Tuyo me veo y me llamo de lejos
para acercarme al cielo del que emano
y el adorno del cebo a ti me lleva,
cual pez en el hilo arrastra el anzuelo.
Y si un corazón entre dos no late,
a ti se entregó el mío enteramente;
y así quedo, lo sabes: soy muy poco.
Y si un alma entre dos va a lo más digno,
forzado estoy, por vida, a siempre amarte;
pues solo soy leña, y tú leña y fuego.
A principios del siglo XVI, este poema fue escrito por Miguel Ángel Buonarotti, uno de los más grandes artistas de la historia. Ya sea en pintura o poesía, arquitectura o escultura. Su legado será el mayor de los tesoros del renacimiento, en pocas palabras; el mayor de los artistas.
Una hermosa joven acariciaba las letras que se escurrían por sus gruesos labios a medida que hacía eco a todos los invitados del ingenio tan fascinante que poseía Miguel Ángel Buonarotti, pues era un excelente escritor de poesía. La mujer lucía un magnífico vestido dorado de finos tirantes, escote corazón y radiante diseño. Un sencillo cinturón le rodeaba la cintura, unos centímetros más arriba de que el vestido comenzase a fundirse en una tela levemente transparente que caía sobre sus altos tacones.
—El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos.
Los invitados aplaudieron.
—Dichas estas palabras, un breve poema y una cita del maestro Miguel Ángel, quisiera agradeceros por haber aceptado la invitación. Es un verdadero placer comenzar el primer día de la primavera en compañía de tan excelentes personas.
Ivana D'Angelo sonrió ampliamente a los invitados que aplaudían por sus palabras. Muchos rostros le eran conocidos, otros por el contrario jamás los había visto. No obstante, ese no era problema alguno para la finalidad del evento. Ivana era una mujer realmente convincente, su belleza era deslumbrantemente cegadora y su voz, suave y melodiosa. Quien no estuviera rendida ante ella por haber recitado un bellísimo poema, lo estaría en cuestión de segundos.
—Aludiendo a mis palabras anteriores, el reloj marca justamente las doce de la noche del veinte de marzo. Dado que la primavera acaba de empezar, quisiera dar paso al primer cuadro que se subastará en la gala de esta noche. Señoras y señores, un aplauso para Alegoría de la primavera, del maestro Sandro Botticelli.
Fue la misma Ivana quien destapó la tela rojiza y mostró a cada invitado una copia en miniatura perfectamente pintada de La primavera, una de las obras maestras del artista renacentista italiano. Un breve silencio entre el público dio lugar a un murmullo entre los interesados.
Aquella era una gala benéfica en la que se subastaban aclamadas obras de arte y en la que los que mayor pujasen, tendrían en su poder los cuadros más celebres de todos los tiempos. No obstante, el cuadro original seguiría estando en un lugar público en el que los amantes del arte pudiesen admirar tal belleza, pero el comprador poseerían el derecho de trasladar el cuadro a donde más interés causará. Es decir, a su país de origen o cualquier otro lugar del mundo.
El cuadro en miniatura, dentro de una delicada caja de cristal, fue exhibido ante la mirada ferviente de los más codiciosos, quienes morían por ser dueños de tal obra maestra. A lo que se refiere a Ivana D'Angelo, ella era una artista consagrada que representaba a su propia organización benéfica que tomaba parte en aquellas famosas galas y se llevaba un pequeño porcentaje para donar entre los más necesitados de Italia, desde la metrópolis de Milán hasta las islas de Sicilia y Cerdeña. Toda Italia recibía millones de euros a causa de los altísimos precios que los oligarcas podían permitirse pagar por cuadros, esculturas y en muchas ocasiones, los objetos más extraños del mercado. Tales como los supuestos manuscritos de Julio Cesar, la fórmula con la que Cleopatra maquillaba su feroz mirada o la pluma con la que William Shakespeare escribió La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca.
—¡Quinientos mil! —Dijo algún interesado —. ¡Subo la apuesta! ¡Un millón! ¡Dos millones! ¡Tres millones!
El cartel que indicaba un número del uno al cien no dejaba de alzarse por los más ansiosos de poder, los más avarientos. Ivana les observaba desde la lejanía, bebiendo un largo trago del mejor champán francés. Miró por los grandes ventanales del palacio en el que se celebraba aquella gala, sintiendo ganas de alzar el vuelo e ir directamente a recorrer las calles de la hermosa ciudad de Roma, cuyo encanto histórico hacía que Ivana se enamorase cada vez que tenía la oportunidad de volver a la capital italiana. Sus ojos azules, bravíos e indulgentes al mismo tiempo, eran el foco de atención de la mayoría de hombres y mujeres que habían sido invitados. Ivana era verdaderamente hermosa, de la misma belleza que poseería un ángel tallado por las manos de Dios. Estaba atenta a los pequeños detalles, a los minuciosos pormenores que la gente de la elite no prestaba atención. Menudencias, fragmentos, miradas, sonrisas, muecas, gestos, palabras. Todo para Ivana era demasiado importante como para perdérselo.
Mientras inclinaba levemente la cabeza hacia atrás, acabando con el líquido espumoso de su copa, sintió como alguien se colocaba a su lado. Era una figura masculina, más robusta y alta que ella. El desconocido portaba un elegante traje n***o que contrastaba con el tatuaje que llevaba poco más arriba de la oreja derecha, en donde Ivana no pudo prestar demasiada atención, pues aquel hombre se giró totalmente hacia ella y ambos se miraron. Aquel desconocido tenía los ojos azules, extrañamente esclarecidos por la oscuridad que habitaba en ellos. Sus labios eran rojizos y se mantenían en una tambaleante línea recta.
Ninguno de los dos dijo nada, el silencio se hizo dueño del ruido y lo mandó callar, puesto que ni la mujer ni el hombre parecían querer decir la primera palabra. Se quedaron mutuamente sorprendidos, tanto por la belleza de Ivana como por lo arcano que parecía desprender aquel hombre de ojos azules y sonrisa torcida.
—Dante Lucania, mucho gusto en conocerla —Habló el hombre, tendiendo su mano en el aire.
—Ivana D'Angelo —Se presentó ella.
La suave mano de Ivana quedó atrapada por los dedos tatuados del hombre.
—¿Quién pensaría que una mujer tan bella estaría a cargo de este tipo de eventos?
—¿Hay algún problema? ¿No le gustan a usted las galas benéficas o le molesta que una mujer bella esté al mando?
Dante se quedó en silencio ante la inteligente contestación de Ivana y el rubio, como meramente pudo, se recompuso y sonrió irónicamente.
—Creo que me he explicado mal —Dijo.
—Yo también creo que lo mismo —Murmuró ella—. A estas alturas, no debería sorprenderle que una mujer, hermosa o no, sea la encargada de mantener el orden en un evento de este nivel, donde se mueven millones de euros con tan solo levantar un pequeño cartel. Aunque, debo decir que para mí, todas las mujeres son hermosas. Así que sencillamente no debería sorprenderle en absoluto mi papel en esta obra de teatro, la que creo que está siendo tediosa y aburrida para usted.
—Se equivoca, señorita D'Angelo —Murmuró el de ojos azules—. Está siendo una noche fantástica.
—¿Por qué razón?
Dante se encogió de hombros y bebió del delicioso champán francés. La mujer le miró por última vez antes de centrar su vista en el escenario y evitar una sonrisa. Sin embargo, no fue lo demasiado contundente para Dante, este se había fijado en la finísima curva en las comisuras de aquellos labios tan tentadores.
—No recuerdo haber oído su nombre alguna vez —Comentó la rubia, ansiosa por escuchar nuevamente aquella voz.
—Dirijo una cadena de apuestas hípicas asentada en cada ciudad que usted pueda imaginarse. Desde el viejo continente, hasta el nuevo mundo.
—Se dedica usted al mundo empresarial.
—Así es.
—Me abruma demasiado. Nunca he sabido cuál es el motivo, pero le aseguro que los negocios jamás han sido mi punto fuerte, mucho menos las matemáticas. Aunque debo reconocer que gracias a mi memoria fotográfica, conseguí muy buenas notas en cada asignatura. Y reconozco también que soy una gran admiradora de los caballos, son unos animales tan hermosos.
—Oh, la memoria fotográfica. Conozco a un viejo amigo que posee la misma fortuna, es un gusto poder hablar con él. Nunca olvida ni un solo detalle.
—Los detalles son fundamentales, sobre todo si deseas aprender.
—¿Usted desea aprender?
—Siempre —Sonrió la mujer—. Estoy dispuesta a aprender en todo momento. Me encanta escuchar, adoro las historias y los relatos, aunque varíen de vez en cuando. Es por ese motivo la ferviente adicción que tengo por los libros.
—¿Cuál es su libro favorito?
—Me ofende, señor Lucania —Comentó la rubia—. Jamás se le debe preguntar a un buen lector cuál es su libro preferido, pues este jamás podrá contestarle.
Los bellísimos ojos azules de Ivana arrojaron luz a Dante, cuya mirada se desvanecía entre la música clásica que sonaba y la dulce voz de Ivana D'Angelo.
—¡Damas y caballeros, aún quedan diez objetos por subastar en la noche de hoy! ¡Que traigan la siguiente pieza!
El rubio resopló ante aquella abultada cantidad y bebió nuevamente una copa champán. La mujer caminó hacia el ventanal más próximo, la luz de la noche era espléndida. Roma se veía preciosa por el día, pero aún más por la noche. Dante se acercó lentamente a ella.
—Roma espera a unos ojos tan curiosos como los suyos, señorita D'Angelo.
—Me temo que no puedo irme sin antes haber acabado la subasta.
—Serán solo unos pocos minutos —Interrumpió el hombre—. Desde aquí es imposible escuchar el sonido del mar. La playa está a escasos pasos de nosotros.
—No me iré con usted —Comentó Ivana con sorna, cruzándose de brazos.
—¿Por qué motivo dejaría escapar un paseo por la playa?
—Sencillamente no le conozco.
—Esa no excusa, busque otra más convincente.
—No existe excusa más convincente que la de no querer irse junto a un extraño.
—Ahora es usted quien me ofende. No soy ningún extraño.
—¿No lo es?
—La verdad es que no. Y me ofende, puesto que ha dicho usted tener una excelente memoria fotográfica.
—Así es —Dijo ella—. ¿Qué tiene que ver con usted?
—Mucho más de lo que se imagina, señorita D'Angelo —Dante alzó una de sus manos—. Si viene conmigo, prometo contarle la verdad. Acompáñeme a dar un paseo.
—¿De qué verdad habla?
—Una verdad de la que usted aún no es conocedora —Ivana frunció el ceño—. Vamos, la noche está despejada, podremos ver las estrellas con facilidad.
La mano robusta de Dante seguía en el aire. Ivana vaciló unos minutos, pero terminó asintiendo educadamente con la cabeza. La mano de Dante siguió en el aire, ya que el rubio no movió ni un solo dedo mientras observó a Ivana ir a por su abrigo. La mujer se colocó un abrigo blanco sobre los hombros desnudos y fijamente, observó al de ojos azules. Dante reaccionó como meramente pudo y juntos salieron de aquel hermoso palacio.
La obra más célebre del autor Piotr Ilich Chaikovski; El lago de los cisnes, salía proveniente de aquel lugar tan majestuoso. Mientras los dos jóvenes escapaban de allí, la melodía parecía perseguirlos. Y la noche, enternecedora, era testigo del silencio. Y de absolutamente todo de lo que Ivana no quería ver y Dante sencillamente no alcanzaba a ver.
—¿Qué opinión tiene usted acerca del mar? —Preguntó Ivana.
