La majestuosidad de aquel palacio se veía realzada por la iluminación cálida que los ambientadores le habían logrado dar. Los jardines de los alrededores y la música en vivo sonando en cada espacio hacian que la llegada de los lujosos automóviles pareciera fuera de época. De no ser por los teléfonos celulares de los curiosos todo rememoraba a un baile de la antigüedad, casi irreal. Cloe sentía como sus manos comenzaban a sudar y su corazón no dejaba de aumentar su ritmo. Le había pedido a Amaya y a Pedro que se adelantaran, pero ahora, entrar sola le parecía una pésima idea. Sentía la mirada de los empleados del castillo sobre sus hombros y en su mayoría transmitían reproche, como si ella fuera culpable, como si aquello no la hiciera enfadar a ella más que a nadie. Debió fingir indifer

