El sol parecía haberse cansado de arder.
Mirando hacia arriba, se podía observar un leve anticipo de mal tiempo que inauguraba la oscuridad. Hacía frio, la lluvia pronto caería sin cesar durante varias horas, incluso días.
Chiara fue la última en sentarse a la mesa. Una cazuela de sopa rebosaba de humo, pues estaba recién hecha. Los niños, o casi no tan niños, esperaban con ansias la cena. Los vivaces ojos de Stella, la más pequeña, miraban los castaños de su hermano Bruno, después recorrió la cocina y se centró en Dante, quien parecía nervioso. La niña echaba en falta a Romeo, el mayor de los hermanos, quien trabajaba en una chatarrería al sur de la península.
La familia Lucania vivía en el cuarto piso de un antiguo edificio de madera, repleto de inquilinos endeudados y desahucios cada poco más de siete u ocho meses. Las escaleras chirriaban aun posando una delicada pluma sobre ellas, pues estas tenían cientos de años y la madera, lentamente, comenzaba a pudrirse. La cocina era enana, al igual que los dos cuartos, la sala de estar y el baño. Tenían un pequeñísimo balcón en el que Stella solía quedarse jugando con sus amigos invisibles. La niña era, meramente dicho, muy especial. Stella padecía cáncer desde temprana edad. A su tempranísima edad ya se había sometido a todas las operaciones que su familia podía permitirse pagar. La pequeña no seguía ningún tratamiento, el presupuesto era excesivamente caro. Aun trabajando su madre y sus tres hermanos mayores, el dinero no podía cubrir todos los gastos. Una de las razones para que Dante quisiese buscarse la vida fuera de Sicilia era su hermana. La pequeña se moría y nadie podía hacer nada. Todos en casa se sentían cruelmente impotentes por estar maniatados y ser meros espectadores de su cruel sufrimiento.
La familia es un faro de luz en mitad del océano. Siempre destila esperanza.
Romeo, quien llevaba fuera de casa unos cuantos años, se fue a vivir junto a uno de sus tíos a Basilicata, una de las veinte regiones italianas. Esta región se extiende sobre las colinas de los Apeninos. Las casas son rurales, el trabajo estrella es la agricultura y todos aman la naturaleza, pues están rodeados de ella. La región también es conocida como Lucania, apellido que los muchachos llevaban con orgullo, puesto que su abuelo fue enviado a Basilicata después de que su madre muriera en el parto, y al regresar a Sicilia, le identificaron como Don Renato Lucania, hijo de Giuseppe Lucania, hermano menor de Salvatore Lucania, también conocido como Lucky Luciano. Eran descendientes del mayor mafioso siciliano.
—La sopa está deliciosa —Murmuró el mayor de los hermanos allí presente.
Bruno trabajaba en el muelle como pescador y muy de vez en cuando, traía una jugosa cantidad de dinero que ayudaba considerablemente a la economía. Pero lo que para nosotros son unos pocos billetes, para la familia Lucania era un mundo completamente desconocido.
—Gracias, cielo —Se alegró Chiara, cuyos pliegues en la sonrisa se pronunciaban cada vez más—. ¿Te gusta la sopa, Stella?
La mujer, fuerte como las amazonas, cada vez sonreía menos y lloraba más.
—Está muy rica —Respondió la niña, rebañando el plato.
—Acábate la mía, yo no tengo hambre.
Todas las miradas recayeron en Dante.
—No quiero más —Dijo la pequeña.
—Claro que quieres más. He picado antes una galletas, no tengo mucha hambre —Dante se levantó de la silla y besó la frente de su hermana—. Aun tienes que crecer, que no vaya a ser porque mamá no te alimenta debidamente.
La niña rio, ajena a la verdad y queriendo no ser consciente, pues aquello conllevaba soportar más dolor del que cargaba a sus hombros. Seis años tenía la risueña Stella, solamente había conocido unos pocos veranos de los cuales ninguno había sido en la playa como las demás familias. Inviernos sin nieve, otoños sin hojas por el suelo y primaveras sin flores en el jardín.
Dante se tumbó en su vieja cama y se le clavaron los muelles que sobresalían del colchón. Se quejó, en vano, antes de que Bruno entrara y cerrara la puertas tras él.
—Un chico como tú es imposible que se sacie con unas migajas —Fue lo primero que dijo—. ¿Quién puede decir que no te conozco, hermano? Te lo aseguro, se más de ti que de mi mismo. Eres bueno mintiendo, pero no demasiado para mentirme a mí.
—¿De qué estás hablando?
—De lo que acaba de pasar. ¿De verdad piensas que voy a creerte? No soy nada iluso. Se te estaba haciendo la boca agua mientras mamá preparaba la sopa.
—Stella quería más y le he dado mi plato. ¿Qué hay de malo en eso? —Murmuró, un poco cabreado, el de ojos azules.
—Hay más formas de solucionar las cosas.
—Nadie puede solucionar nada —La voz de Dante se alzó a la vez que él saltaba de la cama—. ¿No te das cuenta de lo que ocurre? Nuestra hermana se consume a cada segundo que pasa, delante de nuestras narices, sin que podamos ayudarla. Y si tengo que quitarme de comer para dárselo a ella, créeme que lo haré una y mil veces. Su vida pende de un hilo, Stella está muy enferma. Tarde o temprano pasará lo inevitable. Lo que ninguno desea.
Aquellas dos palabras, lo inevitable, fue una intensa cascada de agua helada sobre los dos hermanos.
Bruno miró los claros ojos de su hermano pequeño y se sentó en el borde de la cama, hundió la cabeza entre las manos y sorbió una profunda bocanada de aire. Eran presos de relatos incompletos y pesadillas repetitivas. El corazón de Bruno no podía seguir soportando el peso de las lágrimas, por lo que estás rodaron velozmente por sus mejillas. Un estómago hambriento, una cartera vacía y un corazón roto es lo que nos demuestra que la vida es de todo menos sencilla.
—Los malos tiempos no durarán para siempre, hermano.
Fue lo único que se le ocurrió a aquel muchacho de sonrisa torcida.
—¿Cuánto más va a durar esta pesadilla? —Quiso saber Bruno.
—Poco hermano, muy poco —El rubio se acercó al cuerpo afligido de Bruno y le obligó a salir de aquel búnker que parecía resguardarlo del resto—. Hemos nacido pobres, pero no seguiremos siéndolo. Los perros ladran cuando no conocen a la gente, nosotros conocemos nuestras capacidades para llegar tan alto como queramos. Poseemos mentes ambiciosas. Seremos tipos honrados, como siempre hemos soñado. Vendrán tiempos felices. Llegará un día en el que Romeo regrese a Sicilia y pueda abrir su propio taller mecánico, como siempre ha querido. Tú podrás casarte con Claudia. Y Stella se librará al fin de su larga enfermedad. Mamá dejará de llorar y sonreirá todo el tiempo. Solo debemos tener fe.
Dante era experto en ocultar sus penas, por eso nadie sabía de sus problemas. Aun estando roto, no cesaba en su intento de reanimar almas sin vida.
—Todo lo bueno que merecemos está por llegar —Dijo.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Quien está dispuesto a sacrificarse por su familia, nada puede derribarlo. Vamos a salir de esta, hermano. Te lo prometo.
El rubio pegó su frente a la de su hermano y apretó sus hombros para alzarlos nuevamente.
Antes muerto que dejar a un hermano solo, la familia siempre es prioridad.
—Triunfaremos en esta vida y en las siguientes, demostraremos a todos que podemos conseguir cualquier cosa. Somos guerreros, somos bandidos. Somos chicos de la calle, somos héroes.
Los achinados ojos de Bruno, castaños al igual que el resto de su familia, menos Dante y Romeo, miraron a su hermano pequeño y dio gracias a Dios por la lealtad de un hermano y el hombre tan brillante en el que estaba destinado a convertirse.
Dante era distinto al resto, tenía un potencial nunca antes visto.
—¿Qué tienes en mente? —Le preguntó.
Dante calló un par de segundos, no sabía demasiado bien por dónde empezar. Así que, sencillamente, dejó que las palabras brotaran por sus labios.
—Voy a irme de Palermo, todavía no tengo claro a donde. Pero en unos meses ya no me tendrás rondando a tu alrededor, Bruno. Ya has conseguido echar a dos de tus hermanos —Bromeó el rubio, alzando levemente las comisuras de los labios—. Vas a tener que arreglártelas sin mí durante un tiempo, prometo que será poco, aunque no puedo decirte cuánto exactamente. Conozco a un hombre que me puede dar trabajo, en otros lugares el salario es más alto que aquí, así que podré mandaros todo el dinero posible hasta que las cosas estén un poco más calmadas y regrese a Sicilia o tenga la oportunidad de llevaros conmigo.
—Es muy arriesgado, Dante. Demasiado incluso para ti —Dijo Bruno.
—Es la única oportunidad que tenemos para no ahogarnos.
—Ya estamos ahogados.
—Aún hay esperanza —Vociferó el muchacho—. Siempre queda esperanza, por muy pequeña que sea.
—¿Y quien crees que te ha dado permiso para irte? —Preguntó una voz tras la puerta entreabierta—. Te recuerdo que todavía vives bajo el techo de mi casa. ¿Has pensando en preguntarme?
—Mamá, eres quien mejor sabe que las deudas nos están asfixiando. Me voy de Palermo para reflotar esta familia, no pienso permitir que nos hundamos. Aún hay tiempo, aún queda esperanza.
—¿Qué pasará contigo? —Preguntó Chiara, meciendo el rostro de su hijo—. Ya dejé ir a un hijo al que no veo desde hace años, no quiero perderte también a ti. Eres tan joven, todavía eres un niño. ¿Cómo voy a permitir que nos abandones?
—No voy a abandonarte, jamás haría tal cosa. Haré lo que tenga que hacer para salvarnos y cuando todo esto llegue a su fin, os llevaré conmigo —Dante cogió las manos de su madre y las besó—. Mamá, por favor, ten fe en mí.
Las lágrimas caían, silenciosas, por las mejillas de la mujer. Chiara miró a su otro hijo, Bruno, cuya mirada era tan cristalina como agua helada.
—¿En qué piensas, cielo? —Le preguntó.
Bruno vaciló unos segundos antes de contestar con rotundidad.
—La vida es un sendero repleto de injusticias. La gente humilde, como nosotros, paga el doble por los pecados de aquellos que no pasan este tipo de penurias. Hemos sufrido mucho y aun nos queda tanto dolor, pero seguiremos hacia delante. No vamos a rendirnos.
Chiara sonrió levemente al escuchar las palabras de Bruno. Ella abrió los brazos y los tres se fundieron en un abrazo, segundos antes de que Stella apareciera por la puerta y alegremente, se uniera al abrazo. Chiara se rio al igual que su hija pequeña. Ninguno de los allí presentes sabía aún que pasarían años antes de volver a reencontrarse.
Las cartas de desahucio, esas que todos conocían pero no querían ver, se escondían en el cajón más remoto de la casa. Dante se dormía pensando en ellas, soñando que un día, tarde o temprano, terminaría arrojándolas al fuego para que estas se quemasen lenta y dolorosamente.
. . .
Aún era de noche. Chiara y Stella dormían en la misma cama, abrazadas como madre e hija. Bruno daba vueltas en el colchón, pensando una y otra vez en el descabellado plan de su hermano y la impotencia que teñía su corazón de rabia. Sí fuese por él, se iría junto a Dante, pero estaba claro que Bruno era incapaz de dejar solas a su madre y a su hermana, sobre todo a la pequeña flor que convertía lágrimas de tristeza en océanos de felicidad. Amaba a su hermana pequeña más que a sí mismo. Todos los hermanos amaban a Stella por encima de ellos mismos. Y la vida, poco justa con quien menos tiene, parecía querer llevársela a cada sonrisa que la pequeña lanzaba al aire. Romeo se había ido, Dante se iría dentro de poco, estaba quedándose a merced del destino. Al final, se asomó por la ventana y se quedó mirando como su hermano pequeño caminaba bajo las estrellas. Dante había salido de casa por mera necesidad, pues sentía que sus pulmones rogaban por aire y debía estar solo aunque fuese unos pocos minutos. El muchacho se sentó en un banco a pocos metros del viejo parque del barrio y encendió un cigarro. La primera calada fue áspera, ni siquiera tenía ganas de consumirse junto al humo. Pero a medida que el cigarrillo desaparecía entre sus dedos, sus ganas por un próspero futuro se agrandaban. Mientras fumaba, el cigarro se consumía y él era el único causante. ¿Por qué no iba a poder hacer desaparecer el dolor? ¿Por qué no intentarlo de una vez? Sin miedo, sin cobardía, sin nada más que el deseo de tener una buena vida.
Los ojos azules de Dante tiritaban a la par que sus frías manos, el agua salada corría por sus mejillas con absoluta libertad. Se había cansado de luchar contra sí mismo.
Una silueta conocida se sentó al lado del muchacho. Ninguno de los dos habló durante un rato bastante prolongado. Ni Dante ni Ricchetti. El silencio era sepulcral. No había espacio para las palabras, para el dolor o para la felicidad.
—¿Has tomado una decisión? —Preguntó el hombre.
—Me iré contigo —Dijo el muchacho.
—Buena decisión, Dante —Ricchetti asintió con la cabeza—. Eres un muchacho inteligente, astuto y leal. Estas destinado a ser el artífice de grandes historias.
—No quiero hacer daño a nadie —Murmuró Dante.
—No lo harás siempre que no sea necesario.
—¿Y cuando sea necesario? ¿Tendré que matar a alguien? —Interrogó el muchacho—. ¿Cómo voy a levantarme por las mañanas y saber que mis manos están manchadas de sangre?
Ricchetti observó los vivaces ojos del chico.
—Tienes miedo —Confesó el hombre.
Dante no dijo nada, jamás aceptaría tal confesión. Pero en verdad, muy en el fondo, le encantaría reconocer su miedo y pedir auxilio. Sin embargo, era un chaval orgulloso. Así que decidió callar y negar levemente con la cabeza.
Raffaello Ricchetti era un hombre de gran inteligencia, por ese motivo llevaba escapando de la justicia toda su vida. Las mentiras de un crío le eran increíblemente fáciles de detectar.
—El miedo no es malo, hijo. Sentir miedo es asfixiante, pero nada contra lo que no puedas combatir. No te avergüences por reconocer que el camino que vas a recorrer, no es como el de los demás. Porque tú, querido Dante, no eres como el resto —El hombre carraspeó—. ¿Recuerdas la vez que nos vimos por primera vez? Eras un niño. No obstante, un niño diferente al resto. Por ese motivo me acerqué a ti. Estabas solo, en mitad de la playa, aguantando las lágrimas tal y como estás haciendo ahora mismo. No querías llorar, y tus esfuerzos no fueron en vano, no derramaste ni una sola lágrima en todo el día. Fuiste muy valiente, Dante.
La mirada del rubio volvió a cristalizarse al escuchar la historia que le unía a uno de los criminales más buscados del mundo.
—Venías a por mí —Rememoró el muchacho—. Supiste que el ladrón que te había robado aquel colgante de diez quilates había sido yo, un niño de los bajos fondos de Palermo.
—Me lleve una grata sorpresa al descubrirte —Sonrió el hombre—. Aun sigo sin saber cómo pudiste colarte en mi limusina y robarme la caja en donde guardaba el colgante.
—Hiciste una parada en una pastelería. Yo merodeaba por alrededor, así que al verte salir de aquella limusina, intuí que dentro de ella guardarías algo de mi interés. Hablas mucho Ricci, agregando que el pueblo te adora e intenta llamar tu atención, no pudiste resistirte a parar un momento y probar el tiramisú de Roberta Tornatore, ella te engatusó.
—¡Mi querida Roberta! —Exclamó el hombre—. Cuanto echo de menos sus postres, es la mejor repostera que jamás he conocido. Una de las desventajas de estar viajando constantemente, es ese mismo. El de no poder degustar la comida típica de tu país. ¡Dante, mi querido niño! Prométeme traerme diez, quince o veinte tarrinas de tiramisú el día que marchemos. Será un viaje largo y necesitaré de ese delicioso pastel para frenar mis ansias de aterrizar.
Dante no pudo evitar sonreír ante la distinguida perdición de Ricchetti por el dulce y todo lo relacionado con la comida.
—Volviendo a lo de antes, contabas como me robaste aquel collar. Debo decir, que era un regalo del embajador de Qatar cuando me reuní con él en Abu Dhabi. Aun sigo sin saber porque motivo me regaló un collar de mujer, es todo un misterio. Me habría gustado más un reloj de esos que solamente te dan la hora, como cualquier otro, pero valen una fortuna. Me gustan los relojes.
—¿Quieres saber como te robe el collar? —Preguntó el muchacho.
—Sí, por supuesto.
Dante carraspeó y recordó aquel día.
—Roberta te cameló para que entraras a su pastelería y te cebó de pasteles, fue una escena digna de admirar. Un multimillonario atrapado por los encantos de una repostera. No sé el motivo exacto, seguramente por tu ferviente empeño en que Guido también probará los pasteles, el caso es que dejaste sin protección el coche. No me fue difícil escabullirme, abrir una de las puertas traseras y hacerme con una elegante caja de terciopelo n***o. Ni siquiera la abrí en el momento.
—¿No sabías lo que había dentro cuando robaste la caja?
—Carecía de tiempo, le escuchaba a Guido decir que él regresaría, así que cogí la caja y corrí hasta meterme en un callejón abandonado y abrirla. Fue una sorpresa ver aquel colgante.
Ricchetti sonreía a medida que el muchacho hablaba, más bien recordaba. Fue una tarde complicada, pero interesante a la misma vez. Después de varias reuniones diplomáticas, el hombre necesitaba una dosis de acción. Así que aquel robo fortuito fue extremadamente excitante. Lo malo fue cuando se enteró que aquel ladrón al que juraba dejarle sin aliento, era un niño que ayudaba a embarcar a decenas de inmigrantes en una inestable patera. Aquel niño se ganaba unas pocas monedas atendiéndolos antes de partir hacia el resto de Europa.
Tanto Raffaello Ricchetti como Guido, su guardaespaldas, se quedaron de piedra.
—¿Por qué me elegiste? ¿Por mi inteligencia? ¿Mi astucia? —Quiso saber el muchacho.
Ricchetti rio.
—Es cierto que eres de gran astucia, Dante. Pero estoy conforme con mi inteligencia, nunca he querido apoderarme de la tuya —Explicó el hombre—. Solo intentaba ayudarte.
—¿Por qué?
—Soy un ladrón, Dante. Asesino a sangre fría si es necesario, torturó sin remordimiento para obtener lo que deseo, dejó caos tras mi sombra y hago daño sin piedad. Pero en realidad, no soy más que un pez en medio de un enorme océano lleno de temibles depredadores. Quise ayudarte, eso es todo.
—Existen pocos depredadores como tú.
Las facciones de Ricchetti, normalmente alegres y despreocupadas, se alinearon en un gesto bastante serio.
—Este mundo es peligroso, muchísimo más de lo que pensamos. Siempre existirá alguien más feroz, más cruel, más dañino. No existe la bondad absoluta, ni tampoco los favores sin esperar nada a cambio. La justicia piensa que entre el bien y el mal, no hay nada. Eso no es cierto. Entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz, hay un abismo lleno de colores. Te ofrezco una vida mejor, una vida en la que no debas robar por cuatro sucias monedas. Sin embargo, te arrebato gran parte de tu libertad. Un favor por otro.
—¿Qué favor quieres que te haga?
—Aún es demasiado pronto para que lo sepas, muchacho —Dijo el hombre—. Estaremos en contacto, Dante. Te veré el lunes que viene, estaré esperándote en el aeródromo a las doce en punto. Partiremos a Estados Unidos y nos instalaremos tan rápido como sea posible, hay muchas cosas que hacer. No te preocupes, hace años que nos conocemos, me fio de ti y sé que no me volverás a robar ningún otro collar. Estás a salvo conmigo.
Ricchetti apretó el hombro de Dante.
—¡Nos vemos en una semana! ¡Procura ir fresco, será un viaje largo!
El hombre se colocó debidamente el sombrero y se marchó lejos, desapareciendo en la más lúgubre oscuridad de la noche.
. . .
La pequeña Stella lloraba, no deseaba ver partir a su hermano. Bruno le abrazaba con tremenda fuerza y le murmuraba, una y otra vez, que le prometiera volver cuanto antes. Chiara mecía el rostro de su hijo como cuando era un bebe y este, ajeno a la realidad, se reía sin hacer ruido.
—¿Estarás bien, cielo? ¿Estás seguro de irte? —Preguntó, por milésima vez, su madre.
—Mamá, no te preocupes por mí. Nápoles está a menos de ocho horas de aquí.
Aquella era la pequeña mentira que Dante había contado a su familia.
—¡Ocho horas! ¡Más de lo que estoy yo en el colegio! —Dijo Stella, abrazando fuertemente a su hermano.
Se negaba a dejarle ir. No quería despedirse también de él. ¿Quién le contaría ahora un cuento antes de dormir? ¿Quién le compraría chucherías sin que mamá se enterase? Bruno trabajaba casi todo el día y mamá no la dejaba traer golosinas a casa, aunque a Dante tampoco y siempre se las arreglaba para esconderlas.
La niña sonrió al recordar que guardaba una piruleta que Dante le había dado anoche, al narrarle con paciencia un largo cuento que hizo dormir a la niña. Quien quedó encandilada con la historia de una princesa que volaba entre las nubes, una princesa guerrera e invencible.
—Guárdala, no abras la piruleta, lo harás cuando nos volvamos a ver.
—¿Y cuándo será eso?
—Cuando la vida nos lo permita.
—¿Vas a tardar mucho?
—Intentaré tardar lo menos posible.
—Vuelve pronto, Dante.
La noche anterior de la despedida, Dante abrazó fuertemente el delgado cuerpo de su hermana pequeña y durmieron juntos, empapándome así de la fuerza tan gloriosa con la que Stella había sido brindada y por esa razón era una niña tan valiente.
—Mamá, prometo que no me pasara nada. Reuniré el dinero suficiente para saldar todas nuestras deudas y podréis veniros conmigo a Nápoles.
Dante besó la frente de su madre y la abrazó.
—Estarás orgullosa de mí. No pienso darme por vencido, no voy a rendirme, haré que salgamos de este pozo.
—Siempre he estado orgullosa de ti, mi amor. Vuelve pronto.
Cuidar a una madre y hacerla sentir querida es lo que todo descendiente debería hacer, pues es lo más valioso que existe. El corazón de una madre es el primer tambor de guerra, la primera llave hacia la felicidad.
—¿Por qué lloras, pequeña? Nos vamos a ver muy pronto, no te preocupes.
Dante se agachó a la altura de su hermanita y retiró las lágrimas que bajaban por sus pálidas mejillas.
—Voy a echarte de menos —Dijo ella.
—Yo también, pequeñaja —Los brazos de Dante estrecharon el cuerpo de Stella—. ¿Me prometes una cosa?
La niña asintió.
—¿Vas a ser fuerte, verdad? No dejarás que nada ni nadie te haga sentir inferior. Eres una niña hermosa, una guerrera, un dulce angelito que no puede perder su magia. Prométeme quererte mucho y nunca darte por vencida. ¿Harás eso por mí, Stella? ¿Serás la niña más valiente de todas?
—Lo seré Dante, te lo prometo.
La niña se tiró al cuello de su hermano y este la abrazó. Junto a ella, Dante se alzó del suelo y la meció lentamente. Acarició su finísimo cabello castaño y llenó sus mejillas de besos. La familia lo es todo, absolutamente todo.
—Ve con mamá, dale un fuerte abrazo —Le susurró al oído mientras la dejaba en el suelo—. Bruno, hermano, no tengas esa cara. Me conoces mejor que nadie, cuando digo que nos volveremos a ver es porque estoy completamente seguro.
—Necesito que seas más específico, Dante ¿Cuánto tiempo vas a estar fuera, sin contacto ninguno, a merced de esta vida?
—Cuanto haga falta —Dante sintió una opresión en el pecho que le empujaba a soltar las lágrimas que tenía retenidas—. Me voy de Sicilia sin pena alguna, porque cuando regrese todos mis esfuerzos habrán valido la pena. No estés triste, hermano. Sonríe, hazlo por mí, el futuro que nos espera será glorioso.
—Confió en ti, Dante —Bruno le cogió de los hombros y abrazó a su hermano pequeño—. Cuidaré de ellas, cuando regreses todo seguirá como cuando te fuiste. Vamos a estar bien. Tú y Romeo vais a estar bien.
Dante visualizó a su madre junto a su hermana, tan bellas y fuertes. Por una extraña razón, sintió la presencia de su hermano mayor y sonrió.
—Saben cuidarse solas, la vida les ha enseñado a ser fuertes —Murmuró Dante—. Te quiero, hermano.
Se despidió, tristemente, de las tres personas a las que dejaba atrás. Se sintió dolorido, pero no por ninguna herida ni nada por estilo, sino por la presión que apenas le dejaba respirar. Así que al atravesar la puerta de casa y bajar las escaleras, tuvo que resguardarse en el portal y dejar libre al agua salada que surcaba sus mejillas. Se echó a llorar.
En aquel instante entendía perfectamente el insomnio de Romeo días antes de irse, las lágrimas ocultas y sonrisas fingidas.
Familia.
La luz
que siempre
espera al
final de todo.