Dante metió las manos en los bolsillos del traje y miró embelesado al mar, luego miró el bello perfil de la chica, cuya belleza le robaba el aliento, pero aún más embelesado le dejaba su ingenio.
No existe nada más hermoso que una mujer fuerte, capaz de romper con los estereotipos. Nada más bello que los gritos de millones de mujeres silenciadas por haber vivido encadenadas a la oscuridad. El tiempo de vivir enjauladas ha llegado a su fin. La mujer se levantará sin miedo y tomará el poder, se hará justicia de una vez por todas. Se luchará por quienes ya no están, por quienes fueron arrastradas hacia la más lúgubre caverna del dolor. Por todas esas heroínas que hicieron que a día de hoy, millones de mujeres puedan gozar de la libertad que ellas no tuvieron. No hay belleza más grande que la de una mujer luchadora, una mujer cuya vida esté marcada por una libertad que muchas ansían pero no logran tener. Por la libertad. Por la igualdad.
«Cuando el mundo entero está en silencio, incluso una sola voz se vuelve poderosa»
—Creo que deberíamos de tratarnos con más naturalidad —Murmuró Dante—. Solo hablo de usted con personas mucho más mayores que yo.
—Entonces yo no soy una de ellas —Dijo la mujer—. Si quiere menos formalidades, así se hará señor Lucania. Ahora, dime ¿Qué opinión tienes acerca del mar?
—Me gusta.
—¿Por qué?
—Me hace sentir a gusto. Me relaja escuchar el sonido de las olas chocando contra la orilla, las gaviotas que se posan sobre las piedras. Sobre todo, me gusta bañarme en el agua.
La chica cerró los párpados y cogió una fuerte bocanada de aire. Tal y como ella predecía, su interior estaba impregnado de aire libre, aire fresco. Ivana sentía como el vello de sus brazos se erizaba a la par que no escuchaba absolutamente nada, ni siquiera su propia respiración. Únicamente oía dentro de ella la risa de una niña a hombros de un hombre. ¿Quién era él? No podía verle el rostro. Solamente se lo imaginaba. Ni siquiera estaba segura que aquello fuese real. Todos los recuerdos con sus padres habían sido borrados de su mente.
—A mi me atemoriza el mar —Confesó ella—. Me gusta la sensación de paz que transmite la orilla, la sensación del agua sobre tu piel, la calidez con la que te envuelve la brisa. Sin embargo, me asusta la extensión del océano. Los secretos que esconde y lo poco que sabemos. Me encantaría descubrirlos todos, pero estoy segura que moriría en el intento. El mar es infinito, como un recuerdo del que no te gustaría desprenderte pero terminas haciéndolo.
En su interior, Ivana seguía oyendo la encantadora risa de la niña.
—Amas y temes al mar a la misma vez —Susurró el chico—. Extraña manera de expresar tus sentimientos.
—Extraña e incomprensible para muchos.
—No para mí —Dijo él—. Yo también temo a cosas de las que me siento atraído.
Se miraron unos segundos. Luego, Ivana siguió observando el mar en calma y Dante encendió un cigarrillo. Le ofreció uno a Ivana y esta aceptó, el humo pronto salió de entre sus labios.
Su imagen era digna de retratar. Una bellísima mujer fumando a escasos pasos de la arena, sosteniendo con elegancia un cigarrillo, vestida de gala y con la melena a merced del viento.
—¿Cuál es esa verdad que desconozco pero tú, un completo extraño en mi vida, está dispuesto a revelarme?
Dante sonrió.
—Puede que algún día te diga toda la verdad, pero esta noche solo sabrás un poco —Refutó el de ojos azules.
—¿Y cuándo será ese día?
—El destino —Dijo él, expulsando lentamente el humo—. El destino lo dirá.
Ivana se quedó en silencio sepulcral y frunció el ceño, miró atentamente aquellos dos irises azules y recordó a un niño cayéndose por la ladera que había enfrente de su casa en Sicilia, de cuando era muy pequeña. Los dos eran unos niños.
—Dante —Susurró ella, una y otra vez—. ¿Eres tú? ¿El niño que se cayó frente a mi ventana? Lo recuerdo bien, caíste sobre unos cascos rojos. Se te rompieron. Intenté recoger los pedazos, pero no pude arreglarlos. Aun los conservo en una caja de madera. Llevabas unos pantalones desgastados. Recuerdo los golpes en tu rostro. Estuviste poco más de diez minutos tumbado sobre las hojas, me asuste de veras. ¿Eres tú? ¿De verdad eres el mismo niño de hace tantos años?
Las comisuras del hombre se alzaron.
—Parece que la verdad ha salido a la luz —Murmuró él—. Envidio tu memoria fotográfica, yo soy incapaz de recordar lo que me ocurrió hace una semanas.
—¡No me lo puedo creer! —Se entusiasmó ella—. ¿Cómo es posible que me hubieras reconocido en la gala? ¡Había cientos de invitados!
—Unos ojos como los tuyos son difíciles de olvidar.
Ella se encogió de hombros y dejó que la brisa fresca del mar, suavemente, golpease su rostro. Tomó una fuerte bocanada de aire, se sentía en paz. Tanto Dante como Ivana observaban las estrellas desde la lejanía, maravillados por la luz que destilaban aquellas esferoides luminosas que habiendo muerto, estando sin vida, siguen resplandeciendo en la más fúnebre oscuridad.
«Tanto es gentil el porte de mi amada, tanto digna de amor cuando saluda, que toda lengua permanece muda y a todos avasalla su mirada.
Rauda se aleja oyéndose ensalzada -humildad que la viste y que la escuda-, y es a la tierra cuál celeste ayuda en humano prodigio transformada.
Tanto embeleso el contemplarla inspira, que al corazón embriaga de ternura: lo siente y lo comprende quien la mira.
Y en sus labios, cual signo de ventura, vagar parece un rizo de dulzura que el alma va diciéndole: ¡Suspira!»
—¿Dante Alighieri? —Susurró la mujer.
Había reconocido aquel poema nada más escuchar el primer verso.
«En medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura, en que la recta vía era perdida»
Así empieza la Divina Comedia, en un bosque oscuro y sobrenatural justo antes del amanecer del Viernes Santo de 1300.
—¿Conoces a Beatriz, verdad? —Preguntó el hombre.
—Pues claro, la mujer que cautivó al mayor poeta italiano.
—¿Sabes su historia? No la de Dante, sino la de Beatriz.
Ivana negó.
—Entonces déjame contarte su inusual vida —El hombre se aclaró la voz—. Beatriz Portinari se llamaba la joven de la que Dante estuvo enamorado hasta su muerte, una noble florentina que residía cerca de su casa. Según el mismísimo poeta, una dama tan bendecida y tan hermosa, cuya voz era tierna, dulce y discreta. Una voz de ángel, una música propia. El gran amor de la vida de Dante. Ella fue su gran inspiración; su musa. Lo curioso es que nunca estuvo realmente con ella, hay quienes incluso dudan de su existencia.
—¿Cómo es posible? En sus poemas consta clarísimamente que Beatriz existió.
—Eso es porque no entienden de poesía. El arte de escribir no se compone únicamente de culta escritura e imaginación. La poesía es arte y para conseguir tal magnitud se necesita que la escritura no solamente sean versos plasmados en una hoja, sino que el escritor realmente sienta lo que escribe. Así que, creo firmemente que Beatriz existió.
—Cuéntame la historia —Pidió la rubia.
—Él la vio por primera vez en una fiesta que el padre de Beatriz organizó en su palacio de Florencia, junto a centenares de invitados más. Él tenía nueve años y ella ocho. Eran unos niños. Beatriz lucía un vestido carmesí y el poeta, aún por entonces un infante, se enamoró completamente. Dante solía decir que desde aquel momento en adelante, el amor gobernaba su alma. Aun así, aquellos dos niños solo se vieron un puñado de veces más.
—¿Un puñado de veces? ¿Por qué?
—Es imposible saberlo. Hay veces en la vida que por muy tente que parezca un nudo, puede llegar a desenrollarse y dejar que los extremos se enreden con otros.
—Cuando dos personas se quieren, nada ni nadie puede impedir que estén juntos.
—Déjame acabar con la historia, aun no he terminado.
—Oh, lo siento mucho —Rio ella, tapándose los labios mientras carcajeaba.
—Nueve años después de verse por primera vez, Dante se atrevió a pensar en ella como una musa, cuya belleza queda plasmada en sus obras de arte. Aquella vez que se vieron después de tantos años, Beatriz caminaba junto a dos amigas por las calles de Florencia, ella saludó al poeta y él se emocionó de tal manera que no pudo contestar. Fue entonces cuando escribió una crónica de su relación, la Nueva Vida, basándose en una mera sonrisa por parte de su amada. Sin embargo, Beatriz se casó con Simone de Bardi, uno de los hombres más influyentes de la ciudad, aunque al poeta poco parecía importarle, pues seguía escribiendo sobre ella, elogiando su belleza y bondad. Tiempo más tarde, Dante quedó devastado con la muerte de su musa, aunque él mismo reconoció que presintió la muerte de su amada en un sueño. Beatriz murió con apenas veinticuatro años de edad.
«Me pareció ver que poco a poco se enturbiaba el sol, aparecían las estrellas y lloraban, que los pájaros caían volando por el aire y que la tierra temblaba.
Un hombre descolorido y macilento se me apareció y me dijo: ¿Qué haces? ¿No sabes la noticia? Ha muerto tu dama, que era tan hermosa»
—Beatriz falleció y Dante se comprometió a no escribir nada más de ella hasta sanar las heridas que había dejado su inesperada partida. El poeta fue riguroso y cumplió con su promesa, hasta que Dante sintió el deseo de volver a elogiarla y escribió sobre ella en la Divina Comedia. Su amada es su intermediaria en el infierno, su objetivo en el purgatorio y su guía en el paraíso.
«Amor brilla en los ojos de mi amada, y se torna gentil cuando ella mira: donde pasa, todo hombre a verla gira y a quien ve tiembla el alma enamorada. Anochece si esconde su mirada, y por volverla a ver todo suspira: ante ella la soberbia huye y la ira; bellas, honrad conmigo a mi adorada. Feliz mil veces quien la ve y la siente; al nacerle el alma al punto empieza todo humilde pensar, toda dulzura, y no sabe, al mirarla sonriente, si en ella se excedió naturaleza, o el milagro gentil tanta hermosura»
Entre delicados acordes musicales, el placentero sonido del violín y las teclas del piano, Ivana y Dante entraron nuevamente al palacio donde se celebraba aquella gala benéfica que después de tantos años, les había vuelto a reunir. Dante arropó con suavidad las finas manos de la rubia y la condujo hasta la pista de baile.
Los músicos estaban encima del escenario, un hombre pasaba el arco por las gruesas cuerdas de un violonchelo de madera, cuyo sonido se mezclaba agradablemente con los otros dos músicos que hacían del violín, el mejor de los instrumentos. Las teclas del piano eran bajadas de vez en cuando. Y cada vez que el pianista cerraba los ojos, los demás músicos alzaban el arco y dejaban que el maestro crease arte. Entre tantos detalles, Dante e Ivana daban vueltas en la pista de baile, sin poder apartar mutuamente la mirada.
—¿Qué le hace a un corredor de apuestas como tú, venir a una gala como esta? —Quiso saber la curiosa mujer.
—Me gusta ayudar.
—No te he visto pujar por nada.
—Justamente nos hemos ido. Ha sido por ti, quería tenerte un rato a solas.
—Podíamos haber esperado unos minutos.
—Creo que he pasado demasiados años sin volver a verte como para esperar unos minutos más.
Las comisuras de los labios de la chica se alzaron nuevamente. Las manos de él volaban sobre la cintura de Ivana, cuyos movimientos eran encantadores. Al contrario que Dante, ella era una excelente bailarina, ganadora de varios premios de Ballet. Fue la película "Breakfast at Tiffany's" la que le hizo querer ser como Audrey Hepburn, moverse como ella, caminar como ella. Para conseguir tal elegancia en sus pasos, Gabriella tuvo la idea de llevarla a ver El lago de los cisnes en su estreno en el teatro Dal Verme. Tal vez fue la belleza de los bailarines, los extensos y arriesgados pasos que daban, la música tan exquisita o el simple hecho de verles actuar en primera fila, lo que hizo que una jovencísima Ivana soñase con ser bailarina de Ballet clásico en un futuro cercano. Y así lo hizo, hasta que una mala caída le arrebató aquel sueño.
Las horas en aquella gala benéfica pasaron veloces, danzando entre los brazos del niño que se había convertido en un hombre, escuchando la risa de la niña que se había convertido en una mujer. Tiempo más tarde, la rubia manifestó en que había llegado la hora de retirarse.
Dante abrió la puerta trasera del taxi e Ivana le dio las gracias.
—¿Nos volveremos a ver? —Fue él quien lo dijo, repitiendo las mismas palabras que años lejanos la niña había gritado.
—¿Quieres que nos volvamos a ver? —Inquirió ella.
—Por supuesto.
Los gruesos labios de la mujer se alzaron y sin mucho más que decir, el conductor arrancó el motor. Ivana bajó la ventanilla y se resistió a mirar hacia atrás, pues tenía la intuición de que el rubio seguiría estando donde le había dejado. Era cierto, Dante no se había movido ni un milímetro. Seguía impactado por la enorme belleza de aquel querido ángel, aquella preciosa mujer.
Tan carismática, curiosa e inteligente. Tan fascinante. Tan enigmática.
Dante amaba los enigmas.
Al fin, sacó su teléfono móvil y marcó un número en concreto. No esperó demasiado a que alguien le contestase.
—¿Has estado con ella?
—Toda la noche —Respondió Dante.
—Háblame —Rogó aquel desconocido—. ¿Cómo está? ¿Sigue tal y como la recordabas?
—Es preciosa —Confesó el rubio—. También es verdaderamente inteligente, muy perspicaz. No ha cambiado nada.
—Me alegra oír eso.
—¿Qué vas a hacer? —Preguntó Dante.
Hubo un silencio. El rubio esperó pacientemente a que el hombre por la otra línea, desconociendo su paradero, contestase a su pregunta.
—Ha llegado la hora de reencontrarme con ella —Dijo al final.
—¿Cómo lo harás?
—Entregándome a ella —Murmuró el mismísimo Raffaello Ricchetti.
—No entiendo lo que dices.
—Terminarás entendiéndolo, Dante. Ahora no es momento de explicaciones, las tendrás en su debido momento. De mientras, sigue lo acordado. Gánate su confianza, consigue que se sienta protegida a tu lado, que te cuente todo lo que sabe del pasado. De esa forma, en unos pocos meses estarás alzándote con lo que más deseas. Sobre todo, protégela de cualquier insignificante detalle. No me fio de los muchos enemigos que me he ido labrando a lo largo de estos veinte años.
Otro silencio más.
—Te haré jefe de la familia Genovese. Te doy mi palabra —Dijo Ricchetti.
—¿Cuándo regresarás a Italia?
—En dos meses, el tiempo que tienes.
—Será suficiente.
Dichas esas dos últimas palabras, Dante miró las mismas estrellas que horas antes había estado observando con Ivana, la mujer que le habían encomendado proteger y que desconocía la razón. El viejo Ricchetti no le había contado su propósito con Ivana a nadie de su confianza. Dante debía adentrarse en su vida para recibir a cambio lo que llevaba años esperando, el poder de ser reconocido por todas las mafias del mundo como el jefe de jefes, el mayor hombre de honor dentro de la Cosa Nostra.