10. España

1553 Palabras
POV REBECA ALCÁZAR Desde aquel episodio, el doctor Alistair se encargó de que recibiera terapia con una psicóloga cercana a su familia, una amiga de su madre en quien confiaba plenamente. La doctora Anna Madrigal, una mujer de nacionalidad española de cincuenta y cinco años, tenía una dulzura serena y una manera de observar que no incomodaba; me tenía paciencia, sabía esperar incluso aquello que yo aún no podía nombrar. Al principio, las sesiones me intimidaban. Me sentaba frente a ella sin saber por dónde empezar, preguntándome qué podía contarle una mujer sin recuerdos. ¿Cómo explicarle que lo único que tenía eran sensaciones vagas, sueños fragmentados, la imagen persistente de una niña cuya identidad no lograba confirmar? —No tienes que traerme una historia completa —me dijo en una de las primeras citas—. Basta con que traigas lo que pesa hoy. Su acento español suavizaba las palabras, y eso, sin saber por qué, me tranquilizaba. Hubo una sesión en particular que marcó un antes y un después. Anna me observó unos segundos más de lo habitual y, de pronto, habló con naturalidad: —Dime… ¿entiendes esto? —preguntó, cambiando castellano con el inglés británico, claro y pausado. Y asentí sin esfuerzo. No tuve que pensar ni sorprenderme; simplemente comprendí. Incluso respondí con frases sencillas, como si aquel idioma formara parte de mi identidad. La doctora sonrió, satisfecha, con la expresión de quien acaba de corroborar alguna de sus teorías. Más tarde, cuando Alistair se unió a la sesión, fue él quien puso en palabras la explicación que yo necesitaba, no desde la emoción, sino desde esa lógica médica precisa que lo definía. —El lenguaje no se almacena en el mismo lugar que los recuerdos autobiográficos —me explicó con calma—. Los idiomas, la lectura, la escritura, son aprendizajes profundamente integrados en el cerebro. No se borran fácilmente. Hizo una pausa antes de añadir: —Los recuerdos personales, en cambio, dependen de redes más frágiles. Por eso pueden perderse… incluso cuando todo lo demás permanece intacto. Esa explicación no me devolvió el pasado, pero me dio algo igual de valioso: certeza. No estaba rota. No era un vacío completo. Había cosas en mí que seguían ahí, intactas, esperando a que mis recuerdos regresaran. Con el paso de las semanas, la terapia dejó de ser un espacio incómodo y se convirtió en un refugio. Empecé a hablar del miedo a salir del hospital, de enfrentar un mundo al que no pertenecía, de no saber quién era ni a dónde ir. Hablé de la frustración de sentirme suspendida en la nada y del temor —silencioso, constante— de depender demasiado de Alistair. Él tenía una vida, una historia, un lugar en el mundo. Yo no y lo menos que quería era ser una carga. —El miedo es comprensible —me dijo Anna una tarde—, pero no confundas cuidado con dependencia. Tu fortaleza no está en lo que recuerdas, sino en lo que eliges construir. Y esa idea se quedó conmigo. Ese mes hablé de todo: de la incertidumbre, de la soledad, del vacío. Y, casi sin darme cuenta, entendí algo esencial: si no recuperaba mi vida pasada, podía crear una nueva. Esa certeza fue creciendo dentro de mí, silenciosa pero firme una luz de esperanza. Ya no temo salir. He fortalecido mi cuerpo, mi mente y mi espíritu para enfrentar el mundo real que existe fuera del hospital. En mi último chequeo, Alistair confirmó que mis habilidades básicas seguirían regresando poco a poco. —En cuanto a los recuerdos —añadió—, no te obsesiones con ello. Pueden volver… o no hacerlo jamás. Y ambas posibilidades son válidas. Ahora camino sin dificultad. La doctora Emily me felicitó por mi esfuerzo y aseguró que, físicamente, ya soy una joven normal. Pero más allá de eso, hay algo nuevo en mí: seguridad. Una fuerza tranquila que me sostiene, incluso siendo una mujer sin pasado. Tal vez no sé quién fui. Pero ahora sé, con absoluta certeza, que el lenguaje del mundo aún me pertenece… y que mi historia, aunque distinta, todavía puede ser escrita. POV ALISTAIR FOX Ya mañana le daríamos el alta a Rebeca por fin después de tanto tiempo. Las terapias con Anna habían logrado algo que, semanas atrás, parecía imposible: estabilidad. No una felicidad ingenua, sino esa calma frágil que permite volver a caminar sin mirar constantemente al abismo. Yo estaba ahí para apoyarla. Y quizá por eso —o quizá por algo más que no me atrevía a nombrar— decidí invitar a mi madre a conocerla. —Hola, hijo. Ya estoy aquí —saludó mi madre al entrar en mi oficina—. Quiero conocer a la chica que te ha cautivado. —No exageres, mamá —respondí, con una tímida sonrisa —. Es una paciente. Alguien que necesitaba ayuda… y nada más. —Lo sé —dijo ella, observándome con demasiada atención—. Además, esto es algo importante para ella y para mí. —Ven, vamos. Quiero que la conozcas. Entramos a la habitación. —Hola, Rebeca. Buenas tardes. ¿Cómo te sientes hoy? —pregunté, acercándome a la cama. —Buenas tardes, doctor Alistair —respondió con una serenidad que aún me sorprendía—. Me siento muy bien. Ya solo falta su autorización y mañana me dan el alta. —Así es —asentí, genuinamente optimista—. Estás completamente sana. Me giré hacia mi madre: —Rebeca, quiero presentarte a mi madre. Victoria Fox. Noté de inmediato el cambio. La timidez que antes la encogía ya no dominaba sus gestos. Se incorporó, erguida, y se acercó con una elegancia discreta pero firme. —Mucho gusto, señora —dijo, extendiendo la mano. —El gusto es mío, Rebeca —respondió mi madre—. Es un placer conocerte. Eres una joven muy hermosa. Mi hijo me ha hablado de ti… y veo que no exageraba. Un leve rubor tiñó las mejillas de Rebeca. —Mamá… —murmuré, intentando frenarle sin éxito. —Bueno —continué, aclarando la garganta—. Mi madre está aquí porque quiere hacerte una propuesta laboral. Tiene una fundación dedicada al cuidado de adultos mayores vulnerables y necesita una asistente. Alguien proactiva, comprometida… como tú. Ella me miró, sorprendida. —Es verdad —intervino mi madre—. Además, podrías vivir en la fundación, junto a algunos de los beneficiados. Nos ayudaríamos mutuamente. Tú te encargarías de la administración y yo estaría en contacto constante contigo. Ya no puedo asistir con la frecuencia de antes; mis nietos me absorben casi todo el tiempo, y a veces viajo a Dinamarca para visitar a mi hija. Rebeca guardó silencio unos segundos. Luego me miró, buscando algo en mis ojos. Yo apenas alcancé a guiñarle, dándole mi aprobación para intentarlo. —Claro que sí… señora Victoria —exclamó finalmente—. Me encantaría. Le agradezco desde el fondo de mi corazón esta oportunidad. Prometo dar lo mejor de mí. —Tranquila —respondió mi madre con una sonrisa sincera—. Y no me llames señora. Dime Victoria. —Está bien— respondió, haciendo una pausa continuó.—Gracias… Victoria. —Entonces, Becky —dijo ella—, mañana mi hijo te llevará a la fundación. Allí te estaré esperando para explicarte todo. Ha sido un gusto conocerte. Acompañé a mi madre hasta la salida y luego regresé a la habitación. Rebeca estaba radiante. Había en sus ojos una luz nueva, una que hablaba de reconstrucción. —Gracias, doctor Alistair —me dijo—. Por todo. Por darme una oportunidad de vivir… y ahora también de trabajar. Sus palabras me llenaron el pecho de un calor inesperado. Sonreí y, sin pensarlo demasiado, tomé sus manos. —No tienes nada que agradecer, Rebeca. Ahora tienes la oportunidad de escribir una nueva historia. Y espero… —me detuve— que en esa historia yo esté incluido. El peso de lo que había dicho cayó de golpe. —Doctor… —susurró—. Usted siempre estará presente en mi vida. Sea nueva o pasada. Siempre le estaré agradecida por todo lo que hizo por mí. No pude evitarlo. La abracé. Con fuerza. Su cuerpo ya no temblaba. No había miedo. Solo una mujer aprendiendo a sostenerse por sí misma. —Tranquila, Rebeca —le dije, con voz baja—. Siempre que me necesites, estaré a tu lado. Te lo prometo. Conversamos un poco más. Estaba emocionada por salir al mundo real. Ya no tenía miedo. Tenía expectativas. Al atardecer me despedí y regresé a mi departamento. Yo también sentía esa mezcla peligrosa entre alivio y nostalgia. Rebeca seguiría con su vida… esta vez completamente recuperada. Pero entonces, en la soledad de mi sala, mi celular vibró. «Alistair, lo logré. El país que conecta con Rebeca es España. Mañana viajo a Londres. Prepara tus maletas. España nos espera.» Era Nigel. Mi primo. Lo había logrado. Encontró el origen de Rebeca. Y no supe explicar por qué, al leer ese mensaje, mi corazón comenzó a latir con más fuerza. No era emoción. Era otra cosa. ¿Miedo? Podría decirse que sï. Tenía miedo de perderla Pero… ¿cómo se pierde a alguien que nunca ha sido tuyo? Sin embargo, sentí que podría estar a punto de hacerlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR