Capítulo 1. Venganza de sangre.
Advertencia.
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Capítulo 1.
Venganza de Sangre.
El aire en la habitación principal de la mansión Pier es denso, saturado de un calor humano que proviene de la urgencia de dos cuerpos que se consumen. Los gemidos de Evangeline Pettrony, son notas altas que perforan el silencio de la planta superior, mezclándose con el jadeo rítmico de Mateo Pier. Él la sujeta por las caderas con una posesividad que raya en lo violento, sus dedos hundiéndose en la piel suave mientras el placer lo ciega.
— Mateo, ¡Mmm! —exclama ella, arqueando la espalda, el cabello desparramado como seda negra sobre las sábanas de hilo egipcio.
— ¡Oh! Evangeline, me vuelves loco… Eres mía, solo mía —gruñe él, perdido en el vaivén de un deseo que lo mantiene ajeno al mundo.
En este instante, para Mateo, el universo se reduce a esas cuatro paredes recubiertas de papel tapiz importado y molduras de oro. El descontrol es total. Es fuego puro consumiendo la lógica. Sin embargo, más allá de la puerta de roble tallado, la realidad es una bestia silenciosa que afila sus garras.
La mansión Pier se levanta sobre la colina como un monumento a la soberbia. Es una fortaleza de hierro, pero esta noche, la seguridad es un espejismo. En la caseta de vigilancia, el resplandor azulado de las pantallas de los teléfonos móviles ilumina los rostros desidiosos de los guardias. Dos de ellos se ríen por lo bajo, compartiendo videos de pornografía explícita, sus dedos grasientos deslizándose sobre el cristal mientras sus armas descansan, olvidadas, sobre las rodillas.
Creen que el apellido Pier es un escudo impenetrable. Se equivocan.
En el exterior, las sombras cobran vida. Figuras vestidas de n***o absoluto se funden con la vegetación del jardín, moviéndose con la precisión de depredadores alfa. No hay crujido de hojas, no hay susurros. Solo el acecho. El “Demonio de las Sombras” lidera el avance, observando desde la periferia cómo los vigilantes se distraen con las risas y el contenido obsceno de sus pantallas.
Uno de los hombres de seguridad, ubicado cerca de la fuente de mármol, frunce el ceño. Nota una luz inusual que parpadea entre los arbustos. La atmósfera se siente pesada, cargada de una electricidad estática que le eriza el vello de los brazos. La casa, normalmente un hervidero de actividad controlada, ahora se percibe llena de tensión.
Parpadeo. Parpadeo. Es clave morse. La señal ha sido dada.
En el jardín, el caos es quirúrgico. Los hombres de n***o inician la limpieza. Los guardias de la entrada caen antes de que puedan soltar un grito. El sonido de los silenciadores es apenas un soplido, un pfft casi musical que precede al golpe de los cuerpos contra el césped húmedo. Los acorralan con una lentitud aterradora, cerrando el círculo alrededor de la mansión.
— Eso, dale con todo, reviéntale ese… —el guardia no termina la frase.
Un proyectil atraviesa su cráneo, astillando el teléfono que sostenía. El celular cae de sus manos muertas, la imagen de depravación sigue reproduciéndose en el suelo mientras la sangre comienza a encharcar el dispositivo.
Benjamín Santory, el demonio que lidera la incursión, se mueve con una agilidad sobrenatural. No es un hombre, es una fuerza de la naturaleza motivada por un odio antiguo. A su derecha e izquierda, sus subordinados eliminan cualquier resistencia. Él no se detiene; su objetivo está arriba. Entra en la mansión con la elegancia de un espectro, sus botas tácticas no emiten sonido sobre el suelo de porcelanato.
De repente, un disparo resuena en el vestíbulo principal. Alguien ha logrado reaccionar.
— ¡Intrusos! —grita un escolta antes de ser derribado por una ráfaga precisa de Benjamín.
Él hace una señal rápida con la mano. Su equipo se divide: una facción barre la planta baja hacia la derecha, la otra hacia la izquierda, asegurando las salidas de servicio y la cocina. Benjamín, solo, inicia el ascenso por la gran escalinata de caracol. Sus ojos están fijos en la planta superior. Cada paso que da es un recordatorio de la deuda de sangre que ha venido a cobrar.
Al llegar al rellano del segundo piso, el largo pasillo se extiende ante él como las fauces de un lobo. Benjamín toma hacia la izquierda. Sus hombres a la derecha. Finalmente, lo encuentran.
Mateo Pier yace en el lado derecho de la cama matrimonial, el pecho subiendo y bajando en un sueño profundo y post-coital que destila una falsa sensación de seguridad. El lado izquierdo de la cama está vacío, las sábanas desordenadas confirman que alguien más está en el lugar.
En el baño adyacente, el sonido del agua cesa. Evangeline sale, llevando apenas un camisón de algodón y un cachetero, secándose el cabello con una distracción casi angelical.
Entonces, el primer disparo impacta en el cuerpo de Mateo sobre la cama.
— ¡MATEO! —el grito de Evangeline desgarra el aire.
Su reacción no es de miedo, sino de una furia contenida que se desborda en un instante. Se lanza hacia el primer hombre armado que entra por la puerta. Su agilidad es letal. Con las manos vacías, y una técnica de combate impecable, le rompe el cuello al primer intruso antes de que este pueda ajustar su mira.
Benjamín llega a la habitación, alertado por los gritos, y se detiene en seco al ver la escena. Hay dos de sus hombres muertos en la entrada. Sobre la cama, la mujer está abrazando el cuerpo inconsciente y ensangrentado de Mateo, usando su propio cuerpo como escudo.
— Muévete… Levántate —ordena Benjamín, apuntándole directamente a la frente con su arma. Sus ojos son témpanos de hielo.
Ella no obedece. Sostiene a Mateo, cuya sangre empieza a manchar el camisón. En el pasillo, los ecos de botas corriendo se intensifican.
— Vienen más hombres, señor, dese prisa —advierte uno de los subordinados de Benjamín desde el umbral.
— ¡Que te muevas te digo! —gruñe Benjamín, perdiendo la paciencia.
La toma del brazo con fuerza para arrancarla del cuerpo de Mateo.
Es en ese momento cuando ella levanta la mirada. El tiempo se detiene. El espacio entre ellos se contrae. Benjamín se queda paralizado durante unos segundos que parecen siglos. Ella tiene ojos de gato, un verde griseaceo, profundos, analíticos, cargados de una ferocidad que él no esperaba encontrar en la amante de un hombre como Pier. Hay algo en esa mirada que le resulta perturbadoramente familiar, algo que resuena en lo más profundo de su instinto.
Pero la parálisis dura poco.
Con la velocidad de un látigo, Evangeline lanza un golpe seco y potente al abdomen de Benjamín. El impacto es tan preciso que le saca el aire, obligándolo a retroceder varios pasos. Ella se pone de pie sobre el colchón, su figura recortada contra la luz de la luna que entra por el ventanal.
Comienza una batalla brutal. Golpe tras golpe. Ella se mueve hacia él con una coreografía de violencia pura, reduciendo el espacio, impidiéndole usar su arma de largo alcance. Benjamín se defiende, bloqueando patadas que podrían romper costillas. Ella es una sombra veloz; en un descuido de Benjamín, ella logra sujetar el arma de él, presionando el cañón contra el cuello del hombre.
Luchan cuerpo a cuerpo, un forcejeo de músculos tensos y respiración agitada, hasta que Benjamín, usando su mayor peso, logra derribarla contra el suelo. El impacto es seco, pero ella no se queda ahí. Con una agilidad gimnástica, arquea la espalda contra el piso y, con un impulso explosivo de sus manos, se levanta de un salto.
En el aire, le arrebata una de las armas secundarias a Benjamín y dispara con precisión a dos hombres que entraban por la puerta. En el forcejeo, uno de los soldados moribundos logra alcanzarla con un cuchillo, trazando un corte largo en el muslo de su pierna derecha. La sangre roja brota sobre la piel blanca, pero ella ni siquiera parpadea. Gira sobre su eje y le propina un codazo brutal en la cara a Benjamín, haciéndolo escupir sangre.
— ¡Maldita! —escupe él, limpiándose la boca.
Ella retrocede, realiza una voltereta perfecta sobre la cama para ganar distancia y llega al otro lado, donde presiona un botón oculto en la pared. Una alarma ensordecedora comienza a aullar por toda la mansión. Al mismo tiempo, extrae una Glock de un compartimento secreto.
Benjamín se lanza tras la pared de la entrada justo cuando ella descarga el cargador. Las balas impactan en el marco de madera, astillándolo todo. Cuando se queda sin munición, Evangeline no duda, se desliza por el piso pulido, pasando por debajo de la línea de fuego de Benjamín, y se lanza contra sus piernas, derribándolo para impedir que use su arma.
Se levantan al unísono. Puño, patada, bloqueo. Ella se trepa sobre sus hombros con la intención de aplicarle una llave y esnuncarlo. Benjamín siente el peso de la muerte sobre su cuello. En un acto de desesperación y entrenamiento avanzado, localiza un punto de presión específico en el cuello de la mujer. Con un toque preciso y contundente, la interrumpe.
El cuerpo de Evangeline se apaga instantáneamente. Ella cae hacia atrás, pero Benjamín, en un reflejo inesperado, la sujeta antes de que su cabeza golpee el suelo. La deposita con un cuidado en el piso mientras trata de recobrar el aliento, su pecho subiendo y bajando con violencia.
De repente, uno de sus hombres llega por él.
— ¿Está bien, señor? —pregunta su segundo al mando, entrando con el arma en alto.
— Sí… —responde Benjamín, limpiándose un hilo de sangre que corre por su barbilla.
— Tenemos que irnos, vienen muchos más refuerzos de la seguridad exterior. Tenemos que sacarlo de aquí.
Benjamín se pone de pie. Su mirada vuelve a ser la de un ejecutor. Se acerca a la cama donde Mateo Pier, gravemente herido pero aún con vida, gime débilmente. Sin un ápice de remordimiento, Benjamín descarga las pocas balas que le quedan en el cargador directamente sobre el cuerpo de su enemigo.
— Ojo por ojo, diente por diente. Nos vemos en el infierno, Mateo Pier.