Contra la culpa que me reclamaba cada vez que la veía temblar. Mientras las motos siguieran siendo una amenaza en su mundo, yo estaría allí, erguido entre ella y el ruido, dispuesto a cargar con sus sombras… y con las mías. —Rebeca… yo sostendré todo tu dolor para que puedas ser feliz…
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