POV ALISTAIR FOX
Eliminé de mi mente cualquier pensamiento inútil y forcé mi atención en Nigel, que en el aeropuerto ya parecía al borde del colapso.
—Alistair, hasta que por fin llegas —dijo en cuanto me vio, acercándose con paso decidido—. Ya estaba considerando cobrarte un recargo por hacerme esperar.
Esbocé una sonrisa cansada.
—Hola, Nigel. No seas exagerado. Vamos, que España nos espera.
—Así es —respondió, y hubo algo en su tono que me puso en alerta—. Y te sorprenderás cuando conozcas la razón.
No añadió nada más. Caminamos hacia el proceso de abordaje y comprendí que, si había silencio, era porque lo que venía no se decía a la ligera.
El vuelo fue tranquilo. Demasiado. Lo suficiente para que las palabras que llevaba semanas reteniendo encontraran salida. Le conté todo a Nigel: el día que conocí a Rebeca, la forma en que apareció en mi vida, y —sobre todo— cómo no la ayudé cuando más lo necesitaba.
No me juzgó. No hizo preguntas incómodas. Solo asintió lentamente, con esa expresión suya que mezclaba comprensión y experiencia.
—Todos cometemos errores —dijo al final—. Algunos nos persiguen más que otros.
Sus palabras intentaron consolarme, pero no lo consiguieron. Había culpas que no se disolvían con la lógica; al menos, no en mi caso.
Al llegar a Madrid, nos alojamos en un hotel discreto: una suite con dos habitaciones. Apenas dejamos el equipaje, Nigel llamó mi atención. Su rostro serio dejaba claro que lo que tenía que decirme era realmente importante.
Sacó una carpeta de documentos, los acomodó sobre la mesa y respiró hondo antes de hablar.
—Alistair… localizar con exactitud a la familia de Rebeca ha sido extremadamente difícil.
Levanté la mirada, alerta.
—¿Por qué?
—Porque su familia… no es cualquiera.
Se hizo un silencio pesado.
—Su padre era el rey de España —continuó—. Murió cuando Rebeca tenía dieciséis años. Su madre falleció en el mismo accidente de tránsito. Ella y su hermano quedaron bajo la tutela de sus tíos, quienes hoy ocupan el trono.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
—Y su hija, Isabel, es actualmente Princesa de Asturias —añadió—, aunque… quien debía heredar el trono era Rebeca, al ser la primogénita.
Cada palabra cayó como una losa.
Rebeca. Realeza. Reina.
Las palabras resonaron en mi mente, demasiado grandes para ignorarlas.
—Eso no es posible… —murmuré, negando con la cabeza—. A ella nunca la buscaron. Una familia así de importante, ¿no crees que debieron agotar todos los recursos para encontrarla?
—Lo sé —interrumpió Nigel—. Precisamente por eso estamos aquí.
Me incliné hacia adelante, incapaz de quedarme quieto.
—Entonces…¿Por qué la dejaron desaparecer? —pregunté, con la voz rota.
Nigel cerró la carpeta con lentitud.
—Eso es lo que vamos a averiguar. Tengo una dirección. Un lugar al que debemos ir.
Su tono despertó algo en mí: curiosidad, miedo… el presagio de que nada estaba bien.
—Dime qué está pasando —exigí.
—Lo verás cuando lleguemos —respondió, consultando su celular—. Todo está coordinado. Es hora de irnos.
No pregunté más. Lo seguí. Mi cabeza ya era un torbellino de teorías, ninguna capaz de traer paz.
Simplemente lo seguí. Cuando dijo que habíamos llegado, vi cómo el Monasterio de El Escorial se alzaba ante nosotros con una solemnidad que imponía silencio. No entendía qué hacíamos allí, pero algo en el gesto serio de Nigel me impidió formular la pregunta.
Caminamos por los pasillos, por salas cargadas de historia, hasta que descendimos hacia un espacio que parecía absorber el sonido.
Un letrero discreto indicaba:
«Panteón de los Infantes.»
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Las paredes estaban cubiertas de sepulcros de mármol, empotrados con una precisión fría. No había flores. No había nombres resaltados. Todos iguales. Todos definitivos.
—¿Qué hacemos aquí, Nigel? —pregunté al fin, incapaz de soportar el peso del silencio.
No respondió de inmediato. Caminó unos pasos más y se detuvo.
Mi corazón comenzó a latir con violencia.
Allí estaba una lápida:
Rebeca Alcázar
Princesa de Asturias
Debajo, la fecha de su nacimiento junto … estaba la fecha de su muerte.
La misma del accidente en que ella quedó en coma.
Sentí cómo mis piernas flaqueaban. Mi mandíbula se tensó, los labios me temblaron, y tuve que cerrar los ojos un segundo para no caer.
—Esto… esto no puede ser real ¿por qué hicieron esto? —susurré.
La imagen grabada en el mármol mostraba a Rebeca adolescente, con una sonrisa suave que me atravesó el pecho como una herida abierta.
—Ella está viva —dije, más para convencerme que para informar.
Nigel no se movió.
—Oficialmente, murió ese día.
Tragué saliva.
Entonces vi la otra tumba. Más pequeña.
Felipe Alcázar
Su hermano.
Quien al parecer tenía solo catorce años, en aquel tiempo.
El aire se volvió irrespirable. Un dolor sordo se instaló detrás de mis ojos. Apreté los puños hasta que los nudillos me ardieron.
—¿Enterraron su nombre…? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Esto es un mal entendido o es que ya existía mala intención?
Nigel giró hacia mí. Su mirada era grave.
—Eso es lo que vuelve esto peligroso, Alistair.—hizo una pausa—Si existe una tumba… es porque alguien quiso que Rebeca dejara de existir.
Volví a mirar el mármol frío. El nombre grabado con una precisión cruel. La fecha final, definitiva, como un punto sin posibilidad de réplica.
La certeza me heló la sangre y me cerró el pecho.
Dejarla… quizá no había sido un error.
El verdadero error había sido pensar todo este tiempo que fue un simple accidente y no preguntar antes quiénes necesitaban que ella desapareciera.
Salimos del monasterio en silencio. El peso de lo descubierto nos acompañó hasta un restaurante elegante. Nos gustaba la buena vida, sí, pero Nigel era discreto por naturaleza… o al menos eso creía, hasta que noté que su atención estaba anclada en un punto fijo.
Seguí su mirada.
Una mujer rubia, joven, impecablemente vestida. Elegante sin esfuerzo, en su postura se veía el refinamiento y sus buenos modales.
Tomamos asiento.
—¿Sucede algo, Nigel? —pregunté, fingiendo desinterés ante su insistente curiosidad.
Quise romper la tensión, así que añadí con una media sonrisa:
—Si sigues mirando a esa mujer de ese modo, estoy seguro de que a Eva no le gustará… y créeme, no querrás sufrir las consecuencias.
Ambos soltamos una carcajada. Nigel, sin embargo, no apartó la vista. Él era un hombre muy fiel y enamorado de su esposa, así que asumí que era otro el interés en aquella mujer.
—Alistair —dijo por fin, inclinándose levemente hacia mí—, nada de esto es casualidad.
Mi sonrisa se desdibujó.
—Te traje aquí porque esa mujer —continuó, señalando con discreción— es Isabel Alcázar, princesa de Asturias… y, técnicamente, prima de Rebeca.
Sus palabras me dejaron helado.
Nigel era mucho más astuto —y peligrosamente bueno en su trabajo— de lo que yo había querido admitir.
—¿Quieres decir —murmuré— que el objetivo de esta noche es ella?
Sus ojos brillaron con una malicia calculada, esa que siempre aparecía cuando el juego se volvía interesante.
—Exactamente. Tú te acercarás. Eres un médico de prestigio, encantador cuando te lo propones. Le dirás que asistirás a la gala benéfica de mañana, intercambiarán un par de sonrisas… y listo, te ganas su confianza.
Hizo una pausa teatral y añadió, divertido:
—Sonríele con coquetería. Saca ese lado seductor que tenemos los Fletcher… y, por favor, oculta ese lado oscuro de los Fox. Al menos por esta noche para no alejarla.
Lo miré rodando los ojos.
—Claro, Nigel. ¿Algo más? —pregunté con ironía.
—No seas ingrato —respondió—. Admitelo, el plan es brillante.
Si lo pensaba bien, lo era.
Y tenía lógica. Demasiada.
Si lograba acercarme a Isabel, tal vez podría descubrir si el hecho de que Rebeca figurara como muerta había sido una conveniencia cuidadosamente orquestada… o una confusión que alguien decidió aprovechar.
Ya no me importaba de qué lado cayera la moneda. Maldita o bendita, la verdad estaba ahí fuera, agazapada en la sombra, y yo me había convertido en su único cazador.