POV REBECA ALCÁZAR
Desperté con el cuerpo cansado, con la sensación de haber corrido durante horas sin moverme del sitio.
La luz blanca del hospital me ardió en los ojos y los cerré de inmediato. Mi pecho subía y bajaba con lentitud, demasiado lento, ajeno a mi voluntad.
El recuerdo no llegó completo. Nunca lo hacía.
Solo quedaban fragmentos: el ruido repentino, la vibración recorriéndome el cuerpo, el aire arrancado de mis pulmones en un golpe seco. Luego, la certeza brutal e inmediata de que algo avanzaba hacia mí, inevitable, mientras la huida se volvía imposible.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Intenté mover las manos. Estaban libres. Eso me sorprendió pues recordaba como enfermeros me ataban.
Mi respiración se aceleró apenas, un reflejo automático, pero me obligué a detenerla. No quería volver a perder el control. No otra vez. No frente a nadie.
De pronto lo sentí. No fue su voz ni su mirada, sino su presencia: una sombra firme junto a la cama, una muralla silenciosa que no emitía sonido alguno y, aun así, ocupaba todo el espacio. Abrí los ojos despacio, con un miedo casi infantil, y lo vi sentado a mi lado. Alistair.
Tenía el rostro cansado; no el cansancio elegante que solía llevar como una segunda piel, sino uno más hondo, más humano. Sus manos estaban entrelazadas sobre las rodillas y me observaba con la tensión de quien teme que, al parpadear, yo pudiera desvanecerme.
Sentí algo apretarme el pecho.
—¿Cuánto…? —intenté hablar, pero la voz salió quebrada, ajena. Quería saber cuánto tiempo él ha estado ahí cuidando de mí. Intenté incorporarme.
Él se inclinó de inmediato, con una rapidez que delataba su atención constante al mínimo movimiento que yo pudiera hacer.
—Tranquila —dijo en voz baja—. Estás a salvo. Todo pasó.
«A salvo.» Una palabra que, cuando él la pronunciaba, lograba sostenerme; pero en su ausencia, todas mis certezas se desmoronaban.
Traté de incorporarme nuevamente, pero el mareo me obligó a volver a apoyar la cabeza. Alistair acercó una mano, dudó un segundo —lo noté— y finalmente la posó sobre la mía. Su contacto era firme, cálido, anclado a la realidad.
Mi cuerpo respondió antes que mi mente.
Se relajó, eso me asustó.
—Lo siento —susurré, sin mirarlo—. Yo… no quería causar problemas.
Su mano se tensó apenas.
—No causaste nada —respondió con voz muy suave—. Tuviste una crisis. Eso no es culpa es algo que debemos manejar para que no vuelvas pasar.
Asentí, aunque no estaba segura de creerle. Siempre sentía que había fallado de alguna manera. Que había sido débil. Que había hecho evidente algo que debería permanecer oculto.
Cerré los ojos un momento.
—No recuerdo qué pasó —admití—. Solo… el ruido. Y después, nada.
No le dije que, en ese “nada”, siempre había terror.
Alistair guardó silencio. Un silencio espeso. Cuando volví a abrir los ojos, lo encontré observándome con una intensidad que me hizo contener la respiración.
No era lástima ni pena; había algo distinto en su mirada, algo más hondo y peligrosamente intenso. —No tienes que recordar —dijo finalmente—. Yo me encargaré de que no vuelva a pasar.
Fruncí el ceño.
—¿Encargarte… cómo?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Por un segundo pensé que no respondería. Luego, sus labios se curvaron en algo que no llegó a ser una sonrisa.
—Protegiéndote.
¿Por qué era tan bueno conmigo? Me pregunté.
Pero no dije nada.
Una parte de mí anhelaba apoyarse en esa promesa y dejar de luchar contra la oscuridad que en ese momento me rodeaba; sin embargo, otra parte, pequeña y temblorosa, susurraba una advertencia que no sabía cómo nombrar: si me dejaba sostener demasiado, ¿sabría volver a caminar sola?.
Alistair se levantó despacio.
—Descansa —dijo—. Voy a estar cerca.
Asentí.
Cuando salió de la habitación, el silencio regresó. Esta vez no era amenazante, pero tampoco era paz.
POV ALISTAIR FOX
Verla más serena fue la señal que necesitaba para marcharme.
Solo entonces me permití dejarla atrás e ir a mi departamento.
Esa noche tendría una videoconferencia con Nigel. Él me daría los primeros avances de la investigación.
El dolor de verla perdida, rota, ausente… superaba incluso el egoísmo brutal de quererla solo para mí. No era posesión lo que me consumía, sino algo más oscuro: el miedo de verla sufrir, ella no lo merece.
Me di una ducha rápida, intentando arrastrar el cansancio y la angustia por el desagüe. Me puse ropa cómoda, encendí el computador y me conecté.
Del otro lado de la pantalla ya estaba mi primo.
—Hola, Alistair —saludó con una media sonrisa—. No te ves precisamente como el prodigio de la medicina. ¿Será que estás trabajando demasiado?
Su humor era irritante. Siempre lo había sido.
—No empieces, Nigel. Ve al grano —dije sin rodeos—. Dime, por favor, ¿qué encontraste?
Su expresión cambió. La picardía se borró de su rostro y fue reemplazada por una seriedad inquietante.
—Primero debo decirte algo —comenzó—. La información que nos proporcionaste era prácticamente nula. Así que empezamos por el único hilo suelto: el amigo que dijiste la llevó a esa carrera de motos.
Me quedé en silencio, con la mirada fija en la pantalla para continuar escuchándola.
—Ese joven… —hizo una pausa— lamento decirte que está muerto.
Sentí cómo algo se tensaba en mi pecho.
—Murió esa misma noche del accidente. Sobredosis de sustancias… ya sabes nada legal. Su nombre era Jack Hopper.
Mi rostro permaneció imperturbable, pero mi mente trabajaba a toda velocidad. Tenía sentido. Nadie la buscó después. Nadie preguntó por ella. Jack se había mostrado preocupado esa noche cuando ella intentó acercarse a mí… y luego desapareció jamás en esos cinco años la busco.
—¿Qué más encontraste? —pregunté con voz baja.
—Jack conoció a Rebeca en un internado. Allí se hicieron amigos —continuó—. Estudiaban en Blackwell Academy.
El nombre resonó con peso, es una escuela de Élite en Londres.
—No eran precisamente populares. Ella estaba bastante aislada. La conocían como la diablita… por su cabello rojo y su mal carácter.
Cerré los ojos un instante.
Esos rasgos no coincidían con la mujer frágil que conocí.
O tal vez sí.
Porque para seguirme en una moto aquella noche, para desafiar el peligro con esa mirada altiva y ardiente, había que tener fuego en la sangre, una temeridad silenciosa que no cualquiera posee.
La Rebeca de ahora era distinta. Un cervatillo asustado.
Pero incluso así… seguía siendo fuerte. Lo suficiente como para intentar levantarse.
—Continúa —ordené.
—Blackwell Academy es una institución de élite; eso, estoy seguro, ya lo sabes —hizo una breve pausa antes de continuar—. Allí solo estudian hijos de políticos, grandes empresarios e incluso miembros de la realeza de distintos países. Por esa razón, sus expedientes se manejan bajo un nivel de seguridad extremo, diseñado para que nada ni nadie deje rastro.
Rodé los ojos. Nigel no era solo un CEO influyente; sus habilidades como hacker rozaban lo ilegal… y lo legendario.
—Quiero asumir que ahí interviniste personalmente y descubriste algo —dije.
Sonrió con arrogancia.
—Sí… y no.—respondió.
—¿A qué te refieres?-pregunté
—A que logré ingresar —respondió—. Ya sabes, no existe sistema realmente seguro para mí.
—Pero… —lo interrumpí—. Siempre hay un pero.
—Exacto. En los archivos no encontré absolutamente nada. Ni de Jack. Ni de la pelirroja —alzó una ceja—. Ah, y por cierto, su nombre completo es Rebeca Alcázar.
Una sonrisa fugaz cruzó mis labios. Por fin algo concreto.
«Así que ese sí era su nombre.» pensé.
—¿Crees que hay algo sospechoso? —pregunté.
—No solo lo creo. Estoy seguro —afirmó—. Piénsalo. Una escuela exclusiva para hijos de hombres y mujeres poderosos, y sus expedientes simplemente… desaparecen. Hay algunas posibilidades: o Jack era el problema, o Rebeca lo era. O existe un vínculo entre ambos que alguien quiso borrar.
Mi pulso se aceleró.
—Primero debo investigar el origen de Rebeca —continuó—. El de Jack ya lo tengo. Era hijo del presidente de Canadá en ese periodo. Tras la muerte de su único hijo varón, el hombre se retiró de la política. Vive aislado en Finlandia. Se separó de su esposa… y las abandonó a ella y a su otra hija.
—¿Crees que todo esto esté vinculado? —pregunté—. ¿Que Rebeca haya sido solo una víctima?
Nigel suspiró.
—No lo sé. También existe la posibilidad de que Jack haya sido la víctima… y que el verdadero objetivo siempre haya sido Rebeca.
—Tus respuestas no me tranquilizan —dije con dureza—. Quiero más, Nigel. Necesito saber quién es realmente Rebeca Alcázar.
—No seas tan voluble, Alistair —soltó una carcajada —. Ya te estás pareciendo peligrosamente a tu hermano Asher. Recuerda tú eres el gemelo bueno.
—No digas tonterías —respondí—. Confío en ti. No me falles.
—No lo haré —aseguró—. Apenas sepa de qué país es originaria, serás tú quien pague todos los gastos del viaje. Porque estoy más que seguro que esta vez… iremos en persona.
Asentí, por supuesto que yo iría en persona a verificar que el lugar al que vaya Rebeca sea seguro.
—Estaré pendiente de tu llamada —dije antes de cortar la conexión.
La pantalla quedó en n***o.
Y con ella llegó la certeza de que la mujer que dormía bajo mi cuidado no solo ocultaba un pasado… sino una verdad tan peligrosa que aún no sabía si terminaría por destruirla… o si ya había empezado a hacerlo años atrás.