Roma: la ciudad eterna.
Parece que los años no han pasado por una de las ciudades más cosmopolitas del mundo. Desde que Rómulo y Remo fundaron Roma un lejano veintiuno de abril, hace más de tres mil años, esta ciudad ha sido la cuna de los monumentos y los restos de los edificios más espléndidos e imponentes del panorama artístico, tanta es la belleza de Roma que un paseo por sus calles se convierte en un viaje en el tiempo hasta la época de máximo esplendor de la capital. Roma es el recuerdo de los Gladiadores batallando a vida o muerte en el grandioso Coliseo, los carruajes emprendiendo vertiginosas carreras en el formidable Circo Máximo y también la visión de los sabios romanos paseando por el foro mientras conversan. Asimismo, la ciudad de Roma y sus alrededores rebosan esplendor, hermosura y fulgor. Desde la plaza más bella de Roma; la plaza Navona, explorando las calles que rodean la Fontana di Trevi, de compras por el mercado de Campo de' Fiori, contemplando los restos espectaculares del Panteón, hasta un paseo por las ruinas majestuosas de la antigüedad; el Foro romano y el Coliseo.
¿Qué mejor lugar que Roma para enamorarse?
—No conozco una ciudad más bella que Roma —Susurró Ivana, observando con fascinación la hermosa Fontana di Trevi.
La mujer estaba hechizada con la escultura de Neptuno guiando su carro tirado por caballos marinos y tritones. Parecía tan real, tan existente. Sobre todo, tan excepcional. Ivana D'Angelo, como gran entendida del arte, le era imposible explicar cómo unas manos al igual que las suyas, iguales a las del resto, pudieron construir tal obra de arte, inexplicablemente majestuosa y sublime.
—Hemos dado con un buen día, normalmente esta plaza suele estar a rebosar de turistas —Murmuró Dante.
—Lo sé, por eso quiero aprovechar y admirar con paciencia todo lo que hay a mi alrededor. Quiero irme de Roma y tenerlo todo retenido en mi mente.
—¿Eres una adicta al arte?
—Soy adicta a lo hermoso —Dijo ella, paseando alrededor de la fuente—. Todo lo que creo que es hermoso, me atrae inexplicablemente. Y esta fuente, esta plaza, toda Roma es hermosa.
Dante sonrió ante las palabras de la chica y paró su mirada en ella. Sencillamente, Ivana lucía hermosa, al igual que la ciudad de Roma. Unos finos pantalones blancos de mezclilla, una estilosa camiseta a rayas y unos mocasines del color del océano, profundo e intenso. Su cabello rubio, el mismo del que se quedó prendado el día que cayó por la ladera, envuelto en una larga trenza, se movía al lento compás del viento que hacía aquella mañana.
—¿Debería pensar que habernos encontrado a sido una casualidad? —Preguntó la rubia—. Siempre he creído en el destino, pero muy poco en las casualidades.
—¿Insinúas que he venido desde Estados Unidos pensando en que podría encontrarte? Curiosa observación.
—Más o menos —Bromeó ella—. Pienso que habernos encontrado el uno al otro, después de tantísimos años, ha sido obra del destino. El maravilloso destino.
Aquel destino al que se refería Ivana tenía nombre y apellido. Solo que ella aún no sabía nada sobre él.
La chica sonrió y no perdió más tiempo en hablar, junto al chico de ojos azules y sonrisa torcida, recorrió gran parte de la ciudad. Primero, dejaron con dolor la Fontana di Trevi y se dirigieron al Coliseo, tardando poco más de diez minutos. El coche en el que montaban era un descapotable, del color de las olas del mar y alquilado por Dante durante su estancia en Roma. Ivana se reía incontrolablemente cada vez que el viento acariciaba su piel. Y Dante, como buen acompañante de una mujer tan fascinada por el arte, seguía sus pasos y disfrutaba de su encantadora risa. Entraron al Coliseo, tal vez el icono de la ciudad y uno de los lugares más visitados. Desde las gradas, Ivana obligó a Dante a que le sacara una decena de fotos, regañándole sutilmente por no encontrar el ángulo perfecto. Para Dante, ningún ángulo hacía honor a su belleza. En apenas diez minutos, regresaron al coche y pusieron rumbo a la Piazza Navona y al Panteón, ambos lugares se encuentran a escasos metros de distancia, por lo que Ivana se quedó aún más asombrada. La cámara que colgaba de su cuello no dejaba de funcionar, pues la chica aparte de quedarse observando largo rato, inmortalizaba cada detalle. En una de sus intervenciones, Dante le robó la cámara y comenzó a fotografiarla estando Ivana a pocos metros de las tres fuentes que alberga la plaza. Al principio, se sintió verdaderamente cohibida. Rato más tarde, la chica posaba con gusto. Aun así, Dante observó rápidamente las fotografías robadas e indudablemente pensó que aquellas eran las más bonitas. Pararon para almorzar en un bonito restaurante alejado del caos y degustaron todo tipo de platos tradicionales. No fue hasta horas más tarde, cuando los dos volvieron a emprender su camino y siguieron observando Roma hasta la noche. El día había llegado a su fin, pero Ivana estaba plenamente satisfecha.
Pusieron rumbo a su último destino.
Fueron cuarenta y cinco minutos de viaje para llegar a la playa de Capocotta, situada entre el lido de Ostia y Torvaianica. Aquella playa de la que Ivana no era conocedora, fue toda una sorpresa. Una bellísima sorpresa.
—Mientras fotografiabas el Castillo de San Ángelo, he comprado una botella de vino. El hombre de la tienda me ha dicho que su sabor es excepcional —Dijo Dante, parando el coche frente a la playa.
La costa se extendía por un puñado de kilómetros, cubierta de arena suave.
Salieron del coche, Dante cogió la botella de vino y varios vasos de plástico, Ivana se hizo con una chaqueta para sentarse sobre la arena. Se deshicieron de los zapatos y dejaron que la suavidad de la arena cosquilleara su piel. Ivana hizo volar la chaqueta de Dante mientras que él abría la botella de vino, la rubia aprovechó para acercarse a la orilla y permitir que el agua mojara sutilmente sus pies. No pudo evitar reírse al sentir el agua e instintivamente retrocedió varios pasos. La sonrisa de Ivana era excepcional, de oreja a oreja.
—¡Ven! ¡El vino está delicioso! —Gritó Dante.
Ivana se separó con pena de la orilla y corrió hacia la profundidad de la arena, se dejó caer sobre la chaqueta y agradeció aquella improvisada copa de vino.
—Lamento que sean vasos de plástico, no había otra opción —Se excusó Dante.
—Es perfecto —Dijo ella—. Todo esto es perfecto.
Se miraron unos segundos, hasta que Dante apartó la mirada.
—Me alegra que estés contenta, ha sido un día agotador —Comentó él.
—Es lo que tiene visitar una de las ciudades más concurridas.
—Roma es una ciudad maravillosa, pero añoro la tranquilidad de Sicilia.
—Sicilia es otra forma de vida. Mucho más flemática, mas pacifica.
—Menos personas en cada rincón —Rio el moreno—. ¿Te quedarías a vivir aquí?
Ivana escuchó con atención las palabras de Dante y se encogió de hombros, sin saber qué contestar, o más bien que debería de contestar. Ella amaba Roma, pero también amaba el vago recuerdo de su familia en Sicilia y su presente en Milán. Centró su mirada perdida en el tranquilo mar y sonrió al infinito que este aguarda. De pronto, se hizo pequeña. Muy pequeña. El mar se la había tragado y solamente estaba ella dentro de una diminuta caja de cristal.
—Roma siempre será mi ciudad ideal, donde venga cada vez que necesite un descanso, donde pase horas eternas entre maravillosas obras de arte. Sin embargo, creo que sería incapaz de trasladarme a vivir aquí. Este no es mi hogar.
—¿Milán es tu hogar?
—No —Dijo ella—. Sicilia es mi hogar, donde crecí hasta los siete años, la isla que me vio nacer. Donde mis padres se conocieron, donde todo ocurrió.
Su voz, áspera y temblorosa, fue decayendo hasta hacerse el silencio.
—Cuéntame sobre tus padres —Pidió el moreno, encendiéndose un cigarro.
—¿Por qué?
—Quiero conocerte, Ivana. Estoy interesado en escuchar tu historia.
—Yo no tengo historia.
—Todos tenemos una historia, aunque aún no seamos conscientes. O simplemente aún no esté escrita —Comentó Dante tras acabar con las pocas gotas de vino que aún quedaban—. Tengo un viejo amigo que es capaz de cualquier cosa por escuchar una buena historia, siempre está dispuesto a ser el oyente de cualquiera que desee hablar. Él habla mucho, demasiado para mi forma de ser. Aun así, no encuentro aburrimiento en sus palabras. Sus historias me fascinan, tanto como a él le gusta contarlas y escucharlas. De él aprendí a escuchar y a saber que todos tenemos una historia desde nuestro primer pestañeo hasta nuestro último aliento.
—Ese viejo amigo tuyo parece ser alguien muy sabio —Murmuró Ivana.
—Es sabio e inteligente, también muy escurridizo.
Ivana sonrió y hundió con sutileza las manos en la arena blanca, apretó con poca fuerza y cogió una bocanada de aire.
—Mis padres murieron en un incendio —Comenzó a relatar—. Por aquel entonces, yo era una niña. Murieron el mismo día de mi cumpleaños, horas después de haber cumplido siete años. No recuerdo lo que sucedió aquella noche, todo en mi mente está borroso. Han sido años en los que he intentado recordar al menos el rostro de alguno de ellos, pero no puedo. No los distingo entre el fuego. A ninguno de los dos.
—¿Por qué no puedes verlos?
—Borraron mis recuerdos cuando era niña. La mujer que me adoptó conocía a un doctor que conseguía borrar traumas y lentamente consiguió que olvidara absolutamente todo de aquella noche, incluyendo a mis padres. Al principio me negué a seguir aquel tratamiento, creía que soñar con aquella noche, aunque fuesen pesadillas realmente horribles, era mejor que olvidarme de quienes me habían dado la vida. Pero al fin me hicieron entender que no estaba en lo correcto. La única forma de seguir con mi vida era olvidando la noche del incendio, pagando el precio de tener que abandonar por completo a mis padres.
Un par de lágrimas recorrieron con lentitud las mejillas de la chica. Hablar sobre aquella noche aun dolía demasiado, incluso habiendo transcurrido tantos años.
—¿Por qué dejaste que te borraran aquel recuerdo? —Quiso saber el moreno.
—Era la única forma de seguir adelante —Confesó ella—. Si hubiese seguido soñando con esa horrible noche, me habría consumido. Olvidarme de mis padres ha sido mi salvación. Me duele decirlo, pero es la verdad. A veces me arrepiento, otras veces simplemente me digo a mí misma que de no haber sido así, tal vez no estaría aquí, hablando contigo por ejemplo.
—¿Qué crees que te hubiera pasado?
—No quiero pensar en ello —Dijo Ivana—. Solo quiero pensar en ahora, disfrutar de este momento.
Ivana limpió las lágrimas que corrían por su rostro y evitó mirar los hipnotizantes ojos de Dante durante varios minutos, hasta que le escuchó reírse.
—¿Te apetece volver a disfrutar de un paseo? Tal y como hicimos hace unas pocas semanas. La noche vuelve a estar despejada, seguro que conozco alguna historia que nos entretenga mientras caminamos por la arena.
Ivana no pudo evitar sonreír tiernamente y deslizó su mano por la de Dante, alzó con entusiasmo su cuerpo y juntos, lenta y pausadamente, caminaron por la playa.
—Ya has escuchado mi historia, tal vez algo corta y aburrida. Ahora quiero saber sobre ti, sobre tu historia —Pidió la rubia.
—Soy un libro abierto, Ivana. Pregúntame lo que quieras.
—No quiero preguntar, quiero que me cuentes tu historia. De principio a fin.
La rubia se agachó repentinamente y cogió un puñado de arena que mientras Dante iba contando su historia, ella dejaba escapar entre sus dedos.
—Ya sabes a lo que me dedico, soy un hombre de negocios. Aunque esa es una de mis muchas facetas, no soy de esos que se pasan el día entero con traje y corbata. Me gusta jugar al fútbol, siempre he querido ser futbolista profesional, pero me di cuenta demasiado pronto que aquel era un sueño relativamente imposible. Tengo dos hermanos mayores y una hermana menor. Mi padre murió cuando Stella nació, desde entonces hemos sido nosotros y mi madre. Supongo que es un cliché que estarás harta de escuchar, pero no miento cuando digo que mi madre es una verdadera guerrera de la vida, comparable a los gladiadores que combatían en el Coliseo.
—Eres un hombre muy familiar —Susurró ella—. No te imaginaba así.
—¿Cómo me imaginabas?
—Te aviso, soy una gran perfilista —Dijo la muchacha, llena de encanto y alegría—. Aquella noche te vi como el típico hombre de negocios, como tú bien has dicho, hasta arriba de trabajo, depresión y ansiedad. Yendo a visitar a la familia en navidad unas pocas horas para luego embarcarse hacia cualquier otro lugar. No obstante, he sabido lo equivocada que estaba nada más prestar atención a tus tatuajes. El que te asoma por la camisa, el apellido de tu familia, es un símbolo de amor hacia ellos. Por otro lado, el tatuaje que tienes pocos centímetros más arriba de la oreja derecha, es fruto de tu indudable devoción por la divinidad. Eres un hombre devoto. Algo que no me sorprende, sientes que la cruz que cuelga de la cadena que rodea tu cuello es una especie de amuleto. Te gusta lo tradicional, pero estás abierto a nuevas experiencias. Vives en una especie de tiovivo en el que a veces se ralentiza en el lado conservador y otros en el lado moderno. Aunque, aún habiendo analizado lo que a mi parecer puede llegar a ser lo más detallado posible. Hay algo que no termino de encajar.
—Tu dirás —Susurró el rubio.
—¿Qué pasó para que dejaras de ser un niño de la calle? ¿Qué cambió en tu vida? —Interrogó la rubia—. Pasaste de estar amarrado a la pobreza a ser un corredor de apuestas de gran éxito. Recuerdo tu forma de comportarte, lo cohibido que estabas cuando te invité a entrar.
—Sigo siendo un niño de la calle —Confesó Dante—. Desde pequeño, mi madre me enseñó a respetar y a no tener miedo. Poseyendo tales virtudes, era previsible que pudiese alcanzar cualquiera de mis sueños. Además, he tenido la suerte de estar bien rodeado, tanto de amigos como de familiares. Un tipo con suerte.
Ella le sonrió débilmente, Dante hizo lo mismo.
—Parece que fue ayer cuando llegaba a casa después de estar a merced del diablo y me escudriñaba la cabeza para intentar averiguar la forma de pagar las facturas, ver llorar a mi madre por culpa de la desesperación, observar el dolor de quienes me rodeaban por culpa de la pobreza, esa que sigue corriendo por mis venas. Jamás dejas de pertenecer a la calle, sus consecuencias se convierten en heridas que nunca sanan. La vida siempre me ha golpeado con dureza, pero aquí sigo firme y con ganas de salir adelante. Por ese motivo doy gracias a Dios, por los buenos momentos y también por los difíciles, por la amistad verdadera, por mi familia, por los errores que he cometido y los pecados que cometeré, por todo lo que Dios me ha brindado, por lo que está por venir y por no haberme abandonado. No hay un solo día que no esté en deuda con el de arriba, ni una sola mañana en la que no me ponga este colgante. Soy un hombre de fe, toda mi familia lo es.
Muy lentamente, Ivana llevó su mano derecha hacia el colgante de plata que colgaba de su cuello y rozó la cruz. No era una cruz sencilla, había sido forjada hacía cientos de años y pasaba de generación en generación. Dante la había cogido como última voluntad de su padre, pues Luigi Lucania sabía que su hijo estaba destinado a hacer grandes cosas.
La noche, cuya caída había sido hacía un par de horas, envolvió los cuerpos de Ivana D'Angelo y Dante Lucania hasta el amanecer. Un par de lagrimas cayeron inocentemente por las mejillas de la chica, tanto de tristeza como de alegría.
Ella reía, él disfrutaba con su risa. Ella sonreía, él contemplaba sus labios.
Provenían de mundos muy distintos, pero habían crecido bajo la sombra del mismo dolor. Lo que les unía era inexplicable pero de una forma u otra, el destino insistía en mantenerlos juntos de una manera totalmente real.