11. Cuidaré de tu hermosa pelirroja

1679 Palabras
POV ALISTAIR FOX Casi no pude dormir. Las palabras de Nigel daban vueltas en mi cabeza, insistentes, como un eco imposible de silenciar. Quise convencerme de que exageraba, como siempre lo hacía, restándole peso a lo que no podía controlar. Pero esta vez no funcionó. Mi instinto —ese al que rara vez ignoraba— me decía que no. Que lo que se avecinaba sería un asunto complejo, mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Antes de ir a recoger a Rebeca, pasé por la casa de mis padres. Era una costumbre que conservaba cuando mis días no eran tan agitados. Al llegar, los encontré como siempre: sentados frente a la mesa del desayuno, compartiendo miradas cómplices, sonrisas tranquilas, una intimidad construida con años de amor silencioso. Suspiré. Yo seguía siendo el único soltero de la familia. —Buenos días, mamá… papá —saludé, intentando sonar ligero. Ambos levantaron la vista al mismo tiempo. Me observaron con una mezcla de emociones que no supe descifrar del todo: cariño, sí… pero también algo más. ¿Preocupación? ¿Pena? Preferí no analizarlo y decidí ignorarlos. —Ven, hijo —dijo mi madre con su voz suave de siempre—. Siéntate, por favor. Te prepararé tus hot cakes favoritos. —Gracias, mamá… —respondí, tomando asiento. Mientras esperaba a que los sirviera, bebí un sorbo de café. El calor amargo me recorrió la garganta, pero no logró disipar la inquietud que comenzaba a instalarse en mi pecho. Sentí entonces la mirada de mi padre clavarse en mí, aguda y silenciosa, parecía poder leer entre líneas lo que yo aún no decía. No tardó en romper el silencio. —Tu madre me comentó sobre la joven que estás protegiendo —comentó con tono sereno, pero atento. —Sí, papá. Rebeca… será la nueva asistente de mamá. Mi madre llegó con mi desayuno, asintió con una pequeña sonrisa. —Me parece bien, Alistair —continuó él—. Si decidiste ayudarla, es porque viste algo especial en ella. Tragué saliva. No supe cómo responder a eso sin decir demasiado después de todo es la culpa la que me ha movido hacer todo por ella. Por eso decidí cambiar sutilmente de tema. —Papá, mamá… Nigel llegará hoy a Londres —dije finalmente—. Y haré un viaje con él. —Hice una pausa, midiendo mis palabras—. ¿Podrían cuidar de Becky, por favor? Mi padre alzó una ceja, observándome con atención. Ambos compartíamos esa capacidad de ocultar emociones tras un rostro controlado. Si buscaba alguna fisura, no la encontró. O ¿si?. —¿A dónde irán? —preguntó mi madre. —A España. Será un viaje de trabajo para Nigel… yo solo lo acompañaré.—una pequeña mentira salió de mi boca. —Es bueno saber que vuelve —comentó mi padre—. Dile que nos visite a su regreso. Ese muchacho es muy querido para nosotros. —Lo sé, papá… —sonreí—. Le diré que salgamos a tomar unas copas antes de que regrese a Estados Unidos. Invitamos al tío Cedric y a Asher, a ver si logramos rescatarlo de la esclavitud del matrimonio. —dije bromeando. —Está bien… —respondió él, llevando la taza de café a sus labios. Antes de irme, miré a mi madre. —Mamá, apenas salgamos del hospital llevaré a Rebeca a la fundación. Espero que puedas recibirla tú personalmente. —Claro que sí —respondió sin dudar—. Tu padre me llevará. Al despedirme, mi padre me acompañó hasta el auto. Su silencio fue más elocuente que cualquier discurso. Antes de que subiera, me detuvo. —Hijo —dijo, colocándome una mano en el hombro—. Sea lo que sea que enfrentes, recuerda que siempre estaré aquí. Me abrazó con fuerza. —Cuenta conmigo, Alistair. Y no olvides que un Fox siempre sabe qué hacer… cuando se da el tiempo de reflexionar. —Gracias, papá —respondí, con un nudo en la garganta. Sus palabras me dieron una seguridad que necesitaba más de lo que quería admitir. Al llegar al hospital, las enfermeras organizaron una pequeña despedida para Rebeca. Después de tanto tiempo internada, todas habían llegado a apreciarla. Había abrazos, sonrisas, algún que otro ojo humedecido. Entré a la habitación y allí estaba ella, hermosa, con una presencia que me detuvo por un instante; vestía un conjunto casual que, sin duda, Emily le había regalado, y en su expresión había un cambio evidente: sostenía la mirada con mayor firmeza, ocupaba el espacio con naturalidad, y la fragilidad que antes la rodeaba se había convertido en una luz discreta pero constante, dándole un aire más vivo, más real, peligrosamente cercano. —Buenos días, doctor Fox —saludó con voz alegre—. Hoy la doctora Emily me ayudó a arreglarme. —Es verdad, Alistair —intervino Emily, divertida—. ¿No crees que está hermosa? —Sí… claro —respondí, carraspeando, incómodo por un nerviosismo que no reconocía como propio. ¿Qué me estaba pasando? —Becky —dijo Emily—, ¿estás lista para empezar tu nueva vida? —Sí, doctora —respondió ella con una gran sonrisa —. Estoy lista para vivir la vida que usted doctor Fox me otorgó.—dijo mientras me miraba profundamente a los ojos. Tragué saliva. Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba. —Bueno… entonces vamos —dije finalmente, intentando relajarme. Emily tomó un pequeño paquete y se lo entregó. —Rebeca, esto es para ti. El primer contacto es el mío. Sea lo que necesites, llámame. Ella abrió el paquete con cuidado. Era un celular. Me recriminé internamente. ¿Cómo había pensado dejarla incomunicada? Sonreí al notar que Emily no solo le ofrecía ayuda profesional, sino una amistad sincera. —Gracias, doctora —dijo Rebeca—. Es hermoso… espero que, cuando tenga mi primer salario, acepte que la invite a comer. Sonreí ante sus palabras, me parecía muy dulce. —Pensé que el acreedor de esa invitación sería yo —comenté con picardía para molestarla. —No seas celoso, Alistair —intervino Emily—. Seguro podrá invitarnos a los dos. ¿Verdad, Becky? El rubor en sus mejillas la hizo aún más enternecedora. —Sí… claro que sí. —Bueno, bueno —dije—. Vamos, Becky. Mi madre debe estar esperándote. Su bolso apenas contenía unas pocas pertenencias personales. Mentalmente hice una nota: comprarle más ropa. «Le pediré a mamá que la lleve de compras», pensé, mientras salíamos juntos hacia esa nueva etapa. Una hora después la casa que mi madre había transformado en fundación se alzó ante nosotros con una serenidad casi reverencial. Apagué el motor y me giré hacia ella. —¿Estás nerviosa? —pregunté, bajando la voz. Rebeca cerró los dedos alrededor del asa de su bolso, un gesto mínimo, revelador. —Si le soy sincera, doctor… sí. Mucho. Asentí despacio. Tomé su mano con cuidado, sin apremio, consciente del peso que podía tener un gesto así. Mi pulgar descansó sobre su piel, firme pero sereno. —Tranquila, Becky. Todo estará bien —dije—. Y recuerda esto: no necesitas recuperar tu vida pasada para avanzar. A veces basta con crear una nueva. Mira al frente y continúa sin miedo. Su sonrisa fue breve, pero valiente. Asintió, aceptando mis palabras como un pacto silencioso. —Gracias, doctor. Iba a añadir algo más, pero mi madre apareció, con esa calidez suya que no admitía distancia. —Rebeca, cariño, bienvenida. Ella bajó del auto y fue recibida en un abrazo sincero. Observé la escena con una leve sonrisa: mi madre ya la había acogido, y eso no era un gesto menor. Dentro, mi presencia pasó a un segundo plano. Mi madre la condujo por las instalaciones con naturalidad. Los ancianos se acercaban a saludarla, algunos tomándole la mano, otros regalándole palabras suaves, risas antiguas. Rebeca se inclinaba para escucharlos, respondía con atención genuina, y en su rostro apareció algo que hasta entonces solo había intuido: una alegría real, sin reservas. Revisé a un par de pacientes, colaborando con mi madre en las consultas gratuitas que ofrecía la fundación. Casi al finalizar con el trabajo mi teléfono vibró. Era un mensaje de Nigel. «ya llegué a Londres te espero en el aeropuerto para viajar a España» Respondí con «Estaré ahí en poco tiempo» Salí al exterior buscando a mi madre o Rebeca. —Mamá, tengo que irme —dije al despedirme—. Cuida de Becky, por favor. Y, si puedes, llévala de compras. —Ve con cuidado, hijo —respondió con una sonrisa cómplice—. Yo cuidaré a tu bella pelirroja. Negué con la cabeza, divertido por sus palabras. Busqué a Rebeca. —¿Me acompañas un momento? Ya me tengo que ir. Se disculpó y salió conmigo. Afuera, el aire era fresco, reconfortante. —Tengo que hacer un viaje —le dije—. Estaré fuera quizá una semana. Una sombra cruzó su expresión. Apenas un instante, pero lo suficiente para que yo pudiera notarlo. —Mi madre se encargará de enseñarte todo, confía en ella, mientras tanto… —añadí—. ¿Me prestas tu celular? Asintió y me lo entregó. Guardé mi número y me hice una llamada perdida para registrar su número. —Te escribiré. O te llamaré… si necesitas algo puedes llamarme tú.—al escucharme ella asintió. —Que tenga un buen viaje, doctor Fox —dijo con suavidad. La miré con una media sonrisa distinta, menos rígida, acá afuera ya no era mi paciente. —Aquí no soy el doctor. Llámame Alistair. Podemos ser amigos. Dudó apenas. —Está bien… Alistair. Buen viaje. Se acercó y besó mi mejilla. Fue un gesto breve, delicado. Inofensivo. Y, aun así, mi respiración se desacomodó. Por un instante, el mundo perdió su ritmo habitual. Demasiado efecto para un simple roce intencional. ¿Qué me estaba ocurriendo? Subí al auto con esa pregunta latiendo en el pecho, consciente de que algo había cambiado, aunque todavía no me atreviera a nombrarlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR