LAS RAZONES EQUIVOCADAS . La mancha de vino seguía allí. Inmóvil, exigente e inquisidora. No había cambiado su aspecto, aunque el sol se haya empecinado en iluminarla varias horas cada mañana. Era la última evidencia de lo sucedido aquella noche, en que mi vida había cambiado para siempre y se empecinada en recordármelo, aunque hoy, se suponía que no debía importarme. Oscura, salvaje e indiferente, su semejanza con mi pasado era tan abrumadora que me arrancó una lágrima, que me obligué a limpiar con el dorso de mi mano. Como presos de un hechizo mis ojos no podían despegarse se la alfombra, que supo ser impoluta por años, para convertirse en el rincón más escalofriante de mi casa. Cerré por fin los ojos intentando que aquello no me perturbara, pero mis labios apretados, revelaban la

