4

961 Palabras
Cuando la banda comenzó a tocar, el lugar se oscureció un poco. María había buscado a Clara por todos lados, se sentía culpable de no haber notado su ausencia antes. Aquellos petulantes jóvenes se habían apropiado de la escena con sus comentarios absurdos y altaneros. Sus compañeras del secretariado parecían a gusto con ellos, pero ella siempre sentía que necesitaba más. Agradecía los halagos, por supuesto, pero su experiencia era algo insatisfactoria con el sexo opuesto. Una vez que los besaba parecía que nada más les importara. Lo había intentado en un par de oportunidades, incluso quien creía su amigo desde la infancia, la había defraudado. Había sido su primer beso, lo había esperado durante toda la tarde que habían compartido en la plaza y tomando un helado. Lo había besado como en las películas que amaba, dejando que introdujera su lengua en ella. Al principio había sido algo brusco, pero luego algunas sensaciones placenteras habían alcanzado su estómago. Luego de aquel beso creyó que volverían a pasar tardes conversando y riendo juntos, pero nada había resultado así. Él la veía y se abalanzaba para volver a besarla, no le interesaba nada más que avanzar, la había acariciado y con cada encuentro buscaba algo más que tocar. La decepción había resultado tan grande que dejar de verlo se había convertido en un alivio. Desde entonces lo había intentado algunas veces más, pero todos parecían buscar lo mismo. Aún no había conocido a nadie que le demostrara lo contrario, por eso en general, pasaba de los chicos seguros de sí mismos que creían que con un par de frases armadas lograrían su rendición. Seguía buscando a Clara con desesperación, cuando le pareció verla en el escenario. Entrecerró sus ojos y la inconfundible sonrisa de su amiga la terminó de sacar de la duda. Cómo había llegado allí debería explicarlo con lujo de detalles luego, pensó con una sonrisa en los labios. Con el estridente sonido de aquella banda, bastante mala, por cierto, se acercó hasta la barra, donde se encontraban Rosa y Ana. Escucharon los últimos temas juntas en silencio y cuando por fin la música volvió a un volumen razonable María les contó de Clara. -En serio, estaba en el escenario y muy feliz.- le volvió a contar a sus incrédulas amigas. En ese momento dos jóvenes se les acercaron invitándolas a tomar un trago juntos. Uno de ellos era realmente atractivo. Tenía los ojos celestes y enormes, su cabello era claro al igual que sus pestañas y su cuerpo esbelto. Resultó llamarse Mariano, era un estudiante de economía que no dejaba de mirar a Rosa. -¿Ustedes de donde son?- les preguntó Mariano, con el único objetivo de escuchar la voz de aquella joven de mirada provocativa. -De Capital, fuimos al colegio juntas.- le respondió Ana, animada por charlar con alguien diferente. -¿Y a qué se dedican?- preguntó de nuevo mirando a la joven que había seguido con su mirada toda la noche. -Yo estudio periodismo, María está en el tercer año del secretariado y Rose es una artista.- le respondió, justo cuando Rosa la pisaba con disimulo para que dejara de develar sus vidas. -¿Así que artista? Me encantaría ver tus obras.- le dijo Mariano y al ver que Rosa alternaba su mirada con la de sus amigas con nerviosismo, estiró su mano con galantería. -Pero primero me encantaría invitarte a bailar.- agregó atreviéndose a tomarla de la mano. Rosa se sonrojó. Era un chico hermoso, se estaba comportando como un caballero y sin embargo había algo que le impedía aceptar su invitación. Ana reconoció la duda en su amiga y decidió ayudarla, tomó al joven que acompañaba a Mariano de la mano y luego a Rosa de la cintura. -¡Vamos! - dijo sin darle tiempo a responder y en unos pocos segundos se encontraron los cuatro en la pista bailando música disco. De vez en cuando Ana le enviaba una mirada a su amiga alentándola a corresponderle a aquel joven tan atractivo pero Rosa no terminaba de decidirse. Entonces llegó una nueva canción algo más lenta y Mariano no dudó en atrapar a aquella enigmática mujer entre sus brazos. -¿Alguna vez te dijeron que sos hermosa?- le preguntó casi al oído mientras unía sus cuerpos con disimulo. Rosa sonrió y continuó bailando. -Rose… un nombre muy apropiado para una artista.- volvió a decirle aún más cerca. -No sé si puedo llamarme artista.- le dijo ella, por fin, regalandole el sonido de su voz. Mariano sonrió y sus blancos dientes hicieron de su rostro una obra de arte. -Menos mal que me hablaste, estaba comenzando a creer que eras muda.- le dijo mientras continuaban bailando. -A lo mejor no tenía nada interesante que decir.- le respondió ella, haciéndolo sonreír de nuevo. -Estoy seguro de que tenes mucho qué decir, Rose.- le dijo él en el mismo momento en que la hacía girar sobre sus pies y volvía abrazarla aún con más fuerza que antes. Mariano sintió que podría amarla y su personalidad era tan perseverante que no tenía intenciones de no lograrlo. Rosa era una chica hermosa, de sonrisa difícil y mirada enigmática, lo que la convertía no sólo en un deseo, también era un desafío. Bailaron el resto de la noche, entre miradas y roces provocativos, Rosa no terimanba de bajar su escudo, lo encontraba atractivo, pero ella era exigente. La cercanía, su perfume y las dulces palabras que susurraba entre canción y canción la animaron a darle una oportunidad. Estaba a punto de besarlo cuando Ana se le acercó con paso firme. -Tenemos que irnos. Algo le pasó a Clarita.- le dijo y Rosa, sin dudarlo, dejó a aquel atractivo extraño con demasiadas ganas de volver a verla.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